Parménides

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Parménides.- Buenas tardes, vecino Giorgios.
Giorgios.- Buenas tardes, Parménides.
Parménides.- ¡Veo que vagas libre y ocioso! ¿Querrás hablar conmigo?
Giorgios.- Bueno… vengo de la era y…
Parménides.- ¿¡De la era!?, ¡perfecto! De eso querría hablarte, precisamente: de lo que era, de lo que será y, sobre todo, de lo que es.
Giorgios.- ¡Jajaja! Chistosa manera… [para sí] de no dejar escapada a uno.
Parménides.- Veamos, amigo Giorgios: lo que es, es, y lo que no es, no es, ¿no estás de acuerdo?
Giorgios.- ¡Para, para, no te lances!, espera que lo piense, que me ha dado hoy mucho calor en la cabeza. ¿A ver? Sí: lo que es, es, lo que no es, no es. Ya lo decía mi abuela.
Parménides.- A ver si decía esto también: pensamos lo que es, ¿no es así?
Giorgios.- ¿Lo que es qué?
Parménides.- Lo que es ser, o sea, real. Si pensáramos lo que no es, pensaríamos en nada. Y si pensamos en nada, no estamos pensando, aunque lo parezca, ¿no crees?
Giorgios.- Si me tengo que parar a discutírtelo, estamos aquí hasta mañana. Pero ¿a dónde quieres ir a parar?
Parménides.- A lo siguiente, ¿cuántos seres hay, en realidad?
Giorgios.- Yo no los he contado, tengo muchas cosas que hacer.
Parménides.- Pues no te hace falta, porque ya te digo yo que hay sólo uno: el Ser.
Giorgios.- Me informas de algo en extremo novedoso, que no sé si va a creerlo mi familia.
Parménides.- Si razonan, lo creerán. Diles: supongamos, por simplificar, que hubiese sólo dos seres. ¿En qué se diferenciarían?
Giorgios.- Depende de qué seres sean, dos habichuelas o dos perros de Esparta.
Parménides.- Serán, antes que nada, dos seres o cosas, ¿no es así?
Giorgios.- ¡Que no te oiga un perro de Esparta llamarlo cosa!
Parménides.- Pero, claro, en el ser no se diferencian. Y si no se diferencian en el ser, se tienen que diferenciar en el no-ser: uno no-es el otro, el otro no-es el uno, ¿no te parece?
Giorgios.- Sigo no-viendo tus ocultas intenciones. Eso sí, no lo estás arreglando con los perros laconios, llamándolos no-seres.
Parménides.- Ahora bien, hemos dicho que el no-ser no es ¿no? Entonces ¿cómo vamos a distinguir las cosas mediante el no-ser? Pero tampoco se distinguen por el ser. Así que no se distinguen en realidad, ¿lo ves?
Giorgios.- Lo veo y no lo veo…
Parménides.- Te pondré un ejemplo.
Giorgios.- Te lo agradezco dos veces.
Parménides.- Imagínate que todas las cosas fueran blancas. ¿Podrías distinguirlas?
Giorgios.- Por el tacto, o poniendo el oído.
Parménides.- Eso es, compañero. Pero fíjate que fuera del ser no hay nada, como sí lo hay fuera del color. Así que no puedes distinguir las cosas por algo que haya fuera del ser (pues no lo hay), ni, desde luego, por el ser mismo. Luego llegamos a la conclusión de que todo es uno, inmóvil y eterno… aunque los mortales, que estamos más bien soñando, creemos que hay muchas cosas y que cambian.
Giorgios.- Oye, Parménides, y esto… ¿para qué te sirve?
Parménides.- ¿Que para qué? Te acabas de ganar otro razonamiento. Cuando queremos algo o a alguien lo queremos por lo que es él mismo ¿no?
Giorgios.- Claro, eso lo decía mi abuela también.
Parménides.- A ver, cuando quieres algo para algo, no lo quieres por sí mismo, sino por su utilidad. Te pongo como ejemplo tu martillo, que sólo te acuerdas de él cuando tienes un clavo que clavar.
Giorgios.- Bueno, yo a mi martillo le tengo mucho cariño: era de mi abuela.
Parménides.- Me parece estupendo. Pero cuando quieres verdaderamente a algo, no lo quieres para nada, sino por sí mismo. ¿Estamos de acuerdo? ¡Así es mi amor por los razonamientos…!
Giorgios.- No hay quien te calle, eso sí que es cierto. Pero pareces buena persona. Calicles, mi cuñado, dice que eres un loco inofensivo.






Parménides de Elea, filósofo griego del siglo V. a. c., defendió, en su poema “Acerca de la Naturaleza”, que la realidad consiste en único ser, perfecto y absoluto. La diversidad de cosas que vemos, así como el movimiento y todos los cambios, serían una pura ilusión humana.
Una visión así, que se llama monismo (del griego monos, uno) se puede encontrar también en algunas corrientes místicas de otras civilizaciones, tales como en la filosofía vedanta del hinduismo o en el sufismo dentro del Islam.

¿Qué crees? ¿Es razonable pensar que todo cuanto vemos es una pura ilusión, y que, en realidad, todas las cosas son, en el fondo, una?

Guión: Juan Antonio Negrete. Actores: Jonathan González y Víctor Bermúdez. Voces: Inmaculada Morillo y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blázquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original y dirección: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

El rap de Parménides.

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El bombazo filosófico de la temporada, el rap de Parménides y los Eleatas, escrito e interpretado por Pedro "Piter" Fernández (@peterferpa), que empezó a cantarse en el aula de un instituto de Mérida y que acabamos de escuchar en vivo en el Eleam Cave Garden, se difunde también a través de este videoclip realizado por Álvaro G. Pacheco (@shotsbuster). 





El rap de Parménides es una creación de Pedro "Piter" Fernández. Guión radiofónico: Víctor Bermúdez. Voces: Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blázquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original y dirección: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.




Del mito al logos. Tales y el escriba.


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Tales.- Bien, querido maestro: ya he preparado mis cosas, dentro de un momento parto para Mileto.
Escriba.- Como quieras, amigo Tales, no te insistiré más…
Tales.- Quiero repetirte mi enorme agradecimiento por haberme hecho partícipe de vuestra sabiduría, especialmente en astronomía y geometría. Los griegos, quiero creer, siempre seremos conscientes de la deuda que tenemos con Egipto. Sois algo así como nuestro abuelo sabio.
Escriba.- Pero, ¿por qué, entonces, no te quedas aquí, compartiendo y acrecentando este saber? Serías un gran maestro, por tu penetración y tus moderadas necesidades. ¡A cuántos escribas egipcios, ignorantes y glotones, podrías servir de ejemplo!
Tales.- No tengo palabras para agradecer tu estima, que no merezco…
Escriba.- ¡Déjate de eso! ¿Qué te reclama en Grecia? Tú mismo nos has contado cómo allí los sabios tienen que buscar su supervivencia entre la incomprensión y las burlas del pueblo, rebelde y desobediente, que cree que lo sabe todo. Estáis perdiendo el sentido de lo divino y del poder, y cada vez más os gobiernan los comerciantes y los aduladores.
Tales.- Tienes razón. Con todo, maestro, prefiero volver a Grecia.
Escriba.- ¿Sabes? Creo que, por alguna extraña razón, no me explicas por qué…
Tales.- Aciertas. Y me doy cuenta de que, con eso, demuestro mi falta de agradecimiento y mi doblez griega… Así que, voy a decírtelo, aunque ello sea mi ruina.
Escriba.- Habla sin miedo.
Tales.- Maestro, creo que vuestra civilización, perfectamente organizada como una colmena, con un rey nombrado por el Dios de la Luz universal, y que repite año tras año el mismo ritual, está, en verdad… muerta. Sois un pueblo inmóvil, como vuestros túmulos al faraón. En cambio, los griegos somos jóvenes, y, creo yo, estamos más vivos. Para alguien ansioso de conocimiento, es más interesante un charco griego, tempestuoso de vida y pensamiento, que un enorme estanque calmo.
Escriba.- ¿Pensamiento y vida en el desorden? ¡Pensamiento y vida son orden, a imitación del Cielo!
Tales.- Quizá el pensamiento y la vida de Ra sean así, pero no las nuestras. Nuestro pensamiento humano crece solo a partir de la pregunta, y nuestra vida, a partir de lo imprevisto. A vosotros no os quedan preguntas, porque vuestros mitos son incuestionables, dictados por un poder supremo absoluto. Y, aunque encierran, seguro, una gran sabiduría inconsciente, me parecen como… los cuentos y las instrucciones para los niños. Los griegos, en cambio, parecemos destinados a pedir razones y a no aceptar autoridad. Y eso es precisamente lo más importante…
Escriba.- Explícate.
Tales.- Yo quiero investigar, por mí mismo, las razones de todas las cosas por sí mismas: no para mayor honra de los dioses o del rey, ni por temor a ellos, sino para honra de la propia razón y por temor solo a la ignorancia. Los griegos dialogamos en la plaza (tienes razón, somos comerciantes…), no en la escuela, donde el maestro está elevado en su estrado. Los griegos no podríamos tolerar a un faraón, porque somos todos iguales.
Escriba.- ¿Con toda tu inteligencia no eres capaz de comprender que la igualdad de los hombres es una falsedad, promovida por los que quieren ganarse el apoyo bestial e ignorante de la masa?
Tales.- Los hombres somos desiguales, sí, por las circunstancias de la fortuna y la injusticia de la sociedad. Pero esa desigualdad de los hombres debe ser combatida y puesta a prueba en el diálogo en igualdad, y el poder debe circular entre todos, como el dinero.
Escriba.- ¿Así que crees que los griegos sois superiores a nosotros, los egipcios?
Tales.- Los griegos – te va a parecer absurdo –, solo creemos que somos superiores por una cosa: porque no creemos que haya ninguna civilización superior, sino que el Logos es único en todos los hombres, y a él deben responder también los dioses.
Escriba.- Tales, creo que, como dices, los griegos debéis de tener un destino nuevo, que nosotros no sabemos entender bien ni podríamos, quizá, soportar. Marcha, y ten toda la suerte y el amparo de los dioses.
Tales.- Gracias, maestro. Tendré siempre presente vuestra enseñanza.


Se dice que la filosofía nació en Grecia, y se nombra a Tales de Mileto como el primer filósofo.

¿En qué sentido es cierto esto? ¿Acaso las civilizaciones anteriores no se hicieron preguntas filosóficas? ¿No fueron, los propios filósofos griegos, conscientes de su deuda con aquellas? Tales, por ejemplo, viajó a Egipto y Pitágoras llegó hasta la India, buscando la sabiduría que atesoraban esas culturas.

Pese a todo, es difícil negar que Grecia supuso una revolución en el pensamiento. No existe, en las civilizaciones anteriores, la figura de un filósofo, es decir, de alguien que especula racionalmente sobre el origen y esencia de todas las cosas.

Antes de Grecia, las preguntas y respuestas filosóficas están inextricablemente unidas a los mitos, y gestionadas por las clases sacerdotales y los profetas. Hemos querido reflejar este cambio mediante este diálogo ficticio entre Tales de Mileto y un escriba egipcio.

¿Qué crees? ¿Puede decirse que, mientras no existe pensamiento autónomo, la humanidad se encuentra en un estadio “infantil”? ¿O quizás es nuestra visión etnocéntrica la que es incapaz de apreciar otras formas de sabiduría?


Guión: Juan Antonio Negrete. Actores: Jonathan González y Víctor Bermúdez. Voces: Inmaculada Morillo y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blázquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original y dirección: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Quine



Hemos conseguido una entrevista con uno de los filósofos más importantes del siglo XX, el americano Willard Omar Quine, Quine para los amigos… de la filosofía, o sea, vosotras, vosotros y yo mismo. Le interrumpimos en una de sus aficiones preferidas, tocar el banjo.

Querido profesor, en nuestro programa intentamos acercar a la gente, a grandes filósofos como usted, sin embargo, con los contemporáneos nos cuesta un poco, porque tienen ustedes un lenguaje poco común… Por ejemplo, sus textos están llenos de fórmulas lógicas y palabras técnicas…
Quine.- Bueno, en realidad uso muy poquitas, una o dos por artículo, pero son necesarias: se trata de ser preciso en lo que dices, como hacen los científicos. Eso sí, ¡no vayas a meter en el mismo saco las fórmulas que usamos algunos con los galimatías que usan otros!
Pregunta.- ¿Cree usted que la filosofía puede ser como la ciencia?
Quine.- La filosofía es parte de la ciencia. No puede ser tan exacta como la física porque trata de cuestiones muy generales, casi puramente lógicas. Esa es toda la diferencia. No es la reina o de la ciencia, ni nada parecido.
Pregunta. –Vayamos a eso de lo que trata. La gente cree que los filósofos se preguntan por el sentido de la vida, de qué es lo bueno y lo bello… Pero en sus libros no hay casi nada de eso, o cuesta mucho verlo.
Quine.- Como dijo Wittgenstein, ¡pero no cumplió!: de lo que no se puede hablar es mejor callarse. Sí, nos gustaría poder decir algo preciso sobre esas grandes cuestiones, pero lamentablemente no podemos.
Pregunta.- Entonces, ¿de qué se puede hablar?
Quine.- Yo creo que solo la ciencia dice cosas que puedan ser verdaderas o falsas, porque, como se ha dicho tantas veces, es la que se atiene a la experiencia, a lo que podemos comprobar.
Pregunta.- Los filósofos se han preguntado siempre, por ejemplo, qué es real y qué es solo aparente, qué cosas existen. Sé que usted tiene algo que decir al respecto…
Quine.- Bien, a la palabra existir se le ha dado demasiada importancia tradicionalmente: no es para tanto. Decir que algo existe no es más que decir que una teoría científica implica que hay tal cosa, o, dicho más técnicamente, que aparece en la parte cuantificacional de una proposición. O sea, si yo digo, “algunos peces vuelan” me comprometo con que existen los peces. Pero no todo lo que ponemos así en el lenguaje corriente, es necesario ponerlo realmente ahí. Y, por supuesto, no todo sustantivo se refiere a una cosa real: ahí están los unicornios y los cuadrados redondos. Mi lema, en esto, es la sana navaja de Occam: vive y piensa con el menor número de cosas posible.
Pregunta.- ¡Vaya, eso ya tiene cierto parecido con una opinión moral!
Quine.- Es verdad, pero no te hagas muchas ilusiones: es una mera regla pragmática. Lo importante es si algo funciona: todo nuestro conocimiento se pone a prueba en la práctica.
Pregunta.- Un pensamiento es correcto si es práctico. Pero ¿práctico para qué?
Quine.- Muchacho, me intentas tirar de la lengua, y podría decirte muchas opiniones mías sobre ese para qué vivimos, cosa que me preocupa tanto como a ti. Pero entonces dejaríamos el terreno de lo que se puede decir rigurosamente, o sea, con pruebas, y pasaríamos a una tertulia literaria o a la barra de un bar. ¡Lo que no es nada despreciable! Te invito a una cerveza y hablamos todo lo que quieras de las profundidades insondables de la vida.
Pregunta: ¿Se lleva usted el banjo?
Quine.- ¡Claro! El filósofo, por cierto, es un poco como el artista del banjo: puede ser muy divertido y sonar muy bien, si uno se trabaja la técnica de las cuerdas y las púas.



Quine ha sido uno de los principales filósofos del siglo XX, en la rama analítica, presente sobre todo en los países anglosajones. Quine radicalizó el empirismo, esto es, la teoría de que todo nuestro conocimiento procede de la experiencia. Su radicalismo le llevó, curiosamente, a desmontar lo que él llamó algunos dogmas poco empiristas del empirismo, tales como que pueda distinguirse nítidamente, por un lado, los hechos empíricos, y, por otro, la teoría: el conocimiento forma un todo, que se presenta entero, según Quine, ante el tribunal de la experiencia. Si no funciona, tendemos a cambiar lo menos posible (esta es su “máxima de la mutilación mínima”. Su honestidad intelectual le llevó a reconocer que ciertas entidades abstractas, como los números, son ineliminables del lenguaje científico, de modo que tenemos que aceptar que existen, en el sentido en que Quine le da a esta palabra. Quine representa el caso extremo de lo que se llama cientificismo o naturalismo: todo lo que puede decirse con rigor, lo dice la ciencia. La metafísica es un uso confuso del lenguaje. Y la ética, la estética o la religión, son objeto del sentimiento, no del conocimiento: no son ni verdaderos ni falsos.

¿Qué piensas tú? ¿Es cierto que solo la ciencia puede producir verdadero conocimiento? ¿No es posible hablar con rigor de lo bueno, lo bello, del sentido de la vida o cualquier otra cuestión filosófica?



Guión: Juan Antonio Negrete. Actores: Jonathan González, Víctor Bermúdez y Antonio Blázquez. Voces: Chus García  y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blázquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Empiristas y racionalistas.

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Queridos cavernioyentes, hoy traemos un extraño diálogo, captado en uno de los sótanos de la caverna, entre un cavernisofo empirista y otro racionalista. Oigamos y pensemos...

E: (Exaltado) ¡Los hechos! ¡El experimento bien hecho! Gracias a eso el conocimiento ha avanzado a pasos de gigante desde la revolución científica hasta nuestros días.
R: O sea, que la verdad es lo que se corresponde con los hechos...
E: ¿Pero es que no lo ves?
R: Mmm...¿Y cómo estás seguro de que esta idea que tienes de la verdad es la verdadera?
E: No te entiendo.
R: ¿Por qué crees que sólo es creíble lo que se ve? ¿Ves también...eso? ¿Se demuestra con algún experimento que los experimentos son la forma adecuada de... demostrar?
E: ¡Por favor! Todos aceptamos que la realidad es lo que vemos, y que la verdad es lo que coincide con lo que vemos. ¡Es de sentido común!
R: Sí, es solo sentido común. Pero dejemos eso. ¿Qué pasa entonces con las verdades lógicas o matemáticas, como que dos más dos son cuatro? ¿También dependen de hechos visibles?
E: Pues sí. Los conceptos matemáticos son una abstracción a partir de la experiencia. Vemos cosas iguales, pero distintas, y de ahí obtenemos el concepto de cantidad o número... (Tajante) ¡Todo conocimiento es “a posteriori”!
R: (Simula dudar) No sé qué pensar.
E: ¿Por qué?
R: Si la verdad proviene de la experiencia entonces... toda verdad es problable.
E: ¿Cómo probable?
R: Bueno, depende de lo que observamos en el mundo ¿no? Pero como ese mundo cambia a cada instante la verdad que es ahora podría no ser verdad luego...
E: Cierto. Todas las verdades son probables.
R: Incluso la verdad de que toda verdad es probable tendría que ser probable, y también ésta última, y ésta, y… ¡Llegaríamos a la conclusión de que el conocimiento es absolutamente improbable!
E: (Un poco irritado) Eso es una exageración sin... fundamento empírico.
R: Tal vez. ¿Pero de veras crees que las verdades matemáticas son “probables”? ¿Sería posible concebir un mundo en que dos más dos fueran cinco?...
E.: No lo sé...
R.: Además, dices que aprendemos los números a partir de la experiencia. Pero, ¿no te parece que para tener la experiencia de dos, tres o cuantas cosas sean, hay que conocer antes los números?
E: ¿Cómo? ¿Insinúas que los bebés vienen al mundo sabiendo aritmética? ¡Eso es ridículo! Nacemos sin saber nada, y menos aún matemáticas. ¡Con lo difíciles que son!
R: Pero si los bebes nacieran sin ninguna capacidad lógica, ¿podrían aprender algo? Yo creo que necesitarían, al menos, algunas reglas. Como esa que permite abstraer a partir de la experiencia...
E: Hum. Vale. En eso tienes razón. ¡Pero eso no significa que sepamos ni matemática ni nada al nacer!... Simplemente, el cerebro humano cuenta con mecanismos con los que procesar la información desde que empieza a recibirla.
R: ¿Es entonces la lógica una especie de mecanismo cerebral?
E: Digamos que el cerebro funciona de cierta forma, y a eso le llamamos "lógica".
R: Mmm.. No sé si es muy lógico creer que las leyes lógicas estén ahí, entre las neuronas, obligando a que se comporten de cierta forma...
E: Bueno, tendríamos que saber mucha psiconeurología para discutir de esto.
R: ¿Sí? Bueno... Pasemos a otro tema. Si la verdad depende de lo que veo, la verdad sólo será mi verdad. Pues mis visiones son personales e intransferibles. El conocimiento empírico sería así, además de probable, muy subjetivo. ¿No crees?
E: (Muy seguro) ¡No, no lo creo! Una observación científica no es lo que ve una persona cualquiera, sino lo que ve un grupo de expertos.
R: ¿Y cómo pueden saber que ven lo mismo?
E: Pues porque lo describen de forma parecida.
R: O sea, que al final la verdad no es la correspondencia con lo que se ve, sino con lo que dicen que ven un grupo de expertos.
E: Claro.
R: ¿Y cómo sabremos si su interpretación es correcta?
E: Porque son expertos en su ciencia. Ya te lo he dicho. Saben mucho.
R: Pero yo creía que decías que el saber depende del ver. Y ahora me dices que es el ver el que depende del saber. (Simulando perplejidad) Esto del empirismo no es nada fácil.
E: Saber y ver dependen uno del otro.
R: ¿Y son igual de dependientes? ¿Se puede ver sin saber? ¿Podríamos ver algo de lo que no tuviéramos...ni idea?...
E: Habría que pensarlo.
R: Sí, mejor pensarlo que verlo.

¿Qué piensas tú? ¿Qué es más importante para conocer: la razón o la experiencia? ¿Se piensa según lo que se ve, o se ve según lo que se piensa?

Guión: Víctor Bermúdez . Actores:  Jonathan González, Víctor Bermúdez. Voces: Antonio Blázquez. Producción: Antonio Blázquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.



Nietzsche y Platón: diálogo en la cumbre.

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Una tarde que andaba solo por el monte vi y oí dialogar a dos imágenes, que me parecieron las de Platón y Nietzsche. Se pararon cerca de mí, sin notar mi presencia, y miraron hacia la ciudad, al pie de la montaña, donde las gentes comerciaban, y reían y lloraban.

Nietzsche.- Míralos. Con sus afanes de siempre. Viven como amodorrados.
Platón.- Desde luego.
N.- ¡Pocos tienen la triste necesidad que tú y yo, la de pensar!
P.- ¿Necesidad, dices? ¿No será Libertad?
N.- Más valdría vivir, y no pensar.
P.- Y ¿qué es vivir sino pensar? ¡Nada!
N.- Y todo.
P.- ¿Les envidias?
N.- No, ellos ni piensan ni viven. Tú, aunque no existes, por lo menos piensas, y yo… Tú y yo somos un principio y un final. A mí me hubiera gustado ser ya otro principio, el de sólo vivir, pero he tenido la misión de ser sólo su anuncio…
P.- ¿De verdad crees eso? Pensaba que lo decías para consumo del vulgo.
N.- Quizás sea así. Si te digo la verdad, nunca he distinguido bien qué digo con convicción y qué digo en broma.
P.- Mejor así. Quien no vive en la ironía, malvive en la ignorancia. Pero, contéstame, ¿quién crees que viene después de quién, tú de mí o yo de ti?
N.- ¿¡lo preguntas en serio!? Sabes que lo que tú hiciste, eso que llaman Metafísica, ya no puede volver. Yo sólo he puesto el punto final que estaba pidiendo a gritos.
P.- Pero ¿no dices que todo se repite?
N.- ¿Me vas a decir que tú crees en el círculo, en el eterno retorno?
P.- No, eso es cosa de dioses… o de piedras. A los que, como tú o yo, estamos a medio camino entre unos y otros, nos cuadra mejor una espiral. Tú y yo somos puntos del mismo ciclo, pero los más alejados, y por eso los más cercanos, si trazas un corte en la espiral. ¿Sabes que en mi época hubo alguien muy parecido a ti?
N.- ¿A quién te refieres?
P.- A Calicles. Muchas de las cosas que dices las repetía él: que si el valor de las cosas lo decide la voluntad del fuerte, que si la filosofía es cosa de enfermos y que momifica cuanto toca… ¡Sí! Amaba la vida…
N.- ¿Y crees que tú le refutaste?
P.- No, yo no, lo hizo Sócrates.
N.- ¡Sócrates! ¡Ese santurrón!
P.- Sócrates fue el hombre más exigente, y el más valiente. ¡Compara tu vida o la mía con la suya!: tú y yo somos sólo pensadores: él era un vividor.
N.- También fue quien más se engañó a sí mismo. Para parecer más fuerte que Calicles tuvo que envenenar la vida con ideas. Es muy triste que los que son simple rebaño se hayan hecho con el poder.
P.- Amigo, eres una de las mentes más sensibles a la tragedia humana, al dolor, a la angustia, no me cabe duda… Y, ¿no es ese el problema para los filósofos?
N.- Sí. Lo que nos diferencia es las respuestas que damos.
P.- Tú has dicho a veces que tu filosofía es la contraria a la del viejo Parménides. Él dijo que todo es Uno y lo mismo, eterno, inmóvil; tú, que todo es diverso, cambiante, pasajero…
N.- Así es.
P.- ¿Y qué vamos a hacer entonces con vosotros? ¡Prescindimos de uno de los dos?
N.- O de los dos. Pero si prescindís de mí, os quedáis sin enemigo, ¡y entonces sí que os quedáis del todo secos y tiesos!
P.- Y ¿qué pasa si prescindimos del viejo Parménides? Tú has escrito: si eliminamos el mundo verdadero, no nos quedamos con el aparente…
N.- Exacto.
P.- Y has dicho, quizás, más verdad de la que crees. Sin lo Inmóvil, todo tu pensamiento se queda en la sombra. ¡Ya sí que podrías dedicarte sólo a lo que tú llamas vivir!: nada de pensar. Sólo a hacer nuestra santa voluntad, aquí y ahora.
N.- Como dioses.
P.- O como piedras. Pero los que vivimos en la mezcla no podemos prescindir de lo Uno y lo Otro, de lo Mismo y lo Diferente, de lo Eterno y lo Cambiante.
N.- Total, que somos pura contradicción. Y eso es lo que digo yo, al fin y al cabo.
P.- ¡No estaría mal que tú y yo estemos diciendo lo mismo! Pero falta un detalle: el amor, que es siempre búsqueda de unidad, y no ese revoltijo de lo uno y lo otro sin saber por qué.
N.- Has estado a punto de embrujarme otra vez. Pero no conseguiréis que me meta en la secta. Prefiero mi soledad en la nada que vuestro paraíso lleno de sonrisas sacerdotales.
P.- Dicho así, casi me embrujas tú a mí.
N.- ¿Bajamos?
P.- Vamos.
N.- ¿Qué les diremos a las gentes?
P.- Tú diles, una vez más, que Dios es, en realidad, el Hombre. Yo seguiré diciéndoles que el Hombre es, en realidad, Dios.
N.- ¡Sí! ¡Así podrán seguir diciendo que somos unos puros chalados!
P.- Pero a la vez no podrán prescindir de nosotros: somos su conciencia.
N.- ¡Qué vanidoso eres! Eso también lo comparto contigo.

(Y siguieron su paseo, bajando la ladera, mientras se hacía de noche).

Platón y Nietzsche son dos extremos de la reflexión filosófica. ¿Dónde te sitúas tu? ¿Eres platónico o nietzscheano?


Guión: Juan Antonio Negrete. Actores: Jonathan González, Víctor Bermúdez y Antonio Blázquez. Voces: Jonathan González y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blázquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Estoicos y epicúreos


[Suenan tambores, flautas, cánticos alegres que se alejan. A continuación un sonido de llamar a un portón, con golpes o con alguna campanilla. Se abre en seguida la puerta, sin esperar ni un segundo]

Petrus Petreo (con voz pétrea y enérgica): Soy Petrus el estoico. ¿Por qué razón habéis llamado?
Eirene (relajada): ¡Salud y alegría, amigo! Soy Eirene la epicúrea, y esta es mi amiga Parsimonia.
Petrús: ¿Y qué hacéis en mi puerta, tan lejos de vuestro epicúreo jardín?
Eirene: ¿Tu puerta? ¿Acaso eres portero?
Petrús: Sí, de la virtud. (melancólico) De la que me temo, ay, que siempre estoy a las puertas.
Eirene: ¡Pues no sufras más! ¡Hemos venido a salvarte de tus temores!
Petrus (con sorna e indiferencia): ¿Vosotras vais a hacerme virtuoso?
Eirene: Sí y no. Vamos a hacer que recuperes la cordura.
Petrús: Bien. Aunque no recordaba haberla perdido.
Parsimonia (muy lenta): La perdiste, hermano, desde el día en que fiaste la salud y el bienestar de tu alma a esa quimera que llamas “virtud”.
Petrús: ¿Salud del alma? ¿Bienestar? Hablas como uno de esos terapeutas baratos del futuro. Yo no quiero estar bien, sino ser bueno, y solo siendo bueno podré estar bien.
Eirene: ¿Y qué le falta al simple estar bien para ser lo mismo que ser bueno?
Petrus: Le falta lo bueno mismo, amiga. El bienestar que cultiváis en vuestro jardín no es propio de hombres, sino de animales; no es ni bueno ni malo, sino, tan solo... lo que os pide el cuerpo.
Eirene: Dices mal, hermano. Es cierto que todos los cuerpos vivos buscamos placer y bienestar. Pero solo nosotros, los cuerpos humanos, poseemos la virtud de moderar ese ansia de placer que nos inquieta y encontrar placer en la quietud del que poco ansía.
Parsimonia (con deseos de intervenir): ¡Y qué decir, amiga Eirene, de ese placido y bien calculado gozo que solo el alma humana es capaz de degustar y que...!
Petrus: (Interrumpiendo a Parsimonia) ¿Os atrevéis a hablar de virtud en medio de vuestras florituras filosóficas?
Eirene: Sí, Petrus. Pero para nosotros la virtud es un medio, no un fin en sí mismo como lo es para vosotros los estoicos.
Petrus: ¿Y para qué es un medio vuestra “virtud”? Si no lo es para saciar vuestro impulso animal en pos del placer – por muy refinado que sea – , lo es para el supremo placer, según decís, de no desear nada. La virtud epicúrea no tiene otro fin que el de los muertos: descansar en paz. Vuestro jardín, queridas, es un cementerio.
Eirene: ¿Y vuestra trabajosa virtud, qué mérito tiene? ¿No está escrito en el libro del destino que mi amiga Parsimonia, por ejemplo, toque mejor que yo la siringa, o que yo sea más voluntariosa que ella en la lectura de libros?
Petrus (con sorna): ¿Cómo? ¿No es por puro placer por lo que leéis esas cosas tan inquietantes que son los libros?
Eirene: No te me escurras, amigo. Te preguntaba por la libertad. ¿Cómo se puede ser bueno o malo en un mundo donde todo está previsto por la sabia Naturaleza?
Petrus: Esa pregunta es típica de los que confundís la libertad con el volantazo de un átomo estrábico. Para los estoicos, amigas, la virtud no es elegir lo que ha de ocurrir como quien lanza un dado en el vacío, sino comprender la razón de lo que ocurre y someterse razonablemente a ella.
Eirene: ¿Ser libre y bueno es, entonces, obedecer, ciegamente, lo que la razón, sin remedio, dictamina?
Petrus: El hombre que obedece, lúcida y no ciegamente, a la razón, obedece lo más digno y propio de sí mismo.
Parsimonia: ¿Y la mujer?
Petrus: Y la mujer, y el extranjero, y el esclavo... Todo hombre que deja de ser niño es igualmente racional y capaz de aspirar a la virtud.
Parsimonia: ¡Y dale con la virtud! ¡Qué obsesión la tuya! Con lo fácil que es estar, simplemente, contento...
Petrus: ¿Qué hombre que esté despierto se contenta con vuestra infantil arcadia? [Altisonante] ¡La vida es una heroica aventura en pos del conocimiento y la justicia! ¡¡Un día... comprenderé la necesidad y la razón de todo, hasta tal punto que me sepa uno y lo mismo con el cosmos!!
Eirene: ¡Ay, amigo, admiro tu firmeza y buenos propósitos! Pero todo eso no es más que una quimera.
Petrús: Prefiero vivir por ella, sin sosiego, que vivir sosegado sin quimera que me queme. Creo que sois gente inteligente y, por eso, desesperada. Vuestra vida carece de sentido. Una droga que os sosegara dulce y constantemente os bastaría para llenarla. Mientras la halláis, os limitáis a cantar como cigarras, a hacer tiempo antes de que, al fin, el tiempo del todo os deshaga.
Eriene: Tu discurso está poseído por una terrible pasión humana: la del querer ser lo que no es.... Pero has de saber, querido amigo, que no nos espera ningún fin, ni nos alienta ningún supremo deber. Ambas cosas, fines y deberes, las hemos inventado para sortear el pánico a la muerte y a la futilidad de la vida. El único deber que de verdad merece serlo es el de vivir lo más placenteramente posible el tiempo que el azar y los hados nos dejen. Vente, pues, con nosotras, y vence, de verdad, toda pasión inútil...

Acabas de oír, enfrentadas, dos concepciones de cómo ha de ser la vida humana: la de Petrus el estoico, y la de Eirene y Parsimonia, las epicúreas. ¿Con cuál de las dos te identificas?


Guión: Víctor Bermúdez . Actores:  Eva Romero, Laura Casado, Víctor Bermúdez. Voces: Chus García y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.