La paradoja de Evatlo.

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Juez.- Comienza la sesión. ¿Qué os trae por aquí?
Protágoras.- Este buen muchacho se niega a pagarme las clases que le he dado, un máster en oratoria avanzada.
Juez.- ¿Por qué te niegas a pagarle?
Evatlo.- Porque no ha cumplido las condiciones del contrato.
Juez.- ¿Qué condiciones? ¿No te ha enseñado oratoria?
Evatlo.- Sí, sí me ha enseñado algo…
Protágoras.- Ya se ve.
Evatlo.- Pero tú dijiste, Protágoras, que, si asistía a tus clases, me garantizarías ganar el primer juicio a que me presentara.
Juez.- ¿Es así?
Protágoras.- Así es.
Juez.- Y ¿has perdido el primer juicio?
Evatlo.- Mi primer juicio es este, precisamente. Y he pensado: si lo pierdo, no tendré que pagarle, según lo acordado. Y si lo gano, tampoco, claro, porque el juez (o sea, usted) me dará la razón y no tendré que pagar. Así que, no tengo que pagarle.
Juez.- ¿¡Cómo!? La verdad es que tendría que pensarlo un rato… ¿Tú qué dices, Protágoras?
Protágoras.- Señoría, yo creo que no lo tiene usted tan difícil: debe obligarle a que me pague.
Juez.- ¿Por qué?
Evatlo.- Eso ¿por qué?
Protágoras.- Porque si este bello joven gana el juicio, habré cumplido mi parte del trato (que ganase su primer juicio) y me deberá pagar. Y si no lo gana, deberá pagarme porque usted, señor juez, le obligará a pagarme. Así que, gane o pierda él, tengo que cobrar mis clases. Aunque no estoy dispuesto a discutir por el vil dinero. Me preocupa más que este mozalbete aprenda que la oratoria no debe servir para ir fastidiando a los demás, sino para que todos seamos mejores y convivamos en paz.
Juez.- Y ¿eso no se lo has enseñado en el master?
Evatlo.- Justo lo contrario, que piense en mis intereses y sepa defenderlos.
Juez.- Está bien, si nadie tiene nada que decir, se suspende la sesión hasta que lo piense… Volved el día que os diga.
Evatlo.- ¿Cuál?
Juez.- Este, el que os estoy diciendo.
Evatlo.- ¿Cuál está diciendo su señoría?
Juez.- Estoy diciendo el que estoy diciendo, éste que estoy diciendo.



La tradición cuenta que un alumno del famoso sofista y maestro de retórica Protágoras, llevó efectivamente a juicio a su maestro con ese argumento. Aunque parezca a primera vista algo chistoso, en realidad esconde una paradoja interesante y no resulta a gusto de todos los lógicos.

Algunos piensan que el problema lógico es el de la autorreferencia, es decir: ¿es posible que una proposición o un juicio lo sean acerca de sí mismos, o, por decirlo con la metáfora más oportuna, que sea juez y parte a la vez?

Si digo, por ejemplo, “esta frase es falsa”, surge la paradoja conocida como “el mentiroso”: si la frase es falsa, entonces es verdadera (pues ella misma lo afirma), y si es verdadera, es falsa (está diciendo la verdad de que es falsa).

La solución podría ser que las frases autorreferentes carecen de significado, porque, en realidad, no se están refiriendo a una auténtica frase, ya que esta aún no se ha terminado.

Ese ejemplo muestra a qué grado de refinamiento llegaron los maestros griegos de retórica en su afán por ser capaces de defender cualquier causa, incluso la más inverosímil.

¿Qué opinas que debería dictaminar el juez, y por qué?

Guión: Juan Antonio Negrete. Actores: Jonathan González y Víctor Bermúdez.  Voces: Inmaculada Morillo y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blázquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original y dirección: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

El rap de Nietzsche

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Queridos cavernioyentes, mientras en alguna cueva “más allá de esta” preparan la nochebuena con su pesebre y sus angelitos, aquí, en nuestro mundano mundo, se está armando un auténtico belén. Según me han contado (en rigurosa exclusiva) algunos filósofos subversivos van a celebrar una extraña navidad invertida. Según ellos, todos seguidores de un tal Nietzsche, el dios ha muerto y, en su lugar, ha nacido el anticristo, o, según otros (la información es confusa), el superhombre.

Dicen, también, que la llegada (o, mejor, retorno) de este no-salvador, anunciada por un tal Zaratustra, va a ser celebrada, a modo de villancico raro, por el famoso rapero y medium Piter, al que tal vez recuerden por temas como Parménides de Elea, y al que tenemos de nuevo aquí, justo antes de que entre de nuevo en trance.

- Piter, ¿preparado para ser poseido por el espíritu dionisíaco de la música?
- Preparado.
- Piter, en vuestro diabólico belén, por así decir, el filósofo Nietzsche es una figura central. Me han dicho, además, que de tanto leerlo te has vuelto, como él, un filósofo destroyer. 
- Bueno, yo ya era destroyer. Ahora soy, además, filósofo.

Muy bien, Piter, observamos ya que tu lengua toma la forma de martillo y que se te empiezan a mover las manos. Pero antes de dejar que interpretes el rap de Nietzsche que has compuesto, recordar a los oyentes que la versión en vídeo está en youtube, realizada, de nuevo, junto a tu compinche Álvaro@shotsbuster

Cavernícolas nuestros: feliciten este año la navidad con este rap pegadizo como un eterno retorno: Dios ha muerto... Piter ha vuelto...




El rap de Nietzsche es una creación de Pedro "Piter" Fernández (3.14t3rmusic@gmail.com). Guión radiofónico: Víctor Bermúdez. Voces: Víctor Bermúdez y Pedro Fernández. Producción: Antonio Blázquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Realización de vídeo Álvaro Shotsbuster (shotsbuster@gmail.com) Dibujos: Marién Sauceda. Idea original y dirección: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.


Gorgias y la nada

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Alicia.- Dicen que dices que puedes hablar de todo.
Gorgias.- Así es: lo digo, y puedo hacerlo.
Alicia.- A cambio de algo.
Gorgias.- ¿Te parece mal negocio, todo a cambio de solo algo?
Alicia.- No, demuestra una gran capacidad y generosidad. Pero… ¿serías capaz de hablar de algo a cambio de nada? Es que estoy deseando escucharte y hablar contigo, pero no tengo nada.
Gorgias.- Te ofrezco, entonces, este algo: hablarte de eso que tienes: de nada. ¡A cambio de nada, es lo más justo!
Alicia.- ¿¡No vas a hablarme, entonces!? ¡Esa no es tu fama!
Gorgias.- ¡No, muchacha, no soy tan mezquino! Te lo diré de modo que me entiendas: no voy a no hablarte, sino que voy a hablarte de no.
Alicia.- ¡Ah!, eso me parece totalmente diferente. ¡Suena chistoso!
Gorgias.- Lo chistoso siempre es profundo. Verás: los viejos filósofos hablaban continuamente del todo, ¡nadie defendía a la pobre nada! Sin embargo, chiquilla, te diré un pensamiento muy liberador: en verdad, nada es.
Alicia.- ¿Cómo es eso?
Gorgias.- Puedes probarlo con el método de caza de cerco. Verás: ¿lo que es, procede de algo o de nada?
Alicia.- De algo.
Gorgias.- Pero si todo procede de otro algo, no ha podido llegar a ser, pues nunca se habrá terminado de empezar.
Alicia.- Quizás lo primero no procede… de sí mismo…
Gorgias.- ¿Quieres decir que estaba antes que sí mismo?
Alicia.- O, mejor, que no necesita tener origen...
Gorgias.- ¿Una cosa sin principio no es ilimitada, o infinita?
Alicia.- Sí, supongo.
Gorgias.- Pero ¿tú puedes entender algo que no tiene fines ni principios? Yo, por mi parte, admito que algo así me supera.
Alicia.- Pero, si todo es nada, ¿cómo es que pensamos en las cosas?
Gorgias.- Sin pedirte nada a cambio, te hablaré de otra nadería: en verdad, aunque existiese algo en vez de nada, ni tú ni yo podríamos conocerlo.
Alicia.- ¿Cómo es eso?
Gorgias.- Razónalo también por eliminación: si conoces algo, entonces es que tu pensamiento es lo mismo que eso que conoces.
Alicia.- ¡Claro!
Gorgias.- pero, entonces, el pensamiento y la cosa son lo mismo. Ahora bien, esto es falso, porque, de ser así, ningún pensamiento podría estar equivocado: por ejemplo, cuando piensas en Pegaso.
Alicia.- Bueno, es que el pensamiento y las cosas no son exactamente lo mismo. De hecho, cuando estamos equivocados son muy diferentes. Y cuando estamos en lo cierto, lo que pasa es solo que se parecen, ¿no?
Gorgias.- ¿Se parecen, como la persona y el reflejo en el río?
Alicia.- Más o menos.
Gorgias.- Pero, ¿cómo puedes saber cuándo lo que piensas se parece a la cosa en la que estás pensando? ¿Acaso puedes salir de tu pensamiento para compararlos a él y a las cosas, o bien siempre estás dentro de él?
Alicia.- ¿Entonces, de qué estamos hablando tú y yo ahora?
Gorgias.- Hemos convenido desde el principio en que hablamos de nada. Porque has de saber (he aquí mi tercer regalo para una chica tan inteligente) que, si hubiera algo e incluso se lo pudiera pensar, tampoco podríamos hablar de ello ni ponerle nombre.
Alicia.- ¿¡Tampoco!? ¿Cómo demuestras eso?
Gorgias.- Así: ¿cómo sabes lo que significa cada palabra? ¿Es que estas son también “parecidas” a las cosas, o a los pensamientos?
Alicia.- Eso iba a decir…
Gorgias.- ¿En qué se parece la palabra ‘pegaso’ al Pegaso? ¿En las patas, o en las alas?
Alicia.- Es verdad. Pero, ¿no hay, al menos, una palabra para cada pensamiento y cada cosa?
Gorgias.- Pero, si no se parecen, ¿cómo sabes cuál es de cuál? ¡Fíjate en que tenemos una palabra hasta para la nada!
Alicia.- ¡Cierto!
Gorgias.- Pero si puede haber una palabra para nada, es que nada tiene que tener una palabra para ser acerca de algo.
Alicia.- ¿Cómo nos entendemos entonces, tú y yo por ejemplo?
Gorgias.- No nos entendemos. ¿Cómo íbamos a entendernos si estamos hablando de nada? Pero al menos nosotros lo sabemos. Otros creen estar hablando de todo sin llegar a decir algo.
Alicia.- ¡Impresionantes razonamientos! ¿Entonces, qué dices tú que es la verdad?
Gorgias.- ¿La verdad? ¡Ay!, para los mortales, es solo una convicción muy fuerte… la de hoy.
Alicia.- ¿Y qué sacamos de ahí, maestro Gorgias?
Gorgias.- Deberíamos sacar acaso esto: nuestra razón es un juguete. No debemos tomarla demasiado en serio. Lo que deberíamos hacer es vivir y dejar vivir. ¿Vienes a comer con unos cuantos amigos, que hacemos una fiesta hoy?
Alicia.- ¿Cuál fiesta?
Gorgias.- ¿Preguntas qué celebramos? Exactamente nada.
Alicia.- ¡Claro, contad conmigo! ¡Muchas gracias!
Gorgias.- ¡De nada!


El famoso sofista Gorgias escribió un discurso “Acerca del No-ser”, en que defendía justo lo contrario de lo que habían defendido filósofos como Parménides. Puede parecer un juego de palabras, pero en realidad es la más antigua y quizás mejor exposición del nihilismo metafísico. Por ese tiempo, en la lejana India, el sabio Sidharta, llamado el Buda (o sea, el despierto) también predicó que, detrás de todos los fenómenos, lo único que hay es vacuidad. Comprender esa presunta verdad, nos liberaría del sufrimiento.


¿Qué crees? ¿Puede defenderse sensatamente que, en realidad, todo es nada, o bien necesariamente tiene que existir algo? 

Guión: Juan Antonio Negrete. Actores: Jonathan González e Inmaculada Morillo. Voces: Inmaculada Morillo y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blázquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original y dirección: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

El discurso de Protágoras

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Queridos ciudadanos de Atenas,
cuantos os venís a inscribir en este curso, haciendo un esfuerzo económico que podíais haber destinado a cosas más usuales y aparentemente prácticas, queréis, es de suponer, aprender algo de este presunto sabio que soy yo. Muy bien. Y ¿qué es lo andáis buscando? ¿Qué puede aportaros un humilde extranjero, sin más oficio que la palabra?

A quienes crean que les voy a mostrar todo lo divino y humano, ya les digo de antemano que de los dioses no diré nada, porque no tengo la capacidad suficiente para ello. Yo me limitaré a lo solo humano, que ya es bastante. Os hablaré de la verdad, tal como yo la entiendo. Y os enseñaré lo más útil para vuestras vidas. Pero, sobre todo, querría que, después de este curso, fueseis mejores ciudadanos, de vuestra ciudad y del mundo.

La Verdad…: ¡grandilocuente palabra! Algunos de vosotros habréis leído los libros de los sabios, de Tales el milesio, de Anaxágoras o del oscuro Heráclito. Todos y cada uno de ellos tienen una verdad que ofrecernos, y su verdad es, si les creemos, la Verdad absoluta y última. Desgraciadamente, es imposible encontrar a dos de ellos que enseñen la misma verdad. 

Pues bien, yo, que también me he devanado los sesos con sus difíciles libros, he llegado a una convicción. Os la voy a decir desde ahora mismo: la verdad que he descubierto, escuchad, es… que no existe la verdad. No hay la Verdad absoluta, y es inútil buscarla. Hay tu verdad, la de Homero, la de tu vecino Giorgios... Pero no hay La Verdad, sola y única. Y si la hubiera, nosotros no podríamos conocerla. 

¿Por qué pienso así? Os lo explicaré de manera sencilla: lo que yo veo y creo, no puede ser falso para mí. Puede serlo para ti, pero eso es otro asunto. Si tú me convences de algo, entonces habrás cambiado mi creencia, acercándola a la tuya, pero no estaremos ahora más cerca de la Verdad. La Verdad, sin relación contigo o conmigo, carece de sentido. ¿Comprendéis? Cada ser humano es la medida de todo, de lo que existe y de lo que no. 

Muy bien -me diréis-, entonces ¿qué tienes tú que enseñarnos?, ¿por qué habríamos de darte nuestros ahorros?” Aquí pasamos a lo segundo y más importante. ¡Claro que no todas las creencias son iguales!, ¡claro que hay sabios e ignorantes! Pero ¿qué es lo que distingue al uno del otro? No –os lo repito- el que uno sepa la Verdad con mayúsculas y el otro no. La diferencia consiste en que unos puntos de vista son más útiles que otros. Y esto es lo verdaderamente importante. Yo querría enseñaros, no la verdad, sino la creencia más conveniente y útil. 

Ahora, ¿qué necesitamos para eso? En primer lugar, conocer nuestros deseos. ¿Cuáles son nuestros deseos? Los filósofos dicen saber qué tenemos que desear tú y yo. Igual que creen que hay una Verdad absoluta, creen que existe lo Bueno en sí. Pero mirad lo que os digo: yo he viajado mucho. Y ¿sabéis qué he comprobado? He comprobado que en cada sitio la gente creía que lo bueno por naturaleza era lo que hacían ellos, aunque para las personas de otros lugares se tratase de cosas abominables. Unos pueblos comen carne, otros no quieren ni verla; unos se afeitan la cabeza, otros se dejan melena; incluso sé de pueblos que comen carne humana. ¿Puede alguien decir que unas de esas cosas son buenas y otras malas? No puede. Lo bueno, para uno, es lo que uno quiere y desea. Miraos, pues, a vosotros mismos y preguntaros: ¿qué me gusta a mí, verdaderamente? Porque eso tampoco puedo enseñároslo yo.

Pero hay algo necesario, después de vuestros deseos: los medios para satisfacerlos. Y aquí es donde entra mi enseñanza. Escuchad ahora bien: ¿sabéis cuál es la herramienta más útil de todas? ¿No? Pues, nos la dieron los dioses para que nos pudiéramos proteger de la naturaleza. Esa herramienta se llama Palabra. La Palabra es lo más útil que hay. Quien sabe manejar esta herramienta, sabe todo lo que un mortal puede saber para hacer su vida mejor.

Eso es lo que os enseñaré yo: los secretos de la Palabra y de su hija la Política. 

A quienes esto les parezca poco, pueden ya dirigirse a alguno de esos otros filósofos que conocéis. Yo mismo os daré varias direcciones, porque las frecuenté en otros tiempos. Al resto de vosotros, bienvenidos. Si os quedáis, habré demostrado hoy mismo que, efectivamente, la palabra es el mejor instrumento.



El famoso sofista Protágoras ganó gran fama y fortuna económica enseñando oratoria y defendiendo la teoría de que no existe ninguna verdad absoluta sino que cada uno es la medida de la verdad y el valor de las cosas.

¿Qué crees? ¿La verdad algo relativo a cada sujeto, o, según escribió Machado, “tu verdad no, la Verdad, y vente conmigo a buscarla (...)”?



Guión: Juan Antonio Negrete. Actor: Jonathan González.. Voces: Inmaculada Morillo y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blázquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original y dirección: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Los pitagóricos y la transmigración de las almas.

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M.- ¡Querido amigo, bienvenido!, ¡dame un abrazo! En cuanto he sabido que volvías a casa, he venido al puerto a buscarte. ¿Nos harás el favor de comer hoy con nosotros?
P.- ¡Desde luego! Eso sí, tengo que advertirte que ya hace tiempo que no como carne.
M.- Sí, te veo algo más magro, aunque de aspecto sano. ¿Tan mala es la carne en tierras itálicas?
P.- ¡Ellos presumen de tener mejores reses que aquí en el Asia Menor!
M.- Eso he oído…
P.- Pero en Sicilia he conocido a una comunidad de filósofos que me ha enseñado, entre otras cosas, que todas las almas son hermanas y viajan de cuerpo en cuerpo. ¡Quizás ese cordero que te vas a comer fue un abuelo tuyo, o podrías ser tú mismo, en otro tiempo!
M.- ¡Curiosa creencia!, que, según tengo entendido, también sostienen los santones de la India. ¿Recuerdas que el maestro Tales decía que todo está lleno de principio vital? El nos convenció de que lo que llamamos nacimiento y muerte es solo una manera humana de hablar, y que, en realidad, todo son transformaciones del mismo fluido primigenio.
P.- Precisamente de eso me gustaría dialogar contigo. Lo que he escuchado en aquella escuela, fundada por un tal Pitágoras (un hombre extraordinario, una especie de encarnación de Apolo, si haces caso a sus discípulos), me ha hecho pensar más profundamente en todo eso.
M.- ¡Excelente! ¿Me lo cuentas ya, mientras caminamos a casa?
P.- Desde luego. Vamos a ver: nosotros siempre hemos pensado eso que recordabas. Sin embargo, a veces nos hemos preguntado por qué la sustancia primitiva se transforma en esto o en lo otro, por qué no es siempre uniforme, o al menos caótica. Yo no conocí a Tales, pero lo que le escuché a los que sí hablaron con él, no me resultó claro como… el agua, digamos.
M.- ¿Por qué?
P.- Me parece que son dos cosas distintas la materia con la que se hace todo, y las formas que adopta esa masa en cada momento. Las formas no se transforman, ellas mismas, sino que son eternas. La forma Tres, por ejemplo, es siempre la misma, y da forma a todos los cuerpos que tienen algo ternario, por ejemplo, a la letra delta.
M.- Bella explicación. Ahora bien: ¿cómo pueden esas formas, que –según te entiendo- no son corpóreas, causar algo sobre materia?
P.- ¡Esa es la pregunta! Y aquí es donde realmente empieza la enseñanza de los pitagóricos: según ellos, en verdad no existe otra cosa que formas. Más en concreto, números: todo es número. No me extraña que pongas esa cara, es lo que me ocurrió a mí las mil primeras veces que lo escuché...
M.- Explícamelo mejor, por favor.
P.- Escucha [con misterio] : supongo que crees que, en realidad, los colores, los olores, los sonidos… no son tal como los percibimos: en verdad, según los físicos, son movimientos de elementos más simples, y, en el fondo, del Agua misma.
M.- Sí, eso creo.
P.- Pues bien, da un paso más y piensa que todo lo que llamamos cuerpos son, en realidad, puras formas o números, percibidos inadecuadamente por nuestra alma…
M.- … que también es un número, supongo…
P.- Supones perfectamente. De modo que, por decirlo así, ellos han dado la vuelta a la tortilla que hicieron nuestros maestros.
M.- Veo que tu estancia en Sicilia no ha sido en vano. Tendré que pensarlo detenidamente.
P.- Pues he aquí lo mejor que creo haber aprendido de ellos, y por lo que no me avergüenzo de llamarme pitagórico: es verdad que nacimiento y muerte son una ilusión, pero no porque seamos caducas transformaciones del Agua, sino porque somos formas inmortales, que se manifiestan en muchos lugares y tiempos sin dejar de ser las mismas. Por eso debemos respetar las otras formas de vida, y purificarnos, mediante el conocimiento de los sagrados números.
M.- ¡Escucha: me has aguado la fiesta que te tenía preparada, y me dará pudor morder la pierna de cordero delante de ti...! Solo te lo perdono porque a cambio me has traído de Italia ideas sustanciosas que roer. ¿Al menos aceptarás un buen vino que llegó hace poco del Ática, o tampoco eso está permitido a un ser puro?
P.-¡ Yo soy un modesto principiante! Compartiré contigo esa mezcla de agua y luz que te han traído unos amigos.


Ya desde las primeras escuelas del pensamiento griego, surgieron dos modos diferentes de concebir la realidad.
Según unos, toda ella es, en el fondo, transformaciones de una única sustancia.
Según otros, en cambio, la realidad está constituida, en el fondo, por formas eternas (números, por ejemplo).
Según los pitagóricos, todo ser es un cierto número, y su esencia transmigra de cuerpo en cuerpo, buscando su pureza o armonía.

¿Qué piensas? ¿Vida y muerte son como el surgir y morir de las olas de una misma materia común, o bien cada uno de los seres es algo indisoluble, que subsiste a través de sus diferentes muertes corpóreas?


Guión: Juan Antonio Negrete. Actores: Jonathan González y Víctor Bermúdez. Voces: Inmaculada Morillo y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blázquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original y dirección: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Parménides

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Parménides.- Buenas tardes, vecino Giorgios.
Giorgios.- Buenas tardes, Parménides.
Parménides.- ¡Veo que vagas libre y ocioso! ¿Querrás hablar conmigo?
Giorgios.- Bueno… vengo de la era y…
Parménides.- ¿¡De la era!?, ¡perfecto! De eso querría hablarte, precisamente: de lo que era, de lo que será y, sobre todo, de lo que es.
Giorgios.- ¡Jajaja! Chistosa manera… [para sí] de no dejar escapada a uno.
Parménides.- Veamos, amigo Giorgios: lo que es, es, y lo que no es, no es, ¿no estás de acuerdo?
Giorgios.- ¡Para, para, no te lances!, espera que lo piense, que me ha dado hoy mucho calor en la cabeza. ¿A ver? Sí: lo que es, es, lo que no es, no es. Ya lo decía mi abuela.
Parménides.- A ver si decía esto también: pensamos lo que es, ¿no es así?
Giorgios.- ¿Lo que es qué?
Parménides.- Lo que es ser, o sea, real. Si pensáramos lo que no es, pensaríamos en nada. Y si pensamos en nada, no estamos pensando, aunque lo parezca, ¿no crees?
Giorgios.- Si me tengo que parar a discutírtelo, estamos aquí hasta mañana. Pero ¿a dónde quieres ir a parar?
Parménides.- A lo siguiente, ¿cuántos seres hay, en realidad?
Giorgios.- Yo no los he contado, tengo muchas cosas que hacer.
Parménides.- Pues no te hace falta, porque ya te digo yo que hay sólo uno: el Ser.
Giorgios.- Me informas de algo en extremo novedoso, que no sé si va a creerlo mi familia.
Parménides.- Si razonan, lo creerán. Diles: supongamos, por simplificar, que hubiese sólo dos seres. ¿En qué se diferenciarían?
Giorgios.- Depende de qué seres sean, dos habichuelas o dos perros de Esparta.
Parménides.- Serán, antes que nada, dos seres o cosas, ¿no es así?
Giorgios.- ¡Que no te oiga un perro de Esparta llamarlo cosa!
Parménides.- Pero, claro, en el ser no se diferencian. Y si no se diferencian en el ser, se tienen que diferenciar en el no-ser: uno no-es el otro, el otro no-es el uno, ¿no te parece?
Giorgios.- Sigo no-viendo tus ocultas intenciones. Eso sí, no lo estás arreglando con los perros laconios, llamándolos no-seres.
Parménides.- Ahora bien, hemos dicho que el no-ser no es ¿no? Entonces ¿cómo vamos a distinguir las cosas mediante el no-ser? Pero tampoco se distinguen por el ser. Así que no se distinguen en realidad, ¿lo ves?
Giorgios.- Lo veo y no lo veo…
Parménides.- Te pondré un ejemplo.
Giorgios.- Te lo agradezco dos veces.
Parménides.- Imagínate que todas las cosas fueran blancas. ¿Podrías distinguirlas?
Giorgios.- Por el tacto, o poniendo el oído.
Parménides.- Eso es, compañero. Pero fíjate que fuera del ser no hay nada, como sí lo hay fuera del color. Así que no puedes distinguir las cosas por algo que haya fuera del ser (pues no lo hay), ni, desde luego, por el ser mismo. Luego llegamos a la conclusión de que todo es uno, inmóvil y eterno… aunque los mortales, que estamos más bien soñando, creemos que hay muchas cosas y que cambian.
Giorgios.- Oye, Parménides, y esto… ¿para qué te sirve?
Parménides.- ¿Que para qué? Te acabas de ganar otro razonamiento. Cuando queremos algo o a alguien lo queremos por lo que es él mismo ¿no?
Giorgios.- Claro, eso lo decía mi abuela también.
Parménides.- A ver, cuando quieres algo para algo, no lo quieres por sí mismo, sino por su utilidad. Te pongo como ejemplo tu martillo, que sólo te acuerdas de él cuando tienes un clavo que clavar.
Giorgios.- Bueno, yo a mi martillo le tengo mucho cariño: era de mi abuela.
Parménides.- Me parece estupendo. Pero cuando quieres verdaderamente a algo, no lo quieres para nada, sino por sí mismo. ¿Estamos de acuerdo? ¡Así es mi amor por los razonamientos…!
Giorgios.- No hay quien te calle, eso sí que es cierto. Pero pareces buena persona. Calicles, mi cuñado, dice que eres un loco inofensivo.






Parménides de Elea, filósofo griego del siglo V. a. c., defendió, en su poema “Acerca de la Naturaleza”, que la realidad consiste en único ser, perfecto y absoluto. La diversidad de cosas que vemos, así como el movimiento y todos los cambios, serían una pura ilusión humana.
Una visión así, que se llama monismo (del griego monos, uno) se puede encontrar también en algunas corrientes místicas de otras civilizaciones, tales como en la filosofía vedanta del hinduismo o en el sufismo dentro del Islam.

¿Qué crees? ¿Es razonable pensar que todo cuanto vemos es una pura ilusión, y que, en realidad, todas las cosas son, en el fondo, una?

Guión: Juan Antonio Negrete. Actores: Jonathan González y Víctor Bermúdez. Voces: Inmaculada Morillo y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blázquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original y dirección: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

El rap de Parménides.

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El bombazo filosófico de la temporada, el rap de Parménides y los Eleatas, escrito e interpretado por Pedro "Piter" Fernández (@peterferpa), que empezó a cantarse en el aula de un instituto de Mérida y que acabamos de escuchar en vivo en el Eleam Cave Garden, se difunde también a través de este videoclip realizado por Álvaro G. Pacheco (@shotsbuster). 





El rap de Parménides es una creación de Pedro "Piter" Fernández. Guión radiofónico: Víctor Bermúdez. Voces: Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blázquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original y dirección: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.