Panpsiquismo

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[Sonido de bosque y río]
Madriguero.- ¿Así que este es tu refugio, aquí es donde vienes a librarte un rato de nosotros y a estar sola?
Espelunca.- Aquí, sí, o un poco más arriba del río… Pero no estoy sola.
Madriguero.- Claro, estás contigo misma. ¡Hoy, además, estás… muy bien acompañada! (sonrisas). En serio, creía que yo era la primera persona a la que le hacías el honor de dejarle compartir tu rincón sagrado…
Espelunca.- Vengo sin gente, sí. Tú eres el primer ser que me acompaña aquí y que se sostiene en dos patas y lleva ropa (un breve silencio). Lo que quiero decir es… ¿no sientes que todo lo que te rodea está vivo y te habla?
Madriguero.- Esa es una idea muy poética. Sí: el susurro de las hojas, el murmullo del río… Una poeta como tú seguro que saca inspiración de estos ratitos. ¿Por eso vienes, verdad?
Espelunca.- No lo digo solo poéticamente, sino de manera literal. Creo y siento que todo esto se comunica conmigo. Solo hay que querer entrar en comunicación con ello…
Madriguero.- (en tono medio de burla, pero cariñosa) “¡Centralita, por favor, póngame con esa roca de ahí enfrente! – Lo siento, no se ha logrado establecer comunicación; compruebe su terminal con forma de dedos pulgar y meñique”… Perdona, era broma. Mi abuelo le habla a sus plantas… la verdad es que desde que sabemos que todo es solo un montón de moléculas, las cosas han perdido mucho encanto.
Espelunca.- Pero no tiene por qué. También nosotros “somos” (Espe resalta la palabra) un montón de moléculas. Pero no somos “solo” eso. Yo creo que el problema es que somos muy egocéntricos. Creemos que solo nosotros sentimos y tenemos importancia. Por eso tratamos de una manera tan cruel a la naturaleza. En otras culturas no es así.
Madriguero.- Espe, pero son culturas primitivas. Me gustaría que el mundo fuera como dices, pero creo que…, no te ofendas, esa es una manera infantil de ver las cosas: ¿no ves como los niños creen que sus muñecos tienen vida y les hablan? ¿De verdad crees que esa piedra, o el agua del río, entienden o sienten algo?
Espelunca.- No lo sé. Ha habido quienes decían que los negros no tenían alma, y quienes dicen, incluso, que ni siquiera nosotros sentimos, que es una ilusión del cerebro. Yo prefiero ver que todo está vivo. Quizá el bosque sufre cuando lo dañamos, y reacciona amorosamente cuando le respetamos.
Madriguero.- ¿Sí?, pues mira ahí precisamente veo acercarse un gesto de amabilidad del bosque, en forma de araña espeluznante. ¡Levanta, corre!
Espelunca.- ¡Viene a por ti, insensible! ¡Vas a pagar tu dureza de corazón! (sonrisas)


¿Hay vida y consciencia en toda la naturaleza, por ejemplo en una planta y en un río? Hoy esta pregunta nos parece absurda a la mayoría de nosotros, acostumbrados a una visión del mundo según la cual la mayor parte de las cosas en el universo son seres completamente inertes, sin vida y por supuesto sin ningún tipo de consciencia. Sin embargo, otras culturas y algunos filósofos no están de acuerdo: creen que la vida y la consciencia se extiende por todas las partes de la naturaleza. A esta cosmovisión se le puede llamar pampsiquismo (del griego ‘panta’ todo, y ‘psique’, mente).

Una de las formas consideradas más primitivas o primarias de religiosidad es el animismo: las culturas animistas creen que todos los seres, incluidos un árbol o una piedra, tienen alma, y que podemos comunicarnos con ellos mediante un lenguaje especial (la magia).

Pero el pampsiquismo no es cosa solo de “primitivos”. El que pasa por ser el primer filósofo de la historia, el griego Tales de Mileto, también afirmó que todo está vivo, porque en todo hay un principio de actividad propia. Lo expresó poéticamente diciendo que todo está lleno de démones o espíritus. También los pitagóricos y Platón (quizá tomándolo del hinduismo) veían el cosmos como un lugar vivo, tanto en el Todo como en cada una de sus partes, y creyeron que nuestras almas pueden ocupar cuerpos de otras especies animales. Precisamente por eso Pitágoras prescribió el vegetarianismo a sus discípulos.

Sin embargo, la concepción judeo-cristiana, tal como se refleja en el Génesis (primer libro de la Biblia), es muy diferente. En ella, hay un dios único, que no quiere rivales (“soy un dios celoso”, dice), y ese dios crea solo al hombre a su imagen y semejanza, poniendo a su servicio al resto de los seres de la naturaleza. En la cultura occidental ha predominado la concepción judeo-cristiana sobre el animismo antiguo, pero nunca ha dejado de haber filósofos que simpatizaban con el pampsiquismo: en el Renacimiento, por ejemplo, Cardano o Bruno; en siglos más recientes, Schopenhauer o Whitehead entre otros.

Recientemente algunos filósofos de la mente han argumentado a favor de esta extraña teoría. David Chalmers, por ejemplo, se pregunta si podemos señalar un punto de la evolución o de la complejidad de los seres en que comienza la consciencia: ¿tiene consciencia un chimpancé?, parece indudable que sí; ¿y una musaraña?, ¿y un pez?... ¿y una bacteria, que huye del peligro o persigue a su presa?; ¿y qué decir de un termostato?: también él “reacciona” a la información del entorno, al frío o al calor... Quizá la ciencia solo nos muestra el aspecto más exterior de las cosas, pero en su interior cada una, como dice el refrán, “tiene su alma en su almario”.


¿Qué opinas, es la consciencia algo exclusivo de los humanos y otros animales, o debemos atribuírsela también al bosque o al río? ¿Cambiaría esto en algo nuestra conducta para con la naturaleza?

Guión: Juan Antonio Negrete . Actores: Eva Romero, Jonathan González, Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

La ciencia.


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Primitiva.- Oye, estás segura de que esto de la guija funciona con perros.
Crisantra.- ¡Y dale! ¡Qué ya te digo que sí! Mi prima, la cubana, me lo ha explicado todo. Venga, invócalo tú otra vez, que eras su dueña.
Primitiva.- (Con voz tenebrosa) Pluuutooón, ¿estáaas ahí? ¡Mira que hueso te he traído! Ladra para manifestarte... [Silencio. De repente suena el timbre de la puerta, con gran susto de Primitiva y Crisantra].
Primitiva y Crisantra: ¡¡¡Ahhhh!!!
Primitiva.- Ay, ve a abrir.
Crisantra.- Ni hablar, yo no me muevo, ve tú.
Primitiva.- (Yendo a abrir) ¡Menuda bruja estás hecha! Deben ser Eremita y Petronilo [Ruido de pasos] (Entran Eremita y Petronilo).
Eremita.- ¡Pero bueno, qué hacéis aquí medio a oscuras¡ ¿Y ese vaso?
Crisantra.- La Primi, que echaba mucho de menos a su perro, y...
Primitiva.- ¡Esta que invoca a los espíritus! O eso dice ella, que llevamos aquí dos horas y no se ha aparecido ni una mísera pulga.
Petronilo.- Jajajaja... ¡Tiene narices! ¿Y este es el trabajo de ciencias tan difícil que teníais que hacer?
Crisantra.- ¿Qué pasa? ¡Esto también es una ciencia! Es parapsicología.
Petronilo.- Eso. Para ir al psicólogo estáis las dos.
Eremita.- ¿Pero vosotras creéis en esto?
Crisantra.- Oye, de verdad, que funciona. Yo he visto a mi prima invocar a un abuelo suyo, y te juro que el vaso se movía...
Primitiva.- A mi me hecho una vez las cartas y me dejó flipada. Sabía cosas de mi que no sabía ni yo.
Petronilo.- Sí, sabía que te lo crees todo, Primitiva.
Crisantra.- Nos lo creemos porque lo vemos, listo. Y porque todo lo que dice que va a pasar pasa.
Petronilo.- Pero eso no es ninguna ciencia, Crisantra. Los espíritus esos no se ven, y solo los oyes tú.
Crisantra.- Yo, y más gente. Además, la ciencia cree en muchas cosas que no se pueden ver. ¿O tú has visto alguna vez a la gravedad y cosas de esas dando tumbos por ahí?
Primitiva.- O los agujeros negros, o la materia oculta.
Petronilo.- Oscura, la materia oscura.
Primitiva.- Pues eso. ¿Cómo vas a verla si es oscura?
Petronilo.- Eso está demostrado matemáticamente que existe. Y los espíritus de los muertos, no.
Crisantra.- ¿Y qué? ¿Es que todo tiene que ser matemático? Además, yo tampoco veo a las matemáticas por ninguna parte. ¿Cómo vas a ver a los números, por ejemplo, si son infinitos?
Petronilo.- ¡No tienes ni idea de matemáticas! Además, las matemáticas son ideas, y las ideas no se ven. Pero se entienden, son lógicas. Y adivinar el futuro en una bola de cristal, pues no.
Eremita.- Es cierto, los científicos también predicen el futuro, pero usando la razón.
Petronilo. - Y lo demuestran con experimentos, con datos que cualquiera puede comprobar, y no solo los aprendices de brujo.
Primitiva.- Igual nosotras tenemos los sentidos más desarrollados, como los perros.
[De repente suena un aullido de perro, ladridos, etc.]
Primitiva y Crisantra.- (gritan de miedo): ¡¡¡Ahhhh!!
Petronilo.- (fingiendo entereza): ¿Qué pasa? Será el perro de los vecinos.
Crisantra.- ¡¡Los vecinos no tienen perro!! Ay. Ese es Plutón, Primi.
Petronilo.- (con un poco de miedo) Bueno, oye. Yo me voy, que tengo que acabar el trabajo. Ahí os quedáis con vuestros espectros.
Eremita.- (con sorna). ¿Te acompaño al portal, Petronilo?
Primitiva.- (muerta de miedo) O...oye, y si mejor te quedas y estudiamos todos juntos
[Se oye otra vez al perro]


¿Qué es y qué no es ciencia? Hasta los años 60 del pasado siglo, los filósofos de la ciencia parecían contar con un criterio claro de demarcación. La ciencia fundaba su objetividad en la observación rigurosa y en la precisión de los modelos matemáticos que usaban los científicos para explicar el mundo. Desde entonces, esta concepción de la ciencia ha sufrido sucesivas crisis.

En primer lugar, se puso en cuestión la pretendida objetividad de los datos. Los experimentos no muestran el mundo tal como es, sino tal como lo interpreta el científico en función de conocimientos e intereses previos. En segundo lugar, se demostró que las teorías científicas, aun con todo su aparato matemático, carecían de una estructura lógica definible, además de asumir términos imposibles de demostrar, y a los que había que considerar como axiomas.

A la vez, filósofos como T.S Kuhn, y muchos otros, revelaron que el conocimiento científico obedecía a construcciones históricas en las que el papel de las creencias sobre el mundo, los valores, o el lenguaje, además de las prácticas e intereses de la comunidad científica, constituían elementos determinantes. Según Kuhn, más que descubrir el mundo, pareciera que la ciencia lo construyera y reconstruyera de distinto modo en cada época.

En los últimos decenios se ha insistido en el componente social de la ciencia. Las teorías científicas, y la legitimidad de la que gozan, serían, en gran parte, un producto ideológico ligado a creencias e intereses sociales o políticos. De otro lado, decidir qué es y no es ciencia parece haberse reducido a criterios puramente pragmáticos. De aquí la afirmación de filósofos como Quine, para quien la telepatía o la videncia tendrían que ser calificadas de ciencias en el hipotético caso de que sus predicciones tuvieran el mismo éxito que las de la física o la biología. En el extremo, pensadores como P. Feyerabend han defendido que en ciencia “todo vale”, apostando por un pluralismo metodológico sin restricciones previas, con tal de que contribuyese a explorar hipótesis nuevas. Ahora bien, pese a todos estas consideraciones, la mayoría de los científicos y filósofos siguen confiando en la verificabilidad (o falsabilidad) experimental como el criterio más fiable para determinar lo que es y no es ciencia.

¿Qué pensáis? ¿Tiene el mismo valor el saber del médico o el físico, que el del curandero o el espiritista? ¿Por qué?

Guión: Víctor Bermúdez . Actores: Jonathan González,  Eva Romero, María Ruíz-Funes, Gema Ortiz. Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.


Alienación.

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[Suena el timbre de vuelta a clase].
Petronilo.- Puf! Ya toca el timbre.
Primitiva.- ¿Y ahora qué toca?...
Petronilo: Toca obedecer, así que andando para clase.
Crisantra.- Al menos haremos algo, llevamos aquí tocándonos las narices todo el recreo.
Petronilo.- ¿Y qué quieres? Después del examen de tecnología aplicada me he quedado como tonto. Si quieres te repito la teoría de las neuronas. Es lo único que tengo en la cabeza.
Eremita.- (Pícara) Oye. ¿Por qué no nos vamos a tocar la guitarra junto al río?
Crisantra.- Sí, claro, y que nos pongan falta. Además, el de Biotecnología técnica va a dar las claves para el examen de mañana.
Primitiva.- Yo tuve un seis con setenta y siete en ese examen, me hace falta un catorce con trece para estar entre los dos primeros. Por cierto, Cris, a ver si me echas una mano.
Crisantra.- I´m sorry, guapa. Tengo que preparar la prueba optativa de Autoprogramación psicológica. Si no, no entro en Publicidad y Ciencias Políticas.
Eremita.- ¿Y tu, Petronilo? ¿Te apetece venir al río como las personas?
Petronilo.- Buf. Eremita. Me encantaría. Pero es que ahora tengo Química de las relaciones afectivas, y al profe le afecta mucho si no voy.
Eremita.- ¿¡Y no prefieres practicar lo de la química conmigo, merluzo!?
Primitiva.- Pregúntaselo al profe, Petronilo. Igual te da puntos.
Eremita.- ¿Pero bueno, os habéis vuelto locos o qué? Parecéis máquinas de empollar. ¿Sólo os interesan los puntos y los exámenes?
Crisantra.- ¿Y a ti no? ¿Cómo vas a ser alguien en la vida si no sacas nota?
Eremita.- ¿Y tú? ¿Cómo vas a notar que estas viva siendo así de zombi?
Crisantra.- ¡Hago lo que tengo que hacer!... Ay, Eremita. Me sacas de mis casillas con tus cosas.
Eremita.- Eres tú la que está siempre fuera de tus casillas, Crisantra. Tú y todos. Casi nunca hacemos lo que queremos, sino lo que nos mandan otros.
Crisantra.- Queremos ser unos triunfadores
Primitiva.- Y tener un buen curro, tú. Que no está la cosa para irse al río a tocar la guitarra.
Eremita.- ¿Un buen curro? Cuando trabajéis estaréis igual de vendidos. Solo vais a hacer lo que le interese al jefe, o a los clientes. Lo que sea rentable, vaya.
Petronilo.- Pero eso es trabajar, Eremita. A casi nadie le gusta. Para hacer lo que quieres ya tienes el tiempo libre.
Eremita.- Pero al trabajo es a lo que dedicas casi toda tu vida, Petronilo. Además, la gente es igual de zombi en el tiempo libre. No hace más que consumir lo que la publicidad dice que mola consumir, o ver la tele como borregos.
Primitiva.- Bueno, tía. No exageres. Mira, el viernes, cuando acabe la revalida, nos vamos al botellón del parque, ese donde va todo el mundo. Verás que bien lo pasamos.
Eremita.- No tenéis arreglo. ¿Y no preferiríais pasarlo bien todos los días? ¿No estamos en este mundo para eso? ¿Lo habéis pensado alguna vez?
Petronilo.- Uy, eso me recuerda que el lunes tenemos examen de filosofía.
Todos (menos Eremita).- ¡¡¡¡Aggghhh!!!!



Como suele decirse, el hombre no nace, sino que se hace. Y se hace fundamentalmente a través de su trabajo, que es su hacer principal. Cuando no conocemos a alguien la pregunta típica es: "¿Y tú qué eres?" Todo el mundo entiende que se pregunta por la profesión o actividad principal. "Yo soy médico, jardinero, estudiante..."... El trabajo no solo proporciona autonomía económica, también, y sobre todo, nos dota de identidad. Con el trabajo desarrollamos nuestras capacidades humanas, nos expresamos y nos proyectamos socialmente. El filósofo alemán Karl Marx, y antes Hegel [jigel], afirmaban que el ser humano se reconoce en el mundo, y se apropia de sí mismo, a través de aquello que produce. O, en otras palabras, dando al mundo, a través de su trabajo, la forma de su subjetividad, de sus deseos y proyectos.

Sin embargo, el trabajo no cumple habitualmente con estas expectativas. A menudo, el trabajador desempeña tareas mecánicas, con una finalidad puramente mercantil y ajena a sus intereses y verdaderos deseos. En la mayoría de los casos, el trabajador no decide, ni planifica su tarea. Ni siquiera es el dueño de aquello que produce. La consecuencia es que aquello que hace le resulta “ajeno”. Según Marx, esto provoca en el trabajador un efecto de “enajenamiento” o “alienación”. La persona no está en lo que hace, no se reconoce en su trabajo, por lo que acaba por sentirse como un extraño para sí mismo. De otro lado, en la economía industrial el trabajo se concibe como una mercancía más sujeta al mercado, lo que, al decir de los pensadores marxistas, produce un efecto de “cosificación” o “deshumanización” en el trabajador.

Algunos pedagogos consideran que el sistema educativo estandarizado en Occidente reproduce la misma actividad alienante o deshumanizadora que el trabajo en las fábricas. Así, en la escuela, los alumnos son obligados, a golpe de sirena, y en aulas parecidas a talleres industriales, a desempeñar tareas programadas previamente, ajenas a sus intereses y deseos, y cuya finalidad principal es producir trabajadores para el mercado. Este modelo educativo, obsesionado con los resultados y en el que se fomenta la especialización y la competencia, produciría, sin duda, trabajadores competentes, pero al precio de olvidar aquellos aspectos de la educación que favorecen el desarrollo emocional y moral, la solidaridad, la reflexión o la consciencia crítica.

¿Qué opinas tú? ¿Es el trabajo que desempeñamos, o la educación que reciben nuestros hijos, una actividad fundamentalmente alienante y deshumanizadora?

Guión: Víctor Bermúdez . Actores: Jonathan González,  Eva Romero, María Ruíz-Funes, Gema Ortiz. Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.


Liberales y comunitaristas.

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Cr.- ¡Ey, Chicos. Por fin se acabaron los exámenes!
Pr.- ¡¡Al fin!! ¡¡Oye, tenemos que celebrarlo!
E.- ¡Eso, hagamos una fiesta! Podríamos poner dinero entre todos y prepararla.
Pe.- Pues yo no tengo un duro, me lo he gastado todo en tasas y matrículas.
E.- Bueno, que cada uno ponga lo que pueda.
Pr.- Y quien este forrado que ponga más. Venga Crisantra.
Cr.- ¿Qué dices? ¿Por qué voy yo a pagar más?
Pr.- Pues por que tienes más. Es justo, ¿no?
Cr.- Qué va a ser justo. Si tengo más es porque me lo he ganado trabajando. ¿Qué ha hecho Petronilo mientras?
Pe.- [despectivo] Yo no tengo un papá empresario que me dé trabajo, rica. Además, a ti te lo hubieran dado igual.
Cr.- Pues para eso soy quien soy, y por eso ese dinero es mío. Y hago con él lo que quiero.
Pe.- ¡Como te pones! ¡Cualquiera te hace a tI pagar impuestos el día de mañana!
Cr.- ¿Impuestos? Los impuestos son un robo. Cuanto más trabajas y más ganas, más te quitan. ¿Tú te crees?
Pe.- Así hay menos desigualdad entre los ricos y los pobres.
Cr.- ¿Y por qué tiene que haber igualdad? Hay gente que trabaja más y tiene más talento. ¿Por qué no van a ganar más y ser más ricos?
E.- ¿Y crees que el talento es algo que se elige tener.
Cr.- Vale, la gente nace con más o menos talento, pero el esfuerzo que hacen luego es cosa suya.
Pr.- O de la educación que tienen. ¡Qué casualidad que los más esforzados ejecutivos hayan ido a las universidades caras, a hacer másteres que cuestan un riñón!
Pe.- [Irónico] Bueno, de vez en cuando le dan una beca a alguien de origen humilde, para que la gente se crea el cuento chino ese del sueño americano del que empieza pobre y, como es honrado y listo, se hace presidente de la fábrica de Chocolate.
Cr.- ¿Y con todo eso qué?
E.- Pues que a la gente no le va bien o mal solo por culpa suya, Crisantra. Si naces listo y eres hijo de un banquero te será todo más fácil, que si naces torpe y tu padres están en el paro.
Cr. Vale, y entonces viene el Estado y lo arregla todo. Me quita mi dinero y se lo da a los pobres, para que así se acostumbren a no trabajar. O a los colegios públicos para que les coman el coco a los niños con la ideología del gobierno...
Pe.- ¿Y eso a qué viene?
Cr.- A que el Estado nos trata como a tontos, Petronilo. Nos quita dinero con los impuestos, y con todo eso de la Seguridad social, (con retintín) no vaya a ser que nosotros no sepamos ahorrar para la vejez. Y luego, encima, nos dice lo que tenemos que pensar sobre esto y lo otro... ¡Hasta educación afectivo-sexual dan ahora en el cole a mi sobrina! ¡¡Ni que el Estado fuera tu padre!!
E.- Yo no lo veo así. El Estado representa a todos. Y hay cosas que creo que nos importan a todos, como que los niños tengan educación sexual, respeten el medio ambiente y cosas como esas.
Cr.- ¡Y si yo no quiero que tengan esa educación.
Pe.- Pues vas, nos convences a la mayoría, ganas las elecciones y te pones de ministra de educación.
Cr.- Jolín. ¿Y no será más fácil que me dejen educar, ya, como quiera a mis hijos? Podrían devolver a la gente los impuestos que le quitan para la educación, y que cada uno se pague el tipo de colegio que le dé la gana.
Pr.- Vamos, que tú a tu rollo.
Cr.- ¿A cuál si no? ¿No es eso ser libre?
Pe.- Para ti es fácil. Pero si hubieras nacido en una chabola, sin poder ir a la escuela, no creo que te sintieras muy libre.
Cr.- Todo el mundo puede progresar.
Pr. - Sí, y casarse con un príncipe, no te fastidia.
E.- Hablando de príncipes. Y si hacemos una fiesta. ¿No habíamos quedado en eso?


¿Debe intervenir el Estado en la economía, o en la educación de las personas? ¿O es mejor que cada individuo adquiera y gestione sus recursos, o sus ideas y valores, sin ninguna interferencia estatal?

Para las corrientes denominadas liberales, la intervención del Estado en la economía, obligando a pagar impuestos, por ejemplo, o fijando salarios o precios, desincentiva la producción de riqueza y coarta injustamente el derecho de cada individuo a disponer de su dinero, o a producir o comerciar libremente. El Estado justifica esta intervención en nombre de un supuesto bien común, que incluye paliar la desigualdad social, y fomentar ciertos valores e instituciones comunes, como la escuela y otros. Pero para el liberal, la desigualdad económica no es algo que haya que corregir: es justo que quien más capacidad o talento tiene reciba más. Y en cuanto a los valores o la educación, estos han de ser elegidos libremente por los individuos, sin la dirección paternalista del Estado, que ha de limitarse a asegurar la vida y la propiedad de los ciudadanos.

En las antípodas del liberalismo, los autores más comunitaristas (como los socialistas, o los llamados, en la tradición filosófica, republicanos) afirman que la intervención del Estado es crucial. En primer lugar, en la economía, pues las desigualdades económicas no se deben solo al mérito individual, sino también a desigualdades naturales y sociales que hay que corregir, ayudando a los más pobres con los impuestos de los más ricos. En segundo lugar, toda comunidad se constituye en torno a unos ideales, valores e instituciones comunes que toca al Estado proteger y fomentar. Para los comunitaristas, en general, la libertad del individuo solo es posible en un marco de convivencia caracterizado por la igualdad de oportunidades, la no dominación económica o política de unos sobre otros, y un alto nivel de educación, todo lo cual exige la acción de un Estado fuerte que limite y dirija la iniciativa individual en orden al bien común.

¿Qué opinas tu al respecto? ¿Es legítimo que el Estado regule la economía en nombre de la igualdad o un supuesto bien común? ¿O es más justo dejar que los individuos gestionen libremente sus recursos, o escojan lo que para ellos es o no es valioso, sin ninguna interferencia estatal?

Guión: Víctor Bermúdez . Actores: Jonathan González,  Eva Romero, Gema Ortiz, María Ruíz-Funes. Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

¿Cuántas cosas?

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Antronita (hermana pequeña de Espelunca).- ¡Bueno, ya está! Me debes cuatro euros y dos abrazos.
Espelunca.- ¿¡Ya!? ¡Pues sí que te ha cundido!... ¿no habrás hecho trampas?
Antronia.- ¡No!, ¿trampas yo? Te he limpiado los zapatos rojos y he quitado de tu mesa las cuatro pinturas que me dejé ayer.
Espelunca.- ¡Vamos a ver, vamos a ver! Yo te dije que te daría un euro o un abrazo por cada cosa que hicieras. A mí me salen dos cosas… ¡A ver cómo cuentas tú!
Antronia.- Los zapatos son dos cosas, ¿no?: dos zapatos; y las pinturas, otras cuatro: la azul, la roja, la amarilla y la negra.
Espelunca.- ¡Qué cara tienes! Los zapatos son una cosa: un par-de-zapatos.
Antronia.- ¡Un par, tú lo has dicho!
Espelunca.- Y recoger las pinturas es hacer una sola cosa, creo yo. ¿O crees que cuanto papá o mamá barren, dicen que han barrido cientos de pelusas? ¿O, si yo te quiero mucho a ti, entonces quiero a millones de células, que es lo que eres tú?… ¿Cuántos besos y abrazos te cobro por eso?
Antronia.- ¡No es lo mismo! Yo sí soy una sola cosa. No puedes separar mis células.
Espelunca.- ¿Que no? ¡Vente a la cocina conmigo, verás!
Antronia.- A los zapatos y a las pinturas no les pasa nada por separarlas, a mis células sí.
Espelunca.- ¡Madre mía, lo que le das al tarro con lo pequeña que eres! Solo por eso te has ganado los euros y los abrazos.
Antronia.- ¡Gracias, lo que tú me enseñas…!
Espelunca.- Pero los euros te los voy a dar en partículas atómicas, después de fundirlos; y los abrazos… bueno, en los abrazos ¡me voy a fundir con una sofista tan descarada y alegre!




Una de esas cosas aparentemente inútiles o incluso absurdas, a las que dan vueltas los filósofos, es la de cómo hay que dividir o “individuar” las cosas. ¿Es lo mismo una cosa que sus partes? ¿Qué cosas son realmente cosas y cuáles son solo montones que acumulamos nosotros con nuestra imaginación? Una montaña, por ejemplo, ¿es una cosa, o es solo un montón de piedras, o un super-montón de partículas? A lo largo de la historia siempre ha habido filósofos que creían que, en realidad, solo hay una cosa, el Todo, y las demás, las cosas particulares, son eso: partes. Nosotros mismos seríamos un trocito de esa naturaleza única, como una ola es solo un trocito del océano, y vuelve a él al cabo de un tiempo.
Otros filósofos, en cambio, creen que hay muchísimas cosas: tantas como sean las partículas últimas que componen todas las cosas: los famosos átomos o indivisibles. En ese caso, una persona no es realmente algo uno, sino un montón de partículas. Otros autores escogen caminos intermedios entre los anteriores, y creen que, a diferentes niveles, son individuos las personas humanas, los animales, las plantas… Otros, en fin, creen que se trata de un debate realmente absurdo, porque es una discusión de palabras. Depende, por ejemplo, de cómo elijas definir “cosa” o “individuo”. Pero esto no cambia nada de nuestra vida.
En los años recientes este tema se ha discutido mucho entre los profesores de las principales universidades americanas, inglesas, australianas y otras, donde predomina la llamada “filosofía analítica”. Un filósofo de Nueva York, Peter VanInwagen [piter ven-inguíyon], es famoso por afirmar que realmente no existen las montañas, ni las sillas, ni ningún objeto que no sea una partícula o que no tenga consciencia. Las montañas y las sillas son solo montones “montañiformes” y “sillimorfes”. En cambio, una persona, o un animal consciente, tienen auténtica identidad, según él.
Aunque el tema parece, ciertamente, de la más suprema inutilidad, merece la pena recordar que algunas veces (por ejemplo, las aseguradoras de las Torres Gemelas tras el atentado) se ha requerido a los filósofos como peritos para determinar si, por ejemplo, las cosas aseguradas eran una sola o varias. Claro que cuando los abogados, peritos y jueces ven que ni los propios filósofos se ponen de acuerdo… seguramente piensen que los filósofos no tienen remedio.

¿Qué piensas tú? ¿Cuántas cosas son “un par de zapatos”? 


Guión: Juan Antonio Negrete . Actores: Eva Romero, Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.