Lo Justo y lo Útil


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Estimados cavernioyentes, recuperamos hoy otro de los documentos psicofónicos obtenidos en las ruinas del ágora de Atenas. Allí, y allá por el siglo V a. C., el filósofo Sócrates y un sofista llamado Sofistófeles, tuvieron la siguiente discusión sobre un tema de candente actualidad filosófica: ¿a qué se refieren las palabras “justo”, “bueno” o “verdadero”? ¿Tienen un significado objetivo y universal, o tan solo se refieren a lo que resulta útil a la persona que las usa?

S.- A ver, dime, Sofistófeles. ¿Crees que los hombres convienen en lo que es justo por serlo, o más bien que lo es porque así lo convienen ellos?
Sf.- Lo segundo, Sócrates. No lo convenimos por ser justo, sino que es justo porque lo convenimos.
S.- ¿Y por qué lo convenimos entonces, si no es por que sea justo?
Sf.- Fácil. Porque nos conviene y nos resulta útil.
S.- ¿Y no estarás, entonces, llamando propiamente “justo” a lo que es útil y conveniente?
Sf.- Precisamente a eso.
S.- ¿Y sabrías responder si te pregunto entonces qué es lo útil y conveniente para todos y cada uno?
Sf.- No, por todos los dioses. Cada uno tendrá por útiles cosas diversas. Aunque me temo que vas a pedirme que te explique cómo es que “útil” designa lo mismo diciendo lo diferente.
S.- No. Dime, mejor, que es para ti lo útil, pues esto sí que debes saberlo.
Sf.- Claro, Sócrates. Lo útil es lo que conviene a mis deseos. 
S.- ¿Y estás tú seguro de que deseas lo que te conviene?
Sf.- ¿Cómo no?
S.- ¿Quién crees que sabe mejor lo que conviene a una semilla, el experto jardinero o la semilla misma?
Sf.- El primero, está claro. La semilla se deposita al azar, sin ciencia alguna, a veces sobre la tierra en la que, sin saberlo ella, jamás va a fructificar.
S.- Pues dime ahora, ¿eres tú como la semilla o más bien como un experto jardinero de ti mismo?
Sf.- Si he de desear lo que me conviene, y no lo que me perjudica, he de ser experto acerca de mi mismo, claro está.
S.- ¿Y realmente lo eres?
Sf..- ¿Pero quién si no, Sócrates, puede conocerse mejor a sí mismo que uno mismo?
S.- Esta bien. ¿Pero de qué conocimiento hablas? ¿Del que proporciona verdades reconocibles por todos, como las que cree descubrir el experto en alguna ciencia?
Sf. Ese conocimiento no es posible. La verdad, tal como ocurre a la justicia o la bondad, es siempre relativa. Cada uno tiene las suyas, que son, siempre, las que más les conviene creer.
S. Luego tú serás conocido por ti mismo como lo que más te conviene creer que eres. Pero dime, ¿lo que conviene a algo no es lo que mejor se adapta a su naturaleza, tal como la hierba, y no la carne, al cervatillo, y la carne, y no la hierba, al león comedor de cervatillos?
Sf.- Eso he de reconocerlo.
S.- ¿Y cómo reconoces esto último como cierto? ¿Acaso también porque te conviene creerlo así?
Sf.- Cómo si no, si he de ajustarme a lo que dije antes.
S.- Pero entonces fíjate que extraño es lo que dices.
Sf.- ¿El qué, Sócrates?
S.- Que lo útil para ti es lo que más conviene a aquello que te conviene creer que conviene al que te resulta conveniente creer que eres.
Sf.- No estoy seguro de que me convenga seguir esta conversación de locos, oh, Sócrates.
S.- Pues yo creo que no hay nada que te convenga más





Algunos filósofos griegos del siglo V a. C., llamados sofistas, y muchos otros de nuestra época, mantienen una visión subjetiva y pragmática de la “verdad” y de valores como lo “justo” y lo “bueno”. Según esta concepción, lo verdadero, justo o bueno es lo que nos conviene o nos es útil a nuestros fines. 

Una objeción que cabe plantear a esta postura – y que ya planteara Sócrates hace dos mil quinientos años – es la de que acaso, para no equivocarnos en la elección de nuestros propios fines, tengamos que suponer una concepción mucho más objetiva de lo que es verdadero y bueno. ¿Cualquier cosa a la que aspire es conveniente para mi? ¿O, más bien, debo saber primero lo que realmente me conviene para así aspirar a ello?

¿Qué piensas tú? ¿Elegimos algo por ser bueno y justo, o es bueno y justo porque lo elegimos?


Guión: Víctor Bermúdez . Actores: Jonathan González y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Sócrates y los sofistas.


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Nuestro intrépido equipo de expertos del más allá filosófico han logrado invocar a dos espíritus, el de Sócrates y el de un sofista, desconocido hasta hoy, llamado Sofistófeles. El experimento se realizó en un solitario callejón de Atenas, durante el siglo V a. C., y la energía liberada en el proceso fue tal que todos los expertos, menos uno, perdieron la conciencia. El que quedo, especialmente fornido, y al que llaman el “omoplatos”, me contó luego lo que había visto y oído. Y esto dice que fue:


Sócrates.- Ea, pues, aquí estamos otra vez. Algún maestrillo aprendiz de brujo me ha traído acá, desde otro lugar más dulce, y me obliga de nuevo a vagabundear por estas queridas callejas. ¡Hola, pero si tengo un compañero de desgracia! ¿Quién eres tú, espectro?
Sofistófeles.- Un sofista soy, Sócrates, o eso dicen de mí.
S.- ¿Uno de mis viejos amigos, acaso? ¿Eres el venerable Protágoras? ¿El incisivo Gorgias? ¿O acaso el feroz Trasímaco? Mi vista ya no es como era, y al venir del reino de la Luz, me cuesta mirarte y reconocerte.
Sf.- No soy ninguno de los que dices, y los soy todos a la vez. Allá donde purgamos nuestras penas, acusados de ser unos sinsustancia, me han amasado como una albóndiga, para que tenga algo de miga, y me han hecho uniendo los trozos de unos y de otros, y añadido alguno de la novelle cousine…
S.- Ya, ya me han dicho que en esta época sois también los amos del cotarro de lo que el vulgo llama cultura y que ahora enseñáis en todos sitios con solo asomaros a unas extrañas ventanas en las realmente no estáis, pero parece que estáis.
Sf.- Sí, todo cambia para no cambiar nunca. Ahora enseñamos a través de la televisión y otras extrañas máquinas.
S.- ¿Que nada cambia, dices? ¿Has cambiado tú y has dejado de ser sofista tras tantos siglos de purgatorio?
Sf.- Aún no lo logre, Sócrates. Sigo pensando lo que pensaba: que no hay nada de bueno ni de malo, de cierto ni de incierto, fuera del tiempo que pasa y que todo lo cambia, tanto en mí como en los otros hombres, en este lugar y en tantos otros tan diferentes. Soy un relativista, sin lugar a dudas.
S.- Entonces, mantienes, como siempre, que nada valioso existe siempre, pero que esta misma opinión tuya merece eternamente la pena.
Sf.- Siempre es bueno atenerse a la verdad de que nada hay verdaderamente bueno que lo sea para siempre.
S.- Veo que amáis tanto la paradoja, como yo la ironía. Crees entonces que lo bueno y lo justo depende siempre de lo que cada uno estime como tal, en cada época, lugar y circunstancia.
Sf.- Así lo creo, Sócrates.
S.- Pero entonces, sabio Sofistófeles, qué diréis, ¿que es de lo mismo, es decir de lo bueno, de lo que tú y yo hablamos ahora, o de algo que, por ser diferente para ti y para mí, no merece ser definido por las mismas palabras?
Sf.- Las dos cosas diré, oh Sócrates, al mismo tiempo. Discutimos ambos de la misma cosa, lo bueno, pero sin que sea exactamente la misma para ambos.
S.- Entonces, ¿es tan bueno lo que yo tengo por bueno que lo que piensas tú al respecto? Si para mí es bueno llevar esta capa raída y vivir con lo puesto, y para ti vestir con elegancia y vivir en la opulencia, ¿diremos acaso que yo o tú llevemos mejor vida que el otro?
Sf. De ninguna manera, Sócrates, tan buena es tu forma de vivir como la mía.
S.- ¿Dirás entonces que mi opinión de lo bueno y la tuya son, ambas, igualmente buenas, sin que tengamos, ni sea posible, una idea igual de bondad?
Sf.- Eso diré. Es justo que cada uno conciba lo justo a su manera.
S.- Luego si digo que esto que dices no es justo, será justo que lo diga, y tu opinión será injusta, al menos tanto como justa dices que es, pues todas lo son, según dices.
Sf.- Justamente, Sócrates, me haces incurrir en contradicción. Pero eso solo demuestra que la justicia y la bondad no son cuestión de razones. Veinticinco siglos después de tus insensatos intentos, la gente ha convenido ya definitivamente que lo justo y bueno es fruto de convenciones y acuerdos entre todos.
S.- Debo ser entonces el mayor retrasado mental de la historia. Pero dime, Sofistófeles. ¿Crees que los hombres convienen en lo que es justo por serlo, o más bien que lo es porque así lo convienen ellos?...




Las ideas éticas y políticas del filósofo Sócrates eran casi totalmente opuestas a las de los sofistas. Si estos creían que lo justo y lo bueno eran relativos a cada hombre, Sócrates buscaba la definición objetiva y universal de esos términos, en la creencia de que sin ella era imposible convivir con los demás, o ni siquiera dirigir nuestra propia vida. Creía por eso que las leyes, más allá de meras convenciones, tenían que ser justas y buenas, y que precisamente esto es lo que las convertía en herramientas útiles para la sociedad y para uno mismo. 

¿Qué opinas tú? ¿Es lo justo y lo bueno relativo a cada persona o válido universalmente para todos?



Guión: Víctor Bermúdez . Actores: Jonathan González y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Schopenhauer


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Corría el mes de febrero de 1854. Hacía algunos días que, en una librería de viejo había dado con una obra de título algo pomposo: El mundo como voluntad y representación, escrita por un tal Arthur Schopenhauer. ¿Schopenhauer? ¿Quién era Schopenhauer? Hojeando algunas de sus páginas caí en la cuenta de que en aquel mamotreto su autor aseguraba haber encontrado el misterio último del mundo, la esencia que todo lo envuelve, una extraña e irracional “voluntad de vivir”.
Me decidí a adquirir el volumen. Al llegar a casa, y tras comenzar a leer, no pude abandonar el libro hasta que los primeros rayos de sol hirieron las paredes de mi pequeño apartamento. ¡La llegada de un nuevo sol! ¡Eso mismo presagiaba Schopenhauer! En aquel instante, henchido de una desbordada pasión, puse rumbo a la estación con la esperanza de reunirme con ese hombre al que casi por instinto consideraba ya mi maestro...

Maestro, he leído con fruición su obra principal, y he descubierto…
¡Descubrir! Todo estaba ya descubierto. Sólo hacía falta que alguien como yo viniera al mundo y tradujera la sabiduría milenaria a caracteres comprensibles para todos. Y aun así habrá quien siga creyendo en las grandilocuentes paparruchas de ese Hegel...
La voluntad, qué singular concepto.
¿Singular? ¿Concepto? Pero ¿me ha leído usted atentamente? ¿Y dice usted que se declara discípulo mío? No me haga reír y vuelva a estudiar mis obras, esta vez con tesón. Desde muy joven cobré consciencia de que un inamovible motor, tan perverso como inconsciente, hacía mella en todo lo existente. La voluntad no es un concepto, es nuestra más sublime intuición, que llegamos a conocer a través de las confesiones de nuestro cuerpo. La voluntad es lo que envuelve el universo, lo que le procura movimiento y lo que, a la vez, hace que todo ser se devore a sí mismo en una perpetua escena teatral.
¿Teatro? ¿Así que somos marionetas?
¿No ha leído a los grandes pesimistas de las letras españolas? ¿Calderón de la Barca, Baltasar Gracián? La más errónea y arraigada creencia del ser humano es pensar que ha nacido para ser feliz. La voluntad nos empuja, en una perpetua lucha, a hacernos cargo de desbordados deseos que nunca encuentran una satisfacción definitiva, y cuando esos deseos parecen haberse apaciguado, llega al paso el terrible aburrimiento, que nos convierte en un ser despreciable que deambula a oscuras en busca de un nuevo deseo que satisfacer.
Entonces, ¿cómo podemos alejarnos de ese horrible mecanismo que nos encadena a desear eternamente?
La voluntad acecha, mi querido pupilo, y tenga presente que es tentar al hombre dejarle elegir. ¡Porque siempre elegirá el mal! Además, no somos libres, téngalo en cuenta. El determinismo más absoluto imprime su sello en todo lo que ve. Sólo una lúcida y permanente negación de esa voluntad, a través del ascetismo más puro, puede lograr acabar con su funesto imperio.
¿Y cómo la negamos? ¿Es el suicidio entonces la salida a este entuerto, maestro?
¡Deje de decir sandeces! El suicidio es, junto a la sexualidad, la trampa más tenaz que la voluntad nos tiende. Quien comete suicidio no acaba con la voluntad, sino que se rinde ante ella.
¿Qué encuentra en la sexualidad tan deprimente? ¿Acaso el placer no es también necesario para caer en la cuenta de que esa voluntad ha de ser superada?
El placer nos vapulea, nos conduce a la envidia y nos hace creer que en este mundo de ilusiones y quimeras es posible encontrar la felicidad. Métaselo bien en la sesera: el dolor y el sufrimiento son los goznes del universo. Sólo ellos pueden hacernos ver que la mejor existencia es la que pasa indolora, tranquila y soportablemente.
Por hoy tengo suficiente materia de reflexión…
-- ¡Jamás se tiene suficiente materia de reflexión! Tenga por regla bastarse a usted mismo y no depender de nadie. Guárdese de mantener esperanzas ilusas, y recuerde que nunca, sin excepción, habrá una victoria sin lucha.
Espero que nos volvamos a encontrar, maestro.
¡Lo haremos! En el seno inmortal de la voluntad, en la vida eterna de la naturaleza, o acaso en la nada... ¡Pero léame, léame y descubrirá la verdad!     



Arthur Schopenhauer nace en Dánzig, en 1788. Aunque pasó la mayor parte de su vida bajo la sombra de un doloroso anonimato, actualmente es considerado uno de los pensadores con mayor influencia en la filosofía y la literatura de finales del XIX y todo el siglo XX. Artistas, filósofos y literatos como Pío Baroja, Richard Wagner, Cioran, Kandinsky, Tolstoi, Thomas Mann, Beckett, Unamuno, Wittgenstein, Nietzsche, Freud o Borges fueron grandes lectores de Schopenhauer, hoy reconocido como el padre del irracionalismo y del pesimismo moderno. A partir de 1850 cobró gran fama y fue bautizado como “el Buda de Frankfurt”: a él acudían todo tipo de gentes como si de un oráculo se tratara. Sus días terminaron en la ciudad alemana de Frankfurt, en 1860, al amparo de una dulce y postrera fama. 
 
 Qué piensas tú. ¿Es la negación de la voluntad y los deseos el secreto de la felicidad? 


(Texto de Carlos Javier González Serrano, presidente de la Sociedad de Estudios en Español sobre Schopenhauer).



Guión: Carlos Javier González Serrano . Actores: Jonathan González y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Una entrevista a Karl Marx.

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Periodista.- Queridos cavernioyentes, hoy contamos en la caverna con alguien muy especial. El economista, político y filósofo Karl Marx. Señor Marx, ¿qué tal se encuentra?
Marx.- ¡Pletórico! Allá en el cielo, donde vivo ahora, se están cumpliendo todas mis previsiones.
P.- ¿Vive, al fin, en el paraíso comunista?
M.- No hay paraísos no comunistas, camarada.
P.- ¿Y en qué consiste, en pocas palabras, ese paraíso que usted intentó promover aquí en la tierra?
M.- En un mundo de abundancia, en el que nadie tuviera que trabajar más que en aquello que de verdad le interesase. No como ocurre aquí abajo, donde veo que la gente sigue perdiendo la vida en tareas alienantes.
P.- O sea, que en el cielo cada uno hace lo que quiere sin que le falte de nada.
M.- Eso es, hijo mío.
P.- ¿Y qué tiene eso que ver eso con el comunismo y el socialismo que anuncia usted, tanto en el cielo como en la tierra?
M.- La abundancia para todos, y no solo para unos cuantos ricachones, ha de ser el objetivo de la producción. Por eso creemos que la economía y el Estado han de estar bajo el poder y al servicio de toda la sociedad, y no en manos privadas. Eso es el socialismo.
P.- Pero, señor Marx, son muchos los que afirman que solo el interés privado por ganar mucho es lo que mueve a la gente a producir riqueza. Y que, aunque solo la quieran para ellos, algo de esa riqueza cae en manos de todos...
M.- ¡Pardiez, hay que ser corto de vista!... Una economía en la que cada uno lucha por su propia abundancia es caótica y despilfarradora, y no puede más que hundirnos, crisis tras crisis, hasta el colapso final. (Más calmado) Hay que tener paciencia. La planificación racional y centralizada de la producción y la inversión – que la propiedad pública del capital hace posible – tiene que dar sus frutos... a largo plazo... Y ese fruto es un mundo más rico y, sobre todo, más justo.
P.- ¿Es justo que el Estado limite la iniciativa individual y desposea a las personas de lo que han sabido ganar?
M.- ¿Es justo que la mayoría de las personas tengan que ser explotadas por una minoría que posee la totalidad de la riqueza?
P.- ¿Y qué tiene de malo ser rico, señor Marx?
M.- Pues que toda esa riqueza no la producen quienes la disfrutan, sino los trabajadores que, a cambio, reciben una mínima parte del capital que su esfuerzo genera.
P.- Bueno, don Karl, el capitalista también pone de su parte. Arriesga su dinero en la empresa, por ejemplo, en lugar de gastarlo en lujos y placeres.
M.- Pero es por pura avaricia, y no por hacer a la sociedad más rica. Además, ese capital es fruto acumulado de años, ¡o de siglos!, de explotación, de la herencia y del robo...
P.- Mmm... ¡Veo que tiene usted una inquina incurable a los empresarios, por mucha riqueza que produzcan!
M.- ¡La riqueza la producen las personas a las que ellos explotan!
P.- Pero las personas a las que, según usted, explotan, han elegido libremente trabajar por un salario. Bien podrían, si quisieran y pusiesen el empeño necesario, convertirse en empresarios. O, al menos, intentarlo.
M.- ¿Se burla usted de mi? ¿Cree de veras que el hijo de un obrero, sin capital ni crédito, y con la educación que le han podido dar sus padres, tiene la misma oportunidad de triunfar en los negocios que el hijo de un banquero?
P.- No, no lo creo. Pero conozco algunos casos, como el de...
M.- (Interrumpiendo) ¡Bah, todos conocemos algunos casos! Es el cuento que se cuenta a los hijos de los trabajadores... ¡Para que la maquina funcione y millones de obreros sigan viviendo y muriendo pobres y embrutecidos, solo hace falta que uno de ellos, de vez en cuando, llegue a la cima delante de todos! (Con desprecio) ¡Es el viejo cuento de la cenicienta! ¡El mito del sueño americano!
P.- ¿Y no nos ha enseñado la historia, señor Marx, que su comunismo también era un cuento? Un cuento de terror, por cierto, para muchos.
M.- (Melancólico) Tal vez mi reino soñado no fuera de este mundo y, por ello, muchos tuvieran que sufrir injustamente por él. Pero si mis ideas eran mero cuento, al menos, en ese cuento ganaban todos.
P.- No es poco, Sr. Marx, que, al menos, ese cuento suyo siga contándose.
M.- Cuento con eso. Y con que un día, en esta tierra, contemos de verdad todos.


¿Y qué cuentas tú? ¿Es el marxismo una adecuada teoría económica y política? Y, sobre todo, ¿es una buena teoría acerca de lo que es y no es justo?


Guión: Víctor Bermúdez . Actores: Jonathan González y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

¿Educar en casa o en la escuela?


Algunos de los alumnos de Filosofía en nuestra caverna radiofónica en RNE. Podéis escucharlos si pulsáis aquí Gracias Noa, Alma, Marta, Juan Carlos, Cesar, Helena y al amigo y filósofo Juan Carlos Vila por vuestra interesantísima discusión. Y más que vendrán...




















El Popol Vuh

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El Popol Vuh, libro que contiene diversos mitos de los Quiché, pueblo maya de Guatemala, cuenta que los dioses hubieron de hacer varias tentativas antes de fabricar al hombre tal como lo querían.
¿Qué querían de él y por qué les resultó tan difícil conseguirlo? Según dice el relato, una vez que hubieron sido creados todos los animales, los dioses les pidieron que les alabasen llamándoles por sus nombres, pero no consiguieron que hablaran. Por eso, los dioses decidieron crear otro ser, condenando a los primeros a ser comida unos de otros.

Primero probaron con barro. Pero no funcionó, porque –dice el texto-: ”Se deshacía, estaba blando, no tenía movimiento, no tenía fuerza, se caía, estaba aguado, no movía la cabeza… Al principio hablaba, pero no tenía entendimiento”.

Así que fueron destruidos. Pero la obsesión de los creadores por que hubiese una criatura que se acordase de ellos, les llevó, previa consulta con las ancianas adivinas celestes, a probar ahora con madera:
“Y fueron hechos los muñecos labrados de madera. Se parecían al hombre, hablaban como el hombre y poblaron la superficie de la Tierra. Existieron y se multiplicaron, tuvieron hijas, tuvieron hijos los muñecos de palo; pero no tenían alma, ni entendimiento, no se acordaban de su Creador, de su Formador; caminaban sin rumbo y andaban a gatas… Fue solamente un ensayo, un intento de hacer hombres. Hablaban al principio, pero su cara estaba enjuta; sus pies y manos no tenían consistencia; no tenían sangre, ni sustancia, ni humedad, ni gordura… Estos fueron los primeros hombres que en gran número existieron sobre la faz de la Tierra”.

Nuevamente, los dioses deciden destruirles, con el curioso detalle de que los animales, pequeños y grandes, e incluso los palos y las piedras, y los propios utensilios que aquellos hombres de madera habían producido, participaron en la destrucción:
“Y se pusieron todos a hablar; sus tinajas, sus comales, sus platos, sus ollas, sus perros, sus piedras de moler, todos se levantaron y les golpearon las caras: -Mucho mal nos hacíais; nos comíais y nosotros ahora os morderemos, les dijeron sus perros y sus aves de corral. Y las piedras de moler: -Éramos atormentadas por vosotros, cada día, de noche, al amanecer, todo el tiempo hacíais holi holi, huqui huqui, contra nuestras caras… Pero ahora que habéis dejado de ser hombres probaréis nuestra fuerza…”

Así fue la perdición de aquellos pre-hombres. Aunque el mito prosigue, afirmando que “la descendencia de aquellos, son los monos que existen ahora en los bosques”.

Al final los dioses consiguen crear al hombre, usando como materia el maíz: “De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne, de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en las carnes de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados”.


Aunque algunos dudaron de la autenticidad de estos relatos (algunos de los cuales recuerdan al Génesis bíblico), se han encontrado restos arqueológicos (como el mural de El Mirador, de en torno al 200 a.c.) que testimonian su antigüedad.
Estos mitos suscitan muchas reflexiones. Pero aquí nos fijaremos en solo dos de ellas, que planteamos al oyente en forma de preguntas:
  • ¿qué nos dice del hombre y del sentido de su existencia este relato primitivo? ¿Cómo debemos entender eso de que los dioses nos habrían fabricado para que alguien se acordase de ellos, lo que, al parecer, iría estrechamente unido a la capacidad de hablar de verdad?
  • ¿Cuál es nuestra relación con los animales, o, mejor dicho, con los otros animales? ¿Hablan? ¿Son ellos (por ejemplo, nuestros más cercanos primates) solo un ensayo fracasado de ser humano, o es el hombre (según creen algunos filósofos y poetas) una degeneración de lo animal, un animal que no sabe vivir, porque se dedica a pensar e inventar dioses?



Guión: Juan Antonio Negrete . Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Mass media.


Algunos de nuestros alumnos de Filosofía de 4º ESO del IES "Santa Eulalia" de Mérida han acudido hoy a la caverna filosófica de Radio 5 RNE. Podéis escucharlos si pulsáis aquí. Gracias Noa, Alma, Marta, Juan Carlos, Cesar, Helena y al amigo y filósofo Juan Carlos Vila por vuestra interesantísima discusión sobre la manipulación en los medios de comunicación.