Nochevieja

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[Sonido de fiesta popular, mucha gente en la calle, es Nochevieja]
Petronilo.- (Gritando) ¡Ey, Eremita! ¡Estoy aquí!
Eremita.- ¡Hola Petronilo! ¡¡Yo también estoy!! (risa nerviosa). [Silencio] ¿Y esta llamada, así, en mitad de la cena de nochevieja?
Petronilo.- Pues... Quería verte (nervioso)... Bueno, lo que quería es que este año nuevo fuera nuevo, pero nuevo de verdad.
Eremita.- (Risueña) ¡Ah! ¿Y no lo es siempre?
Petronilo.- ¡No!... Quiero decir: sí. (confuso) Siempre es nuevo. Pero, por eso mismo, nunca lo es.
Eremita.- (Risas) Jajaja. Veo que el champán te pone filosófico.
Petronilo.- No, en serio. ¿No te parece que, aunque el tiempo pasa, todo vuelve a ser lo mismo cada año? La misma noche, las misma cena indigesta, las mismas tonterías en la tele... Todo vuelve a pasar, como si fuera lo mismo, pero sin serlo...
Eremita.- ¿Y a ti qué te gusta más, Petronilo, que pase el tiempo o que vuelva?
Petronilo.- (enamorado, casi declarándose) Por un lado me gusta que vuelva, sobre todo cuando tu te vas... Pero... también me gustaría que pasase, que pasara algo...
Eremita.- Bueno, eso queremos todos. Que pasen las cosas que queremos que pasen. ¿Has hecho ya tus propósitos de año nuevo?
Petronilo.- Sí (misterioso, excitado).
Eremita.- Bueno. ¿Y me los vas a contar?
Petronilo.- (Nervioso, se dispone ceremonioso a declararse). Ejem. He estado, Eremita, contando los días hasta esta noche de cuento en que el destino...
Eremita.- (Interrumpiendo) ¡Jajaja! !Calla ya, cuentista¡
Petronilo.- (Desesperado) Ay, Eremita.
Eremita.- (Le pide silencio) Sss. (Tierna) ¿Quieres que te cuente nuestros propósitos de año nuevo?
Petronilo.- (Esperanzado) ¿Nuestros?
Eremita.- ¿No te has dado cuenta de que somos como personajes de una historia? ¿Y que, vistos desde el cielo, todos nuestros pasos, como si formaran un dibujo, nos llevan a esta calle y a esta noche?
[Suena un primer cohete]
Petronilo.- (A punto del desmayo) .- Ere...
Eremita.- ¿Sabes? A veces el tiempo me parece un cuento, una ilusión de la que despertamos cuando descubrimos esas cosas tan buenas y verdaderas y tan bonitas que... parece imposible que no deban ser eternas...
[Suena un segundo cohete]
Petronilo.- (A punto de echar a volar).- Ere, yo...
Eremita.- ¿Nunca has tenido esa felicidad que te hace olvidar el tiempo y vivir para siempre en un instante?
Petronilo- (En el cielo, suspiro).- Ay...
Eremita.- Pues eso me pasa a mi, y eso queremos los dos, y todo el mundo, cada año nuevo, cada día, Petronilo.
Petronilo.- (En las nubes) Mmm...
Eremita.- ¿Quieres despertar conmigo, como una bella durmiente, de este sueño y este año?
Petronilo.- (Emocionado) Sí, quiero.
Eremita.- (Muy tierna) Pues cierra los ojos. Y entreabre los labios...
[Suena una estruendosa salva de cohetes. Es fin de año]


Si en Navidad se celebra la unidad entre lo trascendente y lo inmanente, entre lo divino y lo mundano, a través de la figura del Dios hecho hombre, en Año Nuevo también se celebra algo trascendente: la propia estructura del tiempo.

Para algunos filósofos, como Nietzsche, la estructura del tiempo es circular. Todo lo que sucede volverá a suceder, en un eterno retorno. Todo se repite porque la realidad es sin principio ni fin, y no tiene otro sentido que el de ser, ella misma, una y otra vez. En muchas culturas, el tiempo se entiende también así: como un ciclo incesante de repeticiones, como una eterna danza circular, sin más sentido que el de celebrarse, rítmicamente, una y otra vez.

Para otros filósofos, y en otras culturas, como la nuestra, el tiempo tiende a comprenderse, más lineal que circularmente, con principio, sentido y fin, como una historia en que cada suceso representa un paso adelante hacia la consecución de una meta final.

Curiosamente, la celebración de Año Nuevo, que tiene raíces paganas, parece celebrar ambas cosas: la renovación anual del eterno ciclo del tiempo y la vida, pero también la voluntad de cambio y el definitivo triunfo de todo aquello –el Amor, el Bien, la Felicidad, la Salud-- con lo que soñamos olvidar o vencer el paso del tiempo.

¿Qué crees tú? ¿Es el tiempo una repetición sin sentido? ¿O tiene un sentido o fin más allá de él?

Ah, y Feliz año nuevo

Guión: Víctor Bermúdez . Actores: Jonathan González,  Eva Romero, María Ruíz-Funes, Laura Casado. Voces: Laura Casado, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.



Nochebuena


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Sandro Botticelli: Natividad mística (1501) National Gallery
Primitiva.- Brr... ¡Qué frío!
Crisantra.- (Feliz) Sí, pero qué alegría. !Es nochebuena!
Petronilo.- Venga que ya llegamos.
Crisantra.- ¿Pero dónde me lleváis?
Primitiva.- A una fiesta, ya te lo dije. ¡Y es aquí!
[Suena música electrónica]
Crisantra.- ¿Aaaquí? (con asquito). ¡Pero si esto es una casa de okupas!
Primitiva.- Son amigos nuestros. Y de Eremita, mira, allí está.
Petronilo.- Sí, junto a Leo y a Luna, que acaban de tener una niña. Hoy mismo ha nacido.
Crisantra.- ¡En nochebuena! ¡Como el niño Jesús!
Primitiva.- ¡Ay, qué pesada estás con la Navidad!
Petronilo.- Además, lo han tenido aquí mismo; la madre de Luna, que es médico, les ha ayudado.
Crisantra.- ¡Ay, como si esto fuera el portal de Belén!
Primitiva.- Si, y nosotros los pastorcillos, no te joroba.
[Se oye el llanto de un niño pequeño]
Eremita.- Hola chicos. Qué alegría veros. Mirad esta pequeñaja es Alicia.
Petronilo. y Crisantra.- Ay, que bonita es (piropean tiernamente al bebe).
Primitiva.- (borde) Pues yo lo siento, pero me he dejado la mirra en casa.
Crisantra.- Pero qué mula y que buey eres, Primi.
Primitiva.- Jaja. Es que para mearse. Parecéis un belén viviente.
Crisantra.- ¿Y qué?
Primitiva.- ¡Pues que ya estoy harta del cuento ese de la Navidad!
Crisantra.- ¿Y por qué es un cuento?
Primitiva.- Porque es mentira. Y no es más que una excusa para hartarnos de comprar y comer y aparentar que somos muy buenos...
Petronilo.- Mujer, no es solo eso. Y tú que dices, Eremita, que estás embobada con el bebé.
Eremita. ¿Eh? Sí, jaja, me tiene maravillada. Pero os estoy oyendo.
Petronilo - ¿Qué piensas tú de la Navidad?
Eremita.- Pues que tal vez sea un cuento. Pero un cuento lleno de sentido. Como todos los cuentos.
Crisantra.- Sí, pero este es especial.
Primitiva.- ¡Lo será para los cristianos!
Eremita.- Yo no soy creyente, pero a mi me gusta. No sé. Celebra algo tan hermoso como la unión de lo divino y de lo humano en la forma de... un niño.
Primitiva.- Yo paso de lo divino.
Eremita.- Bueno, lo divino no se refiere a ningún dios concreto, sino a... lo más perfecto, lo más bueno y bello... No sé. Como eso que siempre soñamos y nunca conseguimos.
Petronilo.- Si, dilo; eso que es imposible.
Eremita.- Pero entonces, ¿por qué lo soñamos?... En el cuento de la navidad lo imposible se hace posible, y lo descubrimos aquí, en el mundo, como en esta niña que acaba de venir, no sabemos de dónde...
Primitiva- ¡Pues de dónde va a ser! ¡De París! ¡La trajo Papa Noel en su trineo movido por cigüeñas!...
Todos.- (Ríen).

Rafael: La escuela de Atenas (1510-11). Museos Vaticanos

En el rito navideño se celebra la llegada al mundo del Salvador, el Dios hecho carne que viene al mundo para librarnos del error y la maldad. Tal como el Príncipe de los cuentos, hijo del Rey-Padre, viene a librar a la princesa, es decir al alma, del dragón, y conducirla al Reino o al cielo del que cayó. El alma, por supuesto, somos nosotros, los ángeles caídos.

Desde un punto de vista filosófico, Jesús (como cualquier otro Príncipe de cuento), podría ser una personificación mítica de la  Luz de la razón, es decir, de la Verdad. El dios que se hace hombre simboliza la Idea Verdadera descubierta al hombre, el “verbo hecho carne” que viene a librarnos de la ignorancia y sus hijas: el sinsentido, la maldad, la injusticia...

La Natividad celebra así, en cierto modo, el Beso del Príncipe que nos hace nacer a la Consciencia. Celebra al Dios hecho Hombre, que viene a despertarnos, y al Hombre que puede hacerse Dios, a través del conocimiento y la virtud. La Navidad representa, así, la unión de lo Divino y lo Humano. Esa unión que suponen también el filósofo, el hombre bueno, el artista, cuando descubren en la eternidad de las leyes, los ideales y las formas, aquello que va haciendo comprensible, justo y hermoso al mundo.

¿Qué significa la Navidad para tí?
Mientras no lo contáis, os deseamos muy Feliz Navidad a todos

Guión: Víctor Bermúdez . Actores: Jonathan González,  Eva Romero, María Ruíz-Funes, Laura Casado. Voces: Laura Casado, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Un dilema ético.


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Espe.- A ver, chicos, que os veo un poco amuermados: un dilema ético.
Felisa.- ¿Así nos quieres quitar el muermo? ¡No sé yo!
Madriguero.- Venga, dispara, que hoy tengo la mente lúcida.
Espe.- Imaginaos a un comando de soldados, en plena guerra, que han cogido prisioneros a tres soldados del otro bando. Entonces el comandante les ordena fusilarlos, para –les dice- no cargar con ellos. ¿Qué haríais vosotros en un caso así?
Felisa.- ¿Yo?, no ir a la guerra: eso para empezar.
Espe.- Vale, Felisa, eso sería lo mejor, sí… pero imagina que, por lo que sea, estás allí, o ponte en su lugar… Si queréis os pongo otro ejemplo.
Covadonga.- Yo, con todo el dolor de mi alma, obedecería la orden. En la guerra tienes hacer lo que manda tu superior: el responsable, entonces, será él… Además, ¿qué pasa si no obedezco? A lo mejor me fusilan a mí, o me meten en prisión… Imagínate que tienes familia, hijos…
Espe.- Pero ¿por cuál de las dos razones lo harías, Cova, porque crees que debes obedecer, o por miedo a las represalias?
Covadonga.- Creo que por una mezcla de las dos…
Madriguero.- Pues no es verdad que tengas que obedecer al superior: ¿y si te manda tirarte por un precipicio? Si te da una orden para la que no tiene autoridad, no tienes por qué obedecerle.
Espe.- ¿No tienes por qué obedecerle, o tienes que no obedecerle, Madriguero? ¿Tú qué harías?
Madriguero.- Yo creo que intentaría convencerle de otra solución.
Espe.- ¿Y si es tan cabezón como parece?
Madriguero.- Entonces… creo que le diría que vale, que obedeceré la orden, pero me llevaría a los prisioneros a un apartado del bosque y dispararía al aire…
Covadonga.- ¿Y si luego los prisioneros atacan a los nuestros, qué? Serías tú el culpable. ¿Tú qué harías, Espe?
Espe.- No sé lo que haría, la verdad: es difícil imaginarse en situaciones tan límite -eso es lo malo de estos dilemas éticos que a veces se me vienen a la cabeza por culpa de la profe que nos dio Ética...- Pero creo que lo que habría que hacer es decirle al comandante que no vas obedecer esa orden, porque es injusta.
Madriguero.- Sí, eso hacen los héroes de las pelis.
Felisa.- Lo que hacen los héroes es no ir a la guerra, insisto. Si nadie fuera a la guerra, no habría esos dilemas.


Sin llegar a situaciones tan límite, diariamente estamos teniendo que optar por alguna de las posturas que han adoptado los personajes del diálogo (o alguna otra que quizá se os ocurra). La ventaja de ejemplos tan extremos es que no dejan lugar para opciones confusas, aunque, a cambio, presentan situaciones que exigirían conductas poco comunes, o heroicas, que no representan la vida normal de una persona.

El núcleo de este dilema, según la mayoría de los filósofos modernos desde Kant, es el conflicto entre lo que consideramos justo y lo que consideramos beneficioso, para nosotros o para los demás. Kant defendió que el beneficio que podamos obtener de nuestros actos no tiene nada que ver con la ética, sino con la psicología. La ética, según él, es cuestión de qué es correcto o qué debemos hacer, independientemente de si resultará agradable o feliz, aunque se trate de la felicidad de los otros. El fin no justifica los medios, es decir, ningún objetivo, por favorable que resulte, para mí o para la mayoría, justifica que cometamos una injusticia para conseguirlo. Pero ¿qué es cometer una injusticia?, o ¿qué es lo justo? Kant piensa que esto es claro para todos: se trata de la norma de que debemos actuar siempre de la manera en que creamos que cualquiera podría y debería actuar en nuestra situación, es decir, sin tener en cuenta intereses. Esto es equivalente, según Kant, a no tratar nunca a una persona como un simple medio, sino como un fin en sí misma. A las éticas de este tipo se les llama éticas del deber, o deontologistas. Por ejemplo, en el diálogo anterior, el personaje que cree que no debe obedecerse la orden, porque el comandante no tiene potestad para darla (Espe), es kantiana o, más bien, deontologista: no piensa en las consecuencias, sino en lo que es justo. También podría considerarse kantiano el motivo de la chica que cree que siempre hay que obedecer al superior. De hecho, y de forma un tanto paradójica, Kant defendió que siempre es incorrecto desobedecer las leyes establecidas, aunque nos parezcan injustas.

Frente a esas éticas, están las llamadas “consecuencialistas” o utilitaristas, porque creen que lo que justifica nuestros actos son las buenas consecuencias que previsiblemente conseguiremos con ellos. Estas consecuencias pueden pensarse, por ejemplo, en términos de felicidad. En ese caso, debemos actuar de tal modo que consigamos la mayor felicidad para el mayor número de personas. El fin sí justifica los medios: están justificados aquellos medios que maximizan el beneficio, es decir, que causan el mayor beneficio con el menor perjuicio. Así, puede estar justificado sacrificar a unas personas por el beneficio de la mayoría. En el caso del ejemplo, el protagonista que ve justificado engañar al comandante para salvar al mayor número de personas, se apoya en una ética consecuencialista. También lo es el argumento del temor a las represalias, aunque en este caso se trata de un consecuencialismo egoísta, que piensa ante todo en maximizar su beneficio personal.

¿Es posible sintetizar ambos tipos de teoría ética, de modo que la justicia vaya unida al mayor beneficio? Así lo creyeron algunos filósofos antiguos, como Platón o los estoicos. Pero ¿es cierto que siempre a la justicia le acompaña la mayor felicidad? ¿No es esto ser excesivamente optimista o “idealista” moral?

¿Qué piensas tú? 

Guión: Juan Antonio Negrete . Actores: Eva Romero, Jonathan González, María Ruíz-Funes, Gema Ortiz. Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.


Androides

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Espelunca.- ¡Por fin le encuentro, comandante Madriguero! No se preocupe, ya está a salvo. Todos los enemigos han huido en una micronave.
Madriguero.- ¡Todos no, sargento Espelunca!, en esa habitación se ha escondido uno que no ha tenido tiempo de escapar. ¡Destrúyalo antes de desatarme!
Espelunca.- ¿Está armado?
Madriguero.- No, está completamente perdido. Cierre esa puerta y suba al máximo la temperatura. El calor averiará sus circuitos irreversiblemente.
Androide (con voz “de máquina”, abriendo la puerta).- ¡No—lo-ha-ga—por-favor,--me--rindo,--me—rin-do!
Espelunca.- Mi comandante…
Madriguero.- No le haga caso, sargento. Debe ser destruido, ya. No tiene reparación posible.
Androide.- ¡Al—me-nos—no—me—ma-ten—de—e-se—mo-do,--es—muy—do-lo-ro-so—pa-ra—no-so-tros!
Espelunca.- ¿Por qué hemos de destruirlo, comandante?
Madriguero.- Sargento, ese ser es una máquina: trabajo en su programación y superviso su construcción. Le puedo asegurar que no siente nada, solo sabe hablar.
Espelunca.- Pero, ¿cómo está tan seguro de que no sufrirá?
Androide.- ¡Cla-ro—que—sen-ti-mos,--y-su-fri-mos—pá-ni-co!
Madriguero.- Eso es imposible, es solo un montón de circuitos, que nos han salido rana.
Espelunca.- Perdone, comandante: yo le he oído a usted decir a menudo que nosotros somos exactamente un montón de circuitos. ¿Cómo sabe usted, por ejemplo, que yo siento algo y no soy solo como dice usted que es esa… criatura?
Madriguero.- ¿Propone usted, sargento, que lo eduquemos en un reformatorio para su reinserción en sociedad?
Androide.- ¡Les—a-se-gu-ro—que—ha-rí-a—si-em-pre—los—de-de-res—en—ca-sa!
Espelunca.- Lo que me preocupa, comandante, es que estemos causando un sufrimiento gratuito, solo porque esta criatura tiene los circuitos hechos de otro material… ¿Haríamos eso con un humano?
Madriguero.-…no…cla…, claro…
Espelunca.- Entenderé que me confirma que no haríamos eso con un humano. Pero ¿qué diferencia relevante hay con este caso? ¿No estaremos siendo algo así como racistas, o especistas?
Androide.- Us-te-des—los—hu-ma-nos—po-se-en—u-na—in-te-li-gen-cia—su-fi-cien-te—co-mo—pa-ra—fa-bri-car-nos,--y—lo—que—es—a-ún—más—ad-mi-ra-ble,--pa-ra—man-te-ner—e-sta—con-ver-sa-ci-ón—en—u-na—si-tu-a-ci-ón—a-sí:--no—de-jen—que—su—sa-bi-fu-rí-a—des-ci-en-da—brus-ca-men-te—de—ni-vel:--en—efecto—no—ha-y—di-fe-ren-cia—re-le-van-te—en-tre—us-te-des—y—yo.



La posible existencia futura de androides despierta la curiosidad de filósofos y científicos por varios motivos. Uno de ellos es si las máquinas pueden llegar a pensar y sentir (asunto que se denomina Inteligencia Artificial). Pero lo que nos gustaría plantearos en esta ocasión es lo siguiente: todos conocemos, al parecer, nuestra consciencia. La conocemos en primera persona, cada uno la suya. Cuando sentimos dolor, cuando imaginamos algo, etc. La consciencia de los demás (de ti, por ejemplo) tenemos que deducirla de nuestro parecido externo. Ahora bien, ¿qué es eso de la consciencia subjetiva, y qué seres deben de poseerla?

La filosofía de la mente lleva años dándole vueltas a este tema. Al ser algo que no puede experimentarse más que por una persona, al no ser, pues, empírico, algunos filósofos y científicos, como Patricia Churchland y Daniel Dennett creen que la consciencia es un mito que la neurología desterrará antes o después. O que mantendremos, quizá, porque no sepamos hablar de otra manera, pero siendo conscientes de que nos referimos a algo parecido a los dioses de la lluvia.

Sin embargo, otros filósofos creen que esa teoría es extraordinariamente inaceptable. ¿Qué hay más evidente que el fenómeno subjetivo de la consciencia? Para demostrarlo, el filósofo australiano Frank Jackson propuso hace años el siguiente experimento mental: supongamos que Mary es una científica que sabe todo lo que se puede saber científicamente sobre los colores, aunque siempre ha vivido en una habitación en blanco y negro. Si un día saliese de la habitación ¿aprendería algo que no supiera? Sí, cree Jackson: aprendería cómo es percibir el rojo, el azul… es decir, el fenómeno en su consciencia desde dentro, y no su descripción física.

Otro famoso filósofo de la mente, David Chalmers, nos pide que imaginemos a un zombi, idéntico a nosotros en todos sus actos, pero en cuya consciencia no ocurre nada: solo tiene exterior. Quizá esto no es naturalmente posible, sino que todo ser con cierta complejidad física tiene que tener también consciencia asociada. Pero sí es una posibilidad lógica, así que, concluye Chalmers, la consciencia no se reduce a lo físico. ¿Podemos, por ejemplo, imaginar nosotros “cómo es ser un murciélago”, según pregunta el filósofo americano Thomas Nagel? No: podemos describir su comportamiento externo, pero nadie, salvo el murciélago, conoce su vida privada.

¿Qué creéis? ¿Existe la consciencia o es solo un mito del que nos cuesta desprendernos? ¿Sufrirá dolor el androide del diálogo que hemos escuchado?


Guión: Juan Antonio Negrete . Actores: Eva Romero, Jonathan González, Víctor Bermúdez, Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Maldad e ignorancia.

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Covadonga.- ¿Os habéis enterado? A Álvaro le han abierto un expediente ¡por fin!: se queda sin venir a Praga.
Felisa.- Pues yo me alegro: nos iba a dar el viaje, con sus matonerías.
Espelunca.- A mí me da más lástima que otra cosa: es un pobre inconsciente…
Covadonga.- ¿Inconsciente? ¡De eso nada!, sabe muy bien lo que hace.
Espelunca.- ¿Tú crees que hace daño a posta?
Felisa.- ¡Claro que sí: se divierte así!
Covadonga.- Yo no sé si lo hace para hacer daño: lo que sé es que va a lo suyo, y los demás le importan un bledo. Es un egoísta.
Felisa.- ¡Pero esta vez le ha salido el tiro por la culata! Creía que nunca se iban a atrever a meterle mano…
Madriguero.- Y ¿qué consigue con ser así? Estoy con Espe: ¡Al final está más solo que la una! Un tipo así no puede tener amigos…
Covadonga.- ¡Que se fastidie, y lo piense antes!
Madriguero.- ¿Ves?, le estás dando la razón a Espe.
Covadonga.- ¿Cómo…?
Madriguero.- Si dices que es que no lo piensa, entonces es que lo hace por ignorancia. Si pensase bien que así no gana nada a la larga, actuaría de otra manera. Al fin y al cabo, la diferencia entre él y tú (o yo) es que nosotros somos egoístas inteligentes, y él es un ceporro.
Covandonga.- ¡Menuda excusa! Así, todos los que hacen maldades, incluido Hitler, son unos pobres ignorantes… Pues no: son malos porque van a lo suyo, y no se paran a pensar en los demás porque no quieren. Unas veces les sale mal, y otras muy bien.
Madriguero.- Pero, Cova, ¿tú no eres creyente?
Covadonga.- ¿Y qué?
Madriguero.- ¿No dice Cristo eso de perdónalos porque no saben lo que hacen?
Covadonga.- También dice que muchos van a ir al infierno.
Espelunca.- Pues yo creo que a todas las personas se las puede cambiar. ¿No ves cómo antes, en época de nuestras abuelas, era normal que la mujer estuviese sometida al varón? Eso se va cambiando poco a poco, con educación.
Covadonga.- Tú eres una ingenua, Espe, una happy flowers: crees que to el mundo es bueno. ¡Verás que leches te vas a llevar en la vida!
Espelunca.- Creo que tú y yo hemos tenido mucha suerte, Cova. No querría estar en el pellejo de Álvaro, y no creo que nunca “le salga bien”, como dices. Simplemente, nadie querría ser así. Pero ¿sabemos cómo le han tratado a él desde niño?
Covadonga.- ¡Ya, la culpa la tiene otro, o la tenemos todos…!
Espelunca.- No hablo de culpa… sino de ignorancia.


¿Qué relación hay entre maldad e ignorancia?

Alguien ha dicho que “la ignorancia es la raíz cuadrada de la maldad”. Sócrates, y su discípulo Platón, defendieron que, en el fondo, la maldad es ignorancia, porque siempre deseamos lo que creemos bueno. Pero ¿qué ignora el egoísta, que sabe muy bien el daño que causa para satisfacer sus intereses? Precisamente, según estos filósofos, se ignora a sí mismo: cree que sus verdaderos intereses consisten en acumular riqueza o placeres, pero su auténtico interés, aunque él no lo sepa, es ser una buena persona. Por eso nunca termina de ser feliz. Por tanto, el único remedio contra la maldad es la educación, pero la educación filosófico-moral, es decir, la indagación de esa frase que Sócrates tomó de Apolo como regla de vida: “conócete a ti mismo”. A esta concepción se la conoce como “intelectualismo moral”.

Pero, por supuesto, no todos los filósofos aceptan el intelectualismo moral. Ya Aristóteles objetó a Sócrates que si el mal fuese ignorancia no se explicaría por qué atribuimos culpa (y no solo ignorancia) a la gente. Según Aristóteles, en la acción entre en juego un factor que no se reduce a conocimiento: la decisión o voluntad. Y es esta la que hace a la acción moralmente buena o mala.

En el pensamiento cristiano ha habido algunos teólogos que han defendido el intelectualismo moral, pero la mayoría de ellos, y la versión ortodoxa, dice que la maldad existe, y no es simple ignorancia: en otras palabras, el infierno no está vacío.

El gran pensador de la ética moderna, Kant, también se opuso a la tesis de que nuestras acciones dependen solo del conocimiento. Para Kant, la voluntad es superior al conocimiento, y es la voluntad lo que nos hace buenos o malvados. Nada hay bueno salvo una buena voluntad, dijo. Creía que todo el mundo, incluidos los analfabetos, sabe perfectamente, desde su nacimiento, lo que es bueno o malo. Por tanto, la educación tendría poco que hacer en el mejoramiento de la humanidad: consistiría, a lo sumo, en recordarnos lo que presuntamente ya sabemos, pero no podría cambiar al malvado.

Sin embargo, una de las bases de los sistemas penales de las sociedades modernas es la idea de que los delitos dependen en gran medida, si no en toda, de la educación recibida (en el seno de la familia y en el contexto social en que uno se ha criado), y que la mala conducta puede revertirse mediante procesos educativos, y producirse, así, la reinserción.

¿Qué piensas tú: la maldad es solo ignorancia, o se puede saber qué es bueno y, sin embargo, hacer lo malo?

Guión: Juan Antonio Negrete . Actores: Eva Romero, Jonathan González, María Ruiz-Funes, Gema Ortiz, Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.



La tecnología.

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[Suenan, con cierta frecuencia, sonidos de móvil, wasaps, etc.]
Felisa.- Bueno, ¿y qué vais a llevar vosotros? ¿Tú, Cova…?
Covadonga.- [despistada] Sí… sí… ¿qué?
Felisa.- (impaciente) Te pregunto qué vas a llevar tú, de ropa, de comida…
Covadonga.- ¡Ah, pues… no sé! No lo he pensado todavía.
Felisa.- ¿Y tú, Madriguero?
(suena una señal de móvil – durante el resto de la conversación suenan de vez en cuando)
Madriguero.- Perdona, Felisa, que tengo un whatsapp…
Felisa.- (enfadada) Bueno, ya está bien, ¿¡queréis dejar de una pu…ñetera vez los móviles!?
Covadonga.- ¡Chica, no te pongas así!
Felisa.- ¡Si no me hacéis ni caso! ¿Estamos montando una acampada y no podéis separaros un momento de los malditos chats? ¿¡Así vais vosotros a aguantar tres días en el campo!? ¿Os vais a llevar también el microondas?
Madriguero.- (en tono de broma) No me parece una tontería…
Covadonga.- Lo que sí hace falta es dejar el coche cerca…
Felisa.- ¡Pues no, tíos, esa no es mi idea de una acampada! Yo voy para estar en contacto con la naturaleza, sin tener que oír todo el rato señales de móvil, motores ni nada.
Covadonga.- Pero, Felisa, ¿¡no vamos a hacer fuego con palos, no!? Chica, si existen los móviles y las cocinas de gas, es de tontos no usarlos.
Madriguero.- Es que Felisa es enemiga de la tecnología. (en tono burlón pero cariñoso) ¡Más que cavernaria es primitiva!
Felisa.- ¡Vaya acampada que me vais a dar!
Madriguero.- ¡Tú puedes acampar más arriba, con Espe, que seguro que está de acuerdo contigo!, ¿verdad, Espe?
Espelunca.- Creo que Felisa tiene razón en que hacemos mal uso de esas cosas: es una falta de respeto estar hablando por chat con otros cuando la tienes a ella delante. Y también estoy con ella en que nos vamos de acampada para librarnos, por unos días, de tantos trastos, de coches y microondas, para vivir en contacto con la naturaleza, que se nos ha olvidado, y para mirarnos a la cara nosotros mismos…
Felisa.- ¡Muy bien dicho! Así que propongo que nos dejemos los móviles en casa, y acampemos a tomar leches del coche.
Covadonga.- ¡Qué miedo! ¿No te acuerdas del año pasado, cuando tuvimos que llamar al padre de Juan, porque nos habíamos perdido?
Madriguero.- ¡Más aventura!
Felisa.- Bueno, yo me voy: ya me diréis lo que vais a llevar cada uno… si os deja tiempo el whatsapp
Madriguero.- (irónico) Oye, Felisa: no me dirás que vas a volver a tu casa en coche (risas) No, ahora en serio: no te preocupes, esta noche te cuento lo que hayamos pensado, te lo cuento por skype…
Felisa.- ¡Ok, va… (dándose cuenta del chiste) ¡Anda y que te zurzan!
Covandoga.- ¡Pero con una máquina eléctrica! (risas)



¿Qué ganamos y qué perdemos con la tecnología? El uso sistemático de instrumentos, cada vez más complejos y poderosos, nos distingue del resto de los animales, hasta el punto de que se podría definir al humano como el animal técnico. Según cuenta un mito que Platón pone en boca del sofista Protágoras, los dioses nos dieron la habilidad técnica para suplir nuestras carencias naturales. La edad moderna, y en especial desde la Ilustración para acá, identifica en parte el progreso humano con el desarrollo tecnológico.
Normalmente suponemos que la técnica es un bien, incluso un gran bien: ¿quién rechaza un adelanto técnico? Hasta los más reacios acaban haciendo uso de los nuevos aparatos. Sin embargo, la técnica no carece de consecuencias. Con la técnica somos capaces de dominarnos y destruirnos masivamente, y destruir al resto de la naturaleza. Muchos dirán que la tecnología es, en sí misma, neutral, y que el mal está en nosotros. Aun si fuera así, cabe plantearse ¿no disponemos acaso de una tecnología para la cual no tenemos la suficiente altura moral e intelectual? ¿Es sensato poner una navaja en manos de un chimpancé?

Pero hay quienes piensan que la tecnología, no solo no es un gran bien, ni siquiera algo de valor neutro, sino que la ven intrínsecamente como un mal. Según cierta visión “naturalista” o ecosófica, la tecnología nos aleja y convierte progresivamente en el enemigo de la madre naturaleza. No es, como decía el mito de Protágoras, que la técnica supla nuestras carencias, sino, al contrario, nos va haciendo más inadaptados en la medida en que hacemos uso de ella. Rousseau decía que el desarrollo de la medicina, por ejemplo, nos hace cada vez más enfermos e incapaces de defendernos.

El gran filósofo alemán del siglo XX Martin Heidegger defendió que la técnica es la muestra de que el hombre ha olvidado completamente aquello para lo que estaba realmente destinado, es decir, para pensar el don del ser, y ha cosificado a los seres. Cada vez llegamos más rápido a las cosas, cada vez las manipulamos más eficientemente, pero cada vez estamos realmente más apartados de lo que realmente significan.

¿Qué crees: es la tecnología el mayor de los bienes, el mayor de los males, o un arma que hay que usar con mucho cuidado?

Guión: Juan Antonio Negrete . Actores: Jonathan González,  Eva Romero, María Ruíz-Funes, Gema Ortiz. Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Panpsiquismo

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[Sonido de bosque y río]
Madriguero.- ¿Así que este es tu refugio, aquí es donde vienes a librarte un rato de nosotros y a estar sola?
Espelunca.- Aquí, sí, o un poco más arriba del río… Pero no estoy sola.
Madriguero.- Claro, estás contigo misma. ¡Hoy, además, estás… muy bien acompañada! (sonrisas). En serio, creía que yo era la primera persona a la que le hacías el honor de dejarle compartir tu rincón sagrado…
Espelunca.- Vengo sin gente, sí. Tú eres el primer ser que me acompaña aquí y que se sostiene en dos patas y lleva ropa (un breve silencio). Lo que quiero decir es… ¿no sientes que todo lo que te rodea está vivo y te habla?
Madriguero.- Esa es una idea muy poética. Sí: el susurro de las hojas, el murmullo del río… Una poeta como tú seguro que saca inspiración de estos ratitos. ¿Por eso vienes, verdad?
Espelunca.- No lo digo solo poéticamente, sino de manera literal. Creo y siento que todo esto se comunica conmigo. Solo hay que querer entrar en comunicación con ello…
Madriguero.- (en tono medio de burla, pero cariñosa) “¡Centralita, por favor, póngame con esa roca de ahí enfrente! – Lo siento, no se ha logrado establecer comunicación; compruebe su terminal con forma de dedos pulgar y meñique”… Perdona, era broma. Mi abuelo le habla a sus plantas… la verdad es que desde que sabemos que todo es solo un montón de moléculas, las cosas han perdido mucho encanto.
Espelunca.- Pero no tiene por qué. También nosotros “somos” (Espe resalta la palabra) un montón de moléculas. Pero no somos “solo” eso. Yo creo que el problema es que somos muy egocéntricos. Creemos que solo nosotros sentimos y tenemos importancia. Por eso tratamos de una manera tan cruel a la naturaleza. En otras culturas no es así.
Madriguero.- Espe, pero son culturas primitivas. Me gustaría que el mundo fuera como dices, pero creo que…, no te ofendas, esa es una manera infantil de ver las cosas: ¿no ves como los niños creen que sus muñecos tienen vida y les hablan? ¿De verdad crees que esa piedra, o el agua del río, entienden o sienten algo?
Espelunca.- No lo sé. Ha habido quienes decían que los negros no tenían alma, y quienes dicen, incluso, que ni siquiera nosotros sentimos, que es una ilusión del cerebro. Yo prefiero ver que todo está vivo. Quizá el bosque sufre cuando lo dañamos, y reacciona amorosamente cuando le respetamos.
Madriguero.- ¿Sí?, pues mira ahí precisamente veo acercarse un gesto de amabilidad del bosque, en forma de araña espeluznante. ¡Levanta, corre!
Espelunca.- ¡Viene a por ti, insensible! ¡Vas a pagar tu dureza de corazón! (sonrisas)


¿Hay vida y consciencia en toda la naturaleza, por ejemplo en una planta y en un río? Hoy esta pregunta nos parece absurda a la mayoría de nosotros, acostumbrados a una visión del mundo según la cual la mayor parte de las cosas en el universo son seres completamente inertes, sin vida y por supuesto sin ningún tipo de consciencia. Sin embargo, otras culturas y algunos filósofos no están de acuerdo: creen que la vida y la consciencia se extiende por todas las partes de la naturaleza. A esta cosmovisión se le puede llamar pampsiquismo (del griego ‘panta’ todo, y ‘psique’, mente).

Una de las formas consideradas más primitivas o primarias de religiosidad es el animismo: las culturas animistas creen que todos los seres, incluidos un árbol o una piedra, tienen alma, y que podemos comunicarnos con ellos mediante un lenguaje especial (la magia).

Pero el pampsiquismo no es cosa solo de “primitivos”. El que pasa por ser el primer filósofo de la historia, el griego Tales de Mileto, también afirmó que todo está vivo, porque en todo hay un principio de actividad propia. Lo expresó poéticamente diciendo que todo está lleno de démones o espíritus. También los pitagóricos y Platón (quizá tomándolo del hinduismo) veían el cosmos como un lugar vivo, tanto en el Todo como en cada una de sus partes, y creyeron que nuestras almas pueden ocupar cuerpos de otras especies animales. Precisamente por eso Pitágoras prescribió el vegetarianismo a sus discípulos.

Sin embargo, la concepción judeo-cristiana, tal como se refleja en el Génesis (primer libro de la Biblia), es muy diferente. En ella, hay un dios único, que no quiere rivales (“soy un dios celoso”, dice), y ese dios crea solo al hombre a su imagen y semejanza, poniendo a su servicio al resto de los seres de la naturaleza. En la cultura occidental ha predominado la concepción judeo-cristiana sobre el animismo antiguo, pero nunca ha dejado de haber filósofos que simpatizaban con el pampsiquismo: en el Renacimiento, por ejemplo, Cardano o Bruno; en siglos más recientes, Schopenhauer o Whitehead entre otros.

Recientemente algunos filósofos de la mente han argumentado a favor de esta extraña teoría. David Chalmers, por ejemplo, se pregunta si podemos señalar un punto de la evolución o de la complejidad de los seres en que comienza la consciencia: ¿tiene consciencia un chimpancé?, parece indudable que sí; ¿y una musaraña?, ¿y un pez?... ¿y una bacteria, que huye del peligro o persigue a su presa?; ¿y qué decir de un termostato?: también él “reacciona” a la información del entorno, al frío o al calor... Quizá la ciencia solo nos muestra el aspecto más exterior de las cosas, pero en su interior cada una, como dice el refrán, “tiene su alma en su almario”.


¿Qué opinas, es la consciencia algo exclusivo de los humanos y otros animales, o debemos atribuírsela también al bosque o al río? ¿Cambiaría esto en algo nuestra conducta para con la naturaleza?

Guión: Juan Antonio Negrete . Actores: Eva Romero, Jonathan González, Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

La ciencia.


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Primitiva.- Oye, estás segura de que esto de la guija funciona con perros.
Crisantra.- ¡Y dale! ¡Qué ya te digo que sí! Mi prima, la cubana, me lo ha explicado todo. Venga, invócalo tú otra vez, que eras su dueña.
Primitiva.- (Con voz tenebrosa) Pluuutooón, ¿estáaas ahí? ¡Mira que hueso te he traído! Ladra para manifestarte... [Silencio. De repente suena el timbre de la puerta, con gran susto de Primitiva y Crisantra].
Primitiva y Crisantra: ¡¡¡Ahhhh!!!
Primitiva.- Ay, ve a abrir.
Crisantra.- Ni hablar, yo no me muevo, ve tú.
Primitiva.- (Yendo a abrir) ¡Menuda bruja estás hecha! Deben ser Eremita y Petronilo [Ruido de pasos] (Entran Eremita y Petronilo).
Eremita.- ¡Pero bueno, qué hacéis aquí medio a oscuras¡ ¿Y ese vaso?
Crisantra.- La Primi, que echaba mucho de menos a su perro, y...
Primitiva.- ¡Esta que invoca a los espíritus! O eso dice ella, que llevamos aquí dos horas y no se ha aparecido ni una mísera pulga.
Petronilo.- Jajajaja... ¡Tiene narices! ¿Y este es el trabajo de ciencias tan difícil que teníais que hacer?
Crisantra.- ¿Qué pasa? ¡Esto también es una ciencia! Es parapsicología.
Petronilo.- Eso. Para ir al psicólogo estáis las dos.
Eremita.- ¿Pero vosotras creéis en esto?
Crisantra.- Oye, de verdad, que funciona. Yo he visto a mi prima invocar a un abuelo suyo, y te juro que el vaso se movía...
Primitiva.- A mi me hecho una vez las cartas y me dejó flipada. Sabía cosas de mi que no sabía ni yo.
Petronilo.- Sí, sabía que te lo crees todo, Primitiva.
Crisantra.- Nos lo creemos porque lo vemos, listo. Y porque todo lo que dice que va a pasar pasa.
Petronilo.- Pero eso no es ninguna ciencia, Crisantra. Los espíritus esos no se ven, y solo los oyes tú.
Crisantra.- Yo, y más gente. Además, la ciencia cree en muchas cosas que no se pueden ver. ¿O tú has visto alguna vez a la gravedad y cosas de esas dando tumbos por ahí?
Primitiva.- O los agujeros negros, o la materia oculta.
Petronilo.- Oscura, la materia oscura.
Primitiva.- Pues eso. ¿Cómo vas a verla si es oscura?
Petronilo.- Eso está demostrado matemáticamente que existe. Y los espíritus de los muertos, no.
Crisantra.- ¿Y qué? ¿Es que todo tiene que ser matemático? Además, yo tampoco veo a las matemáticas por ninguna parte. ¿Cómo vas a ver a los números, por ejemplo, si son infinitos?
Petronilo.- ¡No tienes ni idea de matemáticas! Además, las matemáticas son ideas, y las ideas no se ven. Pero se entienden, son lógicas. Y adivinar el futuro en una bola de cristal, pues no.
Eremita.- Es cierto, los científicos también predicen el futuro, pero usando la razón.
Petronilo. - Y lo demuestran con experimentos, con datos que cualquiera puede comprobar, y no solo los aprendices de brujo.
Primitiva.- Igual nosotras tenemos los sentidos más desarrollados, como los perros.
[De repente suena un aullido de perro, ladridos, etc.]
Primitiva y Crisantra.- (gritan de miedo): ¡¡¡Ahhhh!!
Petronilo.- (fingiendo entereza): ¿Qué pasa? Será el perro de los vecinos.
Crisantra.- ¡¡Los vecinos no tienen perro!! Ay. Ese es Plutón, Primi.
Petronilo.- (con un poco de miedo) Bueno, oye. Yo me voy, que tengo que acabar el trabajo. Ahí os quedáis con vuestros espectros.
Eremita.- (con sorna). ¿Te acompaño al portal, Petronilo?
Primitiva.- (muerta de miedo) O...oye, y si mejor te quedas y estudiamos todos juntos
[Se oye otra vez al perro]


¿Qué es y qué no es ciencia? Hasta los años 60 del pasado siglo, los filósofos de la ciencia parecían contar con un criterio claro de demarcación. La ciencia fundaba su objetividad en la observación rigurosa y en la precisión de los modelos matemáticos que usaban los científicos para explicar el mundo. Desde entonces, esta concepción de la ciencia ha sufrido sucesivas crisis.

En primer lugar, se puso en cuestión la pretendida objetividad de los datos. Los experimentos no muestran el mundo tal como es, sino tal como lo interpreta el científico en función de conocimientos e intereses previos. En segundo lugar, se demostró que las teorías científicas, aun con todo su aparato matemático, carecían de una estructura lógica definible, además de asumir términos imposibles de demostrar, y a los que había que considerar como axiomas.

A la vez, filósofos como T.S Kuhn, y muchos otros, revelaron que el conocimiento científico obedecía a construcciones históricas en las que el papel de las creencias sobre el mundo, los valores, o el lenguaje, además de las prácticas e intereses de la comunidad científica, constituían elementos determinantes. Según Kuhn, más que descubrir el mundo, pareciera que la ciencia lo construyera y reconstruyera de distinto modo en cada época.

En los últimos decenios se ha insistido en el componente social de la ciencia. Las teorías científicas, y la legitimidad de la que gozan, serían, en gran parte, un producto ideológico ligado a creencias e intereses sociales o políticos. De otro lado, decidir qué es y no es ciencia parece haberse reducido a criterios puramente pragmáticos. De aquí la afirmación de filósofos como Quine, para quien la telepatía o la videncia tendrían que ser calificadas de ciencias en el hipotético caso de que sus predicciones tuvieran el mismo éxito que las de la física o la biología. En el extremo, pensadores como P. Feyerabend han defendido que en ciencia “todo vale”, apostando por un pluralismo metodológico sin restricciones previas, con tal de que contribuyese a explorar hipótesis nuevas. Ahora bien, pese a todos estas consideraciones, la mayoría de los científicos y filósofos siguen confiando en la verificabilidad (o falsabilidad) experimental como el criterio más fiable para determinar lo que es y no es ciencia.

¿Qué pensáis? ¿Tiene el mismo valor el saber del médico o el físico, que el del curandero o el espiritista? ¿Por qué?

Guión: Víctor Bermúdez . Actores: Jonathan González,  Eva Romero, María Ruíz-Funes, Gema Ortiz. Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.


Alienación.

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[Suena el timbre de vuelta a clase].
Petronilo.- Puf! Ya toca el timbre.
Primitiva.- ¿Y ahora qué toca?...
Petronilo: Toca obedecer, así que andando para clase.
Crisantra.- Al menos haremos algo, llevamos aquí tocándonos las narices todo el recreo.
Petronilo.- ¿Y qué quieres? Después del examen de tecnología aplicada me he quedado como tonto. Si quieres te repito la teoría de las neuronas. Es lo único que tengo en la cabeza.
Eremita.- (Pícara) Oye. ¿Por qué no nos vamos a tocar la guitarra junto al río?
Crisantra.- Sí, claro, y que nos pongan falta. Además, el de Biotecnología técnica va a dar las claves para el examen de mañana.
Primitiva.- Yo tuve un seis con setenta y siete en ese examen, me hace falta un catorce con trece para estar entre los dos primeros. Por cierto, Cris, a ver si me echas una mano.
Crisantra.- I´m sorry, guapa. Tengo que preparar la prueba optativa de Autoprogramación psicológica. Si no, no entro en Publicidad y Ciencias Políticas.
Eremita.- ¿Y tu, Petronilo? ¿Te apetece venir al río como las personas?
Petronilo.- Buf. Eremita. Me encantaría. Pero es que ahora tengo Química de las relaciones afectivas, y al profe le afecta mucho si no voy.
Eremita.- ¿¡Y no prefieres practicar lo de la química conmigo, merluzo!?
Primitiva.- Pregúntaselo al profe, Petronilo. Igual te da puntos.
Eremita.- ¿Pero bueno, os habéis vuelto locos o qué? Parecéis máquinas de empollar. ¿Sólo os interesan los puntos y los exámenes?
Crisantra.- ¿Y a ti no? ¿Cómo vas a ser alguien en la vida si no sacas nota?
Eremita.- ¿Y tú? ¿Cómo vas a notar que estas viva siendo así de zombi?
Crisantra.- ¡Hago lo que tengo que hacer!... Ay, Eremita. Me sacas de mis casillas con tus cosas.
Eremita.- Eres tú la que está siempre fuera de tus casillas, Crisantra. Tú y todos. Casi nunca hacemos lo que queremos, sino lo que nos mandan otros.
Crisantra.- Queremos ser unos triunfadores
Primitiva.- Y tener un buen curro, tú. Que no está la cosa para irse al río a tocar la guitarra.
Eremita.- ¿Un buen curro? Cuando trabajéis estaréis igual de vendidos. Solo vais a hacer lo que le interese al jefe, o a los clientes. Lo que sea rentable, vaya.
Petronilo.- Pero eso es trabajar, Eremita. A casi nadie le gusta. Para hacer lo que quieres ya tienes el tiempo libre.
Eremita.- Pero al trabajo es a lo que dedicas casi toda tu vida, Petronilo. Además, la gente es igual de zombi en el tiempo libre. No hace más que consumir lo que la publicidad dice que mola consumir, o ver la tele como borregos.
Primitiva.- Bueno, tía. No exageres. Mira, el viernes, cuando acabe la revalida, nos vamos al botellón del parque, ese donde va todo el mundo. Verás que bien lo pasamos.
Eremita.- No tenéis arreglo. ¿Y no preferiríais pasarlo bien todos los días? ¿No estamos en este mundo para eso? ¿Lo habéis pensado alguna vez?
Petronilo.- Uy, eso me recuerda que el lunes tenemos examen de filosofía.
Todos (menos Eremita).- ¡¡¡¡Aggghhh!!!!



Como suele decirse, el hombre no nace, sino que se hace. Y se hace fundamentalmente a través de su trabajo, que es su hacer principal. Cuando no conocemos a alguien la pregunta típica es: "¿Y tú qué eres?" Todo el mundo entiende que se pregunta por la profesión o actividad principal. "Yo soy médico, jardinero, estudiante..."... El trabajo no solo proporciona autonomía económica, también, y sobre todo, nos dota de identidad. Con el trabajo desarrollamos nuestras capacidades humanas, nos expresamos y nos proyectamos socialmente. El filósofo alemán Karl Marx, y antes Hegel [jigel], afirmaban que el ser humano se reconoce en el mundo, y se apropia de sí mismo, a través de aquello que produce. O, en otras palabras, dando al mundo, a través de su trabajo, la forma de su subjetividad, de sus deseos y proyectos.

Sin embargo, el trabajo no cumple habitualmente con estas expectativas. A menudo, el trabajador desempeña tareas mecánicas, con una finalidad puramente mercantil y ajena a sus intereses y verdaderos deseos. En la mayoría de los casos, el trabajador no decide, ni planifica su tarea. Ni siquiera es el dueño de aquello que produce. La consecuencia es que aquello que hace le resulta “ajeno”. Según Marx, esto provoca en el trabajador un efecto de “enajenamiento” o “alienación”. La persona no está en lo que hace, no se reconoce en su trabajo, por lo que acaba por sentirse como un extraño para sí mismo. De otro lado, en la economía industrial el trabajo se concibe como una mercancía más sujeta al mercado, lo que, al decir de los pensadores marxistas, produce un efecto de “cosificación” o “deshumanización” en el trabajador.

Algunos pedagogos consideran que el sistema educativo estandarizado en Occidente reproduce la misma actividad alienante o deshumanizadora que el trabajo en las fábricas. Así, en la escuela, los alumnos son obligados, a golpe de sirena, y en aulas parecidas a talleres industriales, a desempeñar tareas programadas previamente, ajenas a sus intereses y deseos, y cuya finalidad principal es producir trabajadores para el mercado. Este modelo educativo, obsesionado con los resultados y en el que se fomenta la especialización y la competencia, produciría, sin duda, trabajadores competentes, pero al precio de olvidar aquellos aspectos de la educación que favorecen el desarrollo emocional y moral, la solidaridad, la reflexión o la consciencia crítica.

¿Qué opinas tú? ¿Es el trabajo que desempeñamos, o la educación que reciben nuestros hijos, una actividad fundamentalmente alienante y deshumanizadora?

Guión: Víctor Bermúdez . Actores: Jonathan González,  Eva Romero, María Ruíz-Funes, Gema Ortiz. Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.