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Espe.- ¡Hola, Covagonda!, ¡chica, qué feliz se te ve!
Madriguero.- ¡Feliz como una perdiz! Es verdad, contagias alegría.
Covadonga.- ¡Sí, estoy requetecontenta! ¡Me han cogido en la facultad de Publicidad!
Espe.- ¡Enhorabuena!
Madriguero.- (irónico) ¡Ah, muy bonito!, ¡enhorabuena, claro!
Covandoga.- ¿Te parece mal?
Espe.- No le hagas caso, Cova: es envidia. ¡Como él está amargado!
Madriguero.- ¡Qué va, estoy muy contento, aunque no lo parezca: es que soy así de feo…! ¿Entonces, Cova, el día de mañana vas a dedicarte a convencernos de que compremos lo que no necesitemos a un precio que no lo vale?
Covadonga.- ¿¡Qué dices!?
Madriguero.- ¡Venga, doña marketing, convénceme de que no es así, a ver si es verdad que vales para el engatusamiento!
Espe.- ¡No seas malo, Madriguero!, ¿es que no puedes respetar un momento de alegría?
Covadonga.- La publicidad, entérate, consiste en convencer de lo bueno de las cosas, en saber mostrarlas con su mejor cara.
Madriguero.- ¡Sí, y los abogados se dedican a buscar la justicia, y la civilización humana viene de Marte!, ¿¡no te digo!? La publicidad es el arte de hacer parecer lo que no es.
Espe.- ¿Quieres decir que toda publicidad es mentira?
Madriguero.- Toda, de los pies a la cabeza. Es como los cosméticos, esos que os hacen llevar a las chicas: disfrazar con colores lo feo… yo prefiero mi fealdad natural…, (zalamero) o la belleza natural, Espe, como la tuya… (sonrisas)
Espe.- Entonces, si quiero anunciar que esta tarde mi grupo toca en la plaza de la Higuera, ¿cómo lo hago, sin mentir?
Covadonga.- O tú mismo, que siempre estás lanzando mítines, cuando quieres convencer a la gente, ¿estás mintiendo? Yo creo que no: simplemente estás exponiendo lo mejor que puedes tus ideas. No te digo que no haya gente que haga mal uso de la publicidad, como en todos los trabajos…
Madriguero.- Una cosa es argumentar y otra el embaucamiento, Cova, todos sabemos para qué sirve la publicidad: es el principal gasto de todas las empresas.
Espe.- ¿Y cómo sería decir la verdad, sin publicidad?
Madriguero.- Bueno, en realidad yo creo algo mucho más fuerte, que seguramente no os convencerá: la verdad no existe. Existe tu verdad, la mía, la de Covadonga… Pero nos dominan los que tienen más labia. La única manera de escapar es en el arte… ¿os he dicho que me han cogido en la Escuela de Arte?
Espe.- ¡Enhorabuena, chico! Entonces, si no existe la verdad, con mayúsculas, todo es publicidad, ¿no? ¡Jo, yo quiero estudiar lo que mismo que Cova, el arte de hablar de todo!
Covadonga.- Pues a mí no me has conseguido embaucar, Madriguero… así que rectifica a tiempo y matricúlate conmigo, ¡y con Espe!
Madriguero.- Espe quiere estudiar filosofía, ya lo sabes. Aunque, en el fondo, es lo mismo que lo que vas a hacer tú…
Espe.- Sí, pero en versión “muerta de hambre”, jaja. Espero que me sirva, por lo menos, para ver cómo te contradices.
Madriguero.- ¿Me contradigo?
Espe.- Todo el rato. Resulta que hay que distinguir la verdad de la mentira, pero luego resulta que la verdad no existe. Pero resulta también que esa es tu gran verdad: que la verdad no existe. ¿Así quieres engatusar a alguien? ¡Puede ser, siendo tan artista como eres!
Covadonga.- ¡Tú sí que tienes labia, Espe!, ¡en publicidad serías una crack! ¡Y estudiaríamos juntas!, ¡piénsatelo! (risas)



¿Es, el arte de decir las cosas de manera convincente y atractiva, el mismo que el de decir la verdad? ¿O es el marketing la técnica de la mentira convincente? Platón se pasó la vida, como su maestro Sócrates, denunciando a los sofistas, intelectuales que, en la época de la democracia de Atenas, practicaban y enseñaban las mañas de convencer mediante la palabra, es decir, la retórica. Si hubieran vivido hoy, quizás algunos de ellos serían maestros de la publicidad. Platón sostenía que ese arte de la retórica es completamente distinta de la ciencia: no busca la verdad, sino la apariencia de verdad, o verosimilitud, y, por eso, solo sirve para convencer a los ignorantes. En realidad, pensaba Platón, la democracia es una especie de mercadillo de ideas, donde los más hábiles con la palabra conducen a la masa ocultando sus verdaderos y egoístas intereses: la democracia es demagogia.

Pero ¿es posible distinguir la verdad de la verosimilitud? ¿No llamaremos “verdad” simplemente a aquello que nos parece más verosímil a cada uno? De hecho, algunos sofistas defendieron que no hay, o no podemos saber si hay, verdades objetivas, sino que, como decía Protágoras, “el hombre es la medida de todas las cosas”. En los últimos tiempos ha habido filósofos que han defendido algo parecido. Nietzsche, por ejemplo, argumentó que nadie tiene acceso a la supuesta verdad absoluta, sino que cada uno tenemos nuestra perspectiva, perspectiva que depende, además, de nuestros intereses vitales: creemos lo que queremos creer, digamos, de modo que la verdad no es más que la mentira que nos resulta conveniente. También un filósofo americano reciente, Richard Rorty, ha defendido que la verdad es un término noble con el que sancionamos nuestras propias convicciones y excluimos las de otros. Por ejemplo, los europeos occidentales creemos que la verdad es lo que dice la tecno-ciencia, y creemos falsos los mitos indígenas, pero si intentamos demostrar la superioridad de nuestra verdad, caemos en un círculo: no hay una verdad superior a las otras. La democracia consistiría, de hecho, en que nadie posee la verdad, así que todo se reduce a un juego de verosimilitudes retóricas.

¿Es, entonces, el mundo cuestión de publicidad?, ¿vivimos en una “sociedad del espectáculo”, donde lo real es lo mismo que lo que consigue convencer o, incluso, salir por televisión? ¿Tenía razón Poncio Pilatos cuando preguntó retóricamente a Cristo, “la verdad, ¿qué es la verdad?”?


Guión: Juan Antonio Negrete . Actores: Jonathan González,  Eva Romero, Laura Casado. Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

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