Estoicos y epicúreos


[Suenan tambores, flautas, cánticos alegres que se alejan. A continuación un sonido de llamar a un portón, con golpes o con alguna campanilla. Se abre en seguida la puerta, sin esperar ni un segundo]

Petrus Petreo (con voz pétrea y enérgica): Soy Petrus el estoico. ¿Por qué razón habéis llamado?
Eirene (relajada): ¡Salud y alegría, amigo! Soy Eirene la epicúrea, y esta es mi amiga Parsimonia.
Petrús: ¿Y qué hacéis en mi puerta, tan lejos de vuestro epicúreo jardín?
Eirene: ¿Tu puerta? ¿Acaso eres portero?
Petrús: Sí, de la virtud. (melancólico) De la que me temo, ay, que siempre estoy a las puertas.
Eirene: ¡Pues no sufras más! ¡Hemos venido a salvarte de tus temores!
Petrus (con sorna e indiferencia): ¿Vosotras vais a hacerme virtuoso?
Eirene: Sí y no. Vamos a hacer que recuperes la cordura.
Petrús: Bien. Aunque no recordaba haberla perdido.
Parsimonia (muy lenta): La perdiste, hermano, desde el día en que fiaste la salud y el bienestar de tu alma a esa quimera que llamas “virtud”.
Petrús: ¿Salud del alma? ¿Bienestar? Hablas como uno de esos terapeutas baratos del futuro. Yo no quiero estar bien, sino ser bueno, y solo siendo bueno podré estar bien.
Eirene: ¿Y qué le falta al simple estar bien para ser lo mismo que ser bueno?
Petrus: Le falta lo bueno mismo, amiga. El bienestar que cultiváis en vuestro jardín no es propio de hombres, sino de animales; no es ni bueno ni malo, sino, tan solo... lo que os pide el cuerpo.
Eirene: Dices mal, hermano. Es cierto que todos los cuerpos vivos buscamos placer y bienestar. Pero solo nosotros, los cuerpos humanos, poseemos la virtud de moderar ese ansia de placer que nos inquieta y encontrar placer en la quietud del que poco ansía.
Parsimonia (con deseos de intervenir): ¡Y qué decir, amiga Eirene, de ese placido y bien calculado gozo que solo el alma humana es capaz de degustar y que...!
Petrus: (Interrumpiendo a Parsimonia) ¿Os atrevéis a hablar de virtud en medio de vuestras florituras filosóficas?
Eirene: Sí, Petrus. Pero para nosotros la virtud es un medio, no un fin en sí mismo como lo es para vosotros los estoicos.
Petrus: ¿Y para qué es un medio vuestra “virtud”? Si no lo es para saciar vuestro impulso animal en pos del placer – por muy refinado que sea – , lo es para el supremo placer, según decís, de no desear nada. La virtud epicúrea no tiene otro fin que el de los muertos: descansar en paz. Vuestro jardín, queridas, es un cementerio.
Eirene: ¿Y vuestra trabajosa virtud, qué mérito tiene? ¿No está escrito en el libro del destino que mi amiga Parsimonia, por ejemplo, toque mejor que yo la siringa, o que yo sea más voluntariosa que ella en la lectura de libros?
Petrus (con sorna): ¿Cómo? ¿No es por puro placer por lo que leéis esas cosas tan inquietantes que son los libros?
Eirene: No te me escurras, amigo. Te preguntaba por la libertad. ¿Cómo se puede ser bueno o malo en un mundo donde todo está previsto por la sabia Naturaleza?
Petrus: Esa pregunta es típica de los que confundís la libertad con el volantazo de un átomo estrábico. Para los estoicos, amigas, la virtud no es elegir lo que ha de ocurrir como quien lanza un dado en el vacío, sino comprender la razón de lo que ocurre y someterse razonablemente a ella.
Eirene: ¿Ser libre y bueno es, entonces, obedecer, ciegamente, lo que la razón, sin remedio, dictamina?
Petrus: El hombre que obedece, lúcida y no ciegamente, a la razón, obedece lo más digno y propio de sí mismo.
Parsimonia: ¿Y la mujer?
Petrus: Y la mujer, y el extranjero, y el esclavo... Todo hombre que deja de ser niño es igualmente racional y capaz de aspirar a la virtud.
Parsimonia: ¡Y dale con la virtud! ¡Qué obsesión la tuya! Con lo fácil que es estar, simplemente, contento...
Petrus: ¿Qué hombre que esté despierto se contenta con vuestra infantil arcadia? [Altisonante] ¡La vida es una heroica aventura en pos del conocimiento y la justicia! ¡¡Un día... comprenderé la necesidad y la razón de todo, hasta tal punto que me sepa uno y lo mismo con el cosmos!!
Eirene: ¡Ay, amigo, admiro tu firmeza y buenos propósitos! Pero todo eso no es más que una quimera.
Petrús: Prefiero vivir por ella, sin sosiego, que vivir sosegado sin quimera que me queme. Creo que sois gente inteligente y, por eso, desesperada. Vuestra vida carece de sentido. Una droga que os sosegara dulce y constantemente os bastaría para llenarla. Mientras la halláis, os limitáis a cantar como cigarras, a hacer tiempo antes de que, al fin, el tiempo del todo os deshaga.
Eriene: Tu discurso está poseído por una terrible pasión humana: la del querer ser lo que no es.... Pero has de saber, querido amigo, que no nos espera ningún fin, ni nos alienta ningún supremo deber. Ambas cosas, fines y deberes, las hemos inventado para sortear el pánico a la muerte y a la futilidad de la vida. El único deber que de verdad merece serlo es el de vivir lo más placenteramente posible el tiempo que el azar y los hados nos dejen. Vente, pues, con nosotras, y vence, de verdad, toda pasión inútil...

Acabas de oír, enfrentadas, dos concepciones de cómo ha de ser la vida humana: la de Petrus el estoico, y la de Eirene y Parsimonia, las epicúreas. ¿Con cuál de las dos te identificas?


Guión: Víctor Bermúdez . Actores:  Eva Romero, Laura Casado, Víctor Bermúdez. Voces: Chus García y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Platon y Aristóteles se encuentran en el limbo.

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P.- Hola, viejo alumno.
A.- Hola, maestro siempre joven.
P.- He oído que defiendes una teoría diferente a la mía, y que reniegas de mis ideas sobre el mundo de las ideas.
A.- Sí, maestro, lo siento. Hago caso a mi mente.
P.- Me parece muy bien. Eso demuestra que eres sabio, o llegarás a serlo. Y ¿qué pegas le encuentras a lo que pienso? ¿No estás de acuerdo con que hay Ideas, inmutables y universales, que no son fenómenos físicos?
A.- No es eso, maestro. Estoy del todo de acuerdo contigo en que los materialistas se equivocan, y no nos dicen de dónde salen las ideas. La materia es informe, sin ninguna característica propia, así que no puede darse a sí misma las formas que adopta a cada rato.
P.- Muy bien, ¿entonces?
A.- Pero creo que quizás tú cometes el error contrario, al negar completamente lo material. ¿No dices que este mundo es sólo una ilusión, un reflejo, un sueño?
P.- Eso es. El mundo material es irracional, porque cambia, es y no es lo mismo a cada rato.
A.- Pero existe, creo yo. Tú no nos has explicado nunca cómo se produce esa ilusión.
P.- Es una caída del alma, un olvido de la verdad.
A.- Y ¿por qué se olvidó el alma? Si todo fuese perfecto, como dices, no se produciría esa ilusión. Yo creo que el mundo no es una ilusión, sino algo real. Para explicar el cambio, creo yo, hay que aceptar que existen, por una parte, las ideas o formas, como las llamo, pero también algo mutable, como la materia, que coge unas formas y suelta otras. Tú tienes razón en que la forma es lo más importante, pero te equivocas, creo, en que las formas son cosas, y existen separadas de la materia. Corrígeme si estoy equivocado, maestro.
P.- Muchacho, siempre creí que tendrías tu propio pensamiento. Quizás tienes razón en lo que dices. Pero, dime: ¿las formas no existen, pues?
A.- No, no de manera independiente. Son aspectos de las cosas.
P.- O sea, que el círculo no existe fuera de los objetos circulares.
A.- Bueno, está también en la mente, cuando lo separamos de la materia, por abstracción.
P.- ¿Y la mente si existe, es algo real?
A.- La mente es, también ella, un aspecto de ciertos seres, los vivos y los inteligentes. Pero no es una cosa independiente por sí misma, es también una forma.
P.- Muy bien. Entonces, si desapareciesen los objetos físicos, y las mentes que piensan, ¿el círculo dejaría de ser lo que es, según tú?
A.- El mundo nunca va a dejar de existir, porque nada puede destruirlo, ya que su movimiento circular es perfecto.
P.- Aunque fuese así, creo que puede imaginarse que desapareciese, o no hubiese existido. ¿Qué pasaría entonces con el círculo?
A.- Bueno, aún estaría en la mente.
P.- ¿En cual, si las mentes son formas de los cuerpos?
A.- Es que hay por lo menos una mente que no es forma de un cuerpo, la del Dios. Ahí siempre estarán las formas.
P.- ¿Y qué diferencia ves entre esa Mente Divina de la que hablas y mi Mundo de las Ideas?
A.- Quiero decir que las ideas no son objetos fuera de la Mente.




Una de las discusiones más abstractas de las que han ocupado y ocupan a los filósofos es el llamado “problema de los universales”: ¿qué pasa con las ideas que, como las de las matemáticas, por ejemplo, tienen un valor universal e intemporal? El gran filósofo griego Platón defendió que las ideas existen por sí mismas, independientemente del mundo físico. Según él, las ideas tendrían más realidad que el mundo material, que es más bien un sueño o, a lo sumo, una copia, nunca perfecta, del mundo de las ideas. Sin embargo, ya a su gran alumno Aristóteles no le convenció el “realismo” de su maestro acerca de las ideas. Con los pies más en el suelo, como diríamos hoy, Aristóteles se negaba a aceptar un mundo ideal independiente de este en que vivimos: según él las ideas solo son separadas por el pensamiento, en lo que llamamos “abstracción”. En el famoso cuadro de Rafael, La escuela de Atenas, Platón y Aristóteles ocupan el centro: pero mientras Platón, viejo, barbudo y algo menor de estatura, señala con su dedo hacia el cielo, Aristóteles, más joven y esbelto, le señala hacia la tierra. En estos dos gestos se resumen dos maneras muy diferentes de ver la realidad.


¿Qué piensas de este problema? ¿Crees que existen objetos ideales, o que todo es físico y las ideas son solo creaciones mentales?

Guión: Juan Antonio Negrete. Actores: Jonathan González y Víctor Bermúdez. Voces: Jonathan González y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.


El sentido de la vida


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Primitiva - (Cabreada)... Venga, no me digas... No sólo estás todo el día encerrada en el Instituto estudiando como una enana, sino que encima viene el de filosofía y dice que nada tiene sentido y que qué hacemos aquí... ¡Pues que lo digan antes y no venimos!
Eremita -. Lo que este quiere es que pensemos. Que lo de filosofía es de pensar, vamos.
Primi -. Sí, de pensar en la hora de salir, no te j...
Eremita -. (cortante) Pues no vengas tía.
Primi-. ¡Tú también con ese rollo! En la vida ha visto un profesor que te diga que no vengas si no quieres. ¡Pues que no venga él...!
Eremita -. O sea que en el fondo sí quieres venir...
Primi-. ¡J..., yo vengo porque tengo que venir. Porque si no mis padres pasan de mí..! Mira, yo aguanto aquí este año, y después me piro con mis colegas y nos montamos un chiringuito en Ibiza o algún sitio así. ¡Y vais a flipar! No veas. Pelas a mogollón. ¡Y de fiesta por las noches! ¡Playita, tíos buenos...! Jajaja...
Eremita.- Eres más simple que una persiana. ¿Vas a pasarte la vida de fiesta en fiesta? ¡Menudo rollo!
Primi- Ay, perdona. No me acordaba que estoy ante la próximo premio nobel de todas las ciencias. ¿Y qué vas a hacer tú con tu vida, querida Eremita? ¿Escribir novelas? ¿Investigar la vida sexual de los caracoles? ¡Pues yo prefiero comérmelos!
Eremita. - No sé, Primi... (soñadora) A mi me gustaría levantarme todas las mañanas con la ilusión de hacer algo realmente valioso, y no pensando que me espera un trabajo rutinario y esperando que llegue la noche o el fin de semana ... Mira, leí una vez una frase, algo así como: “vivir no merece la pena, si no hay algo por lo que estés dispuesto a morir”.
Primi.- ¡Quiá!... Eso es un rollo. Lo que hay que hacer es vivir a tope el momento y pasar de comerse el tarro. ¡Para cuatro días que vamos a estar aquí!
Eremita.- Pero no te entiendo. ¿Vivir a tope es ir sin ganas al Instituto o al trabajo, mirar la tele y estar de marcha todos los viernes con los colegas? ¿Así, un año tras otro...? ¿Crees que cuando tengas cuarenta años no vas a pensar que has desperdiciado tu vida, haciendo siempre las mismas cosas?
Primi.- Bueno, también pienso tener mi familia, ojo. ¿Es que eso no es suficiente?
Ere.- Para mí, no. Mucha gente tiene familia porque todo el mundo la tiene, por no estar sólo. O yo qué sé. Para que sus hijos tengan hijos y así una y otra vez, como hormiguitas, todos por el mismo camino...¡¡Eso no tiene sentido!!
Primi.- ¿Y lo que tú quieres hacer sí? ¿Para qué te vas a complicar la vida, Eremita, si te vas a morir igual! Bueno, igual le ponen tu nombre a una calle, pero de qué te sirve una vez muerta...
Ere.- ... Mira, ahí viene la Crisantra.
Crisantra.- Hola chicos, ¿de qué habláis, que os veía discutir desde lejos?
Primi.- ¡Del sentido de la vida, jaja!
Cris.- Hala, sí que os ha dado fuerte la filosofía, ¿no?
Crisantra.- Esta, que no sabe qué hacer con su triste existencia.
Ere.- De triste nada, melón... Hablaba de saber qué sentido tiene lo que hacemos, estudiar y todo eso. Y de qué me gustaría encontrar algo por lo que luchar y que diera significado a mi vida...
Cris.- Yo ya he decidido que voy a hacer medicina. Mi hermana ya ha empezado y dice qué es superduro pero mola tía, salvar a los demás y todo eso.
Ere.- Ya pero, ¿para qué? Al final van a morir también.
Cris.- Sí tía, pero los médicos cada vez saben más cosas. Y además yo quiero ayudar a los demás. Yo creo que sería feliz así...
Primi.- ¿Feliz? Vas a estar todo el día con enfermos deprimidos, rodeada de sangre y de gente gritando... Y además, como dice ésta, al final todo el mundo se muere.
Cris.- Sí, pero gracias a mi van a sufrir menos, y a vivir más. Los médicos son más necesarios que cualquier otra cosa. Además, la mayoría son buenísimas personas, y con mucha experiencia. Mi tío es médico jubilado y cuenta historias superbonitas; yo hasta lloro a veces...
Primi.- (Con ironía) Tía, qué buena vas a ser. Seguro que vas al cielo.
Cris.- Eso no lo sé. Pero si sé que Dios me ha puesto en este mundo para hacer el bien a los demás.
Primi.- Sí, hombre, que Dios está ahí arriba organizándolo todo desde su oficina... ¿Y eso como lo sabes?
Cris.- Ya estamos. No todo tiene explicación, Primi. Con estas cosas o se tiene fe o no. Y punto.
Primi.- Vale, pues yo no me creo esos rollos de curas. Paso.
Ere.- (Un poco cabreada) ¿Y por qué sigues aquí y no pasas de hablar con nosotras? ¿No dices que pasas de todo?... Pues venga...
Primi.- Bueno, tía, no te sulfures. ¿Qué pasa, que tu también le das al incienso y al agua bendita?
Ere.- No. Yo tampoco creo mucho en Dios. Y eso de que hizo el mundo en siete días, y que si el hijo crucificado, y la virgen... Buf. A mi al menos no me entra en la cabeza...Pero yo también creo, como Cris, que tengo que estar aquí para algo. Qué todo esto tiene algún sentido. El de filosofía dice que todo tiene que tener alguna explicación lógica.
Cris.- ¿Sí? ¿Cuál? Explícamela, anda.
Primi.- Macho, estáis flipando las dos. O sea: no me puedo creer que estéis teniendo esta conversación. Que no...


En el diálogo se muestran tres actitudes distintas ante el problema del sentido de la vida. La indiferencia ante el problema, la religión, y la búsqueda de una explicación racional. ¿Cuál crees tú que es el sentido de nuestra vida?

Guión: Víctor Bermúdez . Actores:  Eva Romero, María Ruíz-Funes, Laura Casado. Voces: Chus García y Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

El aborto


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Covandoga.- Espe, ¿puedo hablar contigo?
Espelunca.- ¡Claro! ¿Oye, Cova, qué te pasa? No tienes buena cara.
Cova.- Tía, no me viene la regla…
Espe.- ¿Qué? Y… ¿puedes…?
Cova.- Sí… puede que sí, he estado con un chico…
Espe.- Bueno… no te preocupes, es muy difícil… ¿lo has hecho varias veces, sin condón?
Cova.- Sí. Y ahora estoy cagada de miedo.
Espe.- Te entiendo.
Cova.- ¿¡Qué hago!?
Espe.- Puf, no sé, no tengo ni idea, tendría que pensarlo. ¿Por qué no se lo cuentas a tus padres?
Cova.- ¡No! ¡No!
Espe.- Pero si parecen comprensivos…
Cova.- Sí, pero son muy creyentes. Además, nunca he hablado con ellos de esto… bueno, una vez con mi madre, pero me dio mucho corte, y a ella más. ¿Y si estoy embarazada?
Espe.- No te preocupes, todo tiene alguna solución. En el peor de los casos siempre puedes abortar. Creo que ni tienes que contárselo a tus padres, si crees que puede ser muy chungo.
Cova.- No, no… yo sí que se lo contaría...
Espe.- ¡Claro!: aunque al principio se mosquéen, luego te ayudaríanaena.
Cova.- A lo mejor, pero les hago una buena faena...
Espe.- Sí, bueno, pero estamos hablando de ti, no de ellos. Además, a algunos creyentes no les importa decir una cosa y hacer otra llegado el caso…
Cova.- Lo que pasa es que… yo también he dicho siempre que el aborto es un crimen.
Espe.- Ya…
Cova.- ¿Tú qué crees?
Espe.- Uf, no lo tengo nada claro. Lo que está claro es que para ti, ahora, tener un hijo es el peor negocio, ¿no?
Cova.- ¡Hombre, claro! Pero ¿y si el resto de mi vida me la paso pensando que maté a mi hijo?
Espe.- Te entiendo. Un amigo mío dice que un embrión no es una persona, igual que una bellota no es una encina. Un embrión no piensa, no tiene conciencia. Así que te lo puedes quitar como te quitas una espinilla.
Cova.- ¡Pero es un ser vivo!
Espe.- ¿Y qué? También es un ser vivo el pollo que te vas a comer hoy. Lo importante es si es una persona o no…
Cova.- Y eso ¿quién lo dice? ¡tampoco las personas que están en coma piensan, y siguen siendo personas! Leí una vez que algunas civilizaciones creían que uno no es persona hasta que no se le aceptaba en la sociedad, y se cargaban a los niños bastardos, por ejemplo. ¿Eso no es una barbaridad?
Espe.- Desde luego, por lo menos para mí. Pero yo creo que un feto de unos días o semanas no se parece en nada a un niño, bueno, en muy poco. Se parece más a un ratón.
Cova.- ¿Qué dices? ¡Tiene todos los órganos, aunque poco desarrollados! Además, si le dejas, desde el primer día, se convertirá en un ser humano. ¡Imagínate que te hubiesen abortado a ti, cuando tenías un día en el vientre!
Espe.- Cova, pero también me puedo imaginar que no hubiese nacido porque mis padres hubiesen hecho lo que debías haber hecho tú, o sea, tomar precauciones, cuando te acostaste con…
Cova.- Ha sido… con… Rama, mi amigo indio, el que estuvo en mi casa.
Espe.- Tienes buen gusto. Oye ¿le has dicho a él algo?
Cova.- No, tía, hasta que no lo tenga claro… ¡está en su país! Pero es un chico muy responsable, no sé qué diría… Creo que en su religión son contrarios al aborto, también.
Espe.- Pues eso, lo que te decía, que si se hubiesen puesto condón mis padres, yo no estaría aquí, ¿eso quiere decir que ponerse un condón es asesinar a millones de personas, los espermatozoides y el óvulo?
Cova.- No, claro. ¡Menudo lío! Felisa dice que ella no lo dudaría: abortaría y punto. Yo no sé…
Espe.- No te preocupes, que seguro que es que no estás.
Cova.- Pues tengo otros síntomas, porque llevo dos días o tres que me dan mareos, y me noto… distinta.
Espe.- ¡Jo! La verdad es que estás en un buen lío. Cuenta con mi ayuda en todo lo que necesites. ¿Por qué no vamos al médico? ¿Por qué no se lo dices a tu madre?
Cova.- Sí, creo que voy a hacer eso… a ver si tengo valor. ¡Ahora es una de esas veces que me gustaría oír buenos consejos!


El aborto es uno de los problemas prácticos más debatidos en la ética y la política moderna. La lucha por su despenalización es vista por la mayoría de sus defensores como un factor esencial en la liberación de la mujer mediante el control de su propio cuerpo y de su maternidad, que le ha venido impuesta a lo largo de la tradición. En todos los países occidentales se ha ido caminando progresivamente hacia una cada vez mayor despenalización.

Los contrarios al aborto, a menudo inspirados en religiones (pero no siempre ni necesariamente), argumentan que el aborto no involucra solo a la madre, sino también al hijo. El problema que habría que resolver, dicen, es el de si un feto (o un embrión incluso) es un ser humano o no. Si lo es, parece que su derecho a la vida tendría que ser protegido. Frente a esto, los partidarios de la despenalización del aborto pueden argumentar dos cosas: primero, que es irrazonable considerar persona a un conjunto de células, por más que alguna vez puedan llegar a constituir un auténtico ser humano; segundo, que en cualquier caso no puede ser responsabilidad de la madre gestar a un individuo que ella no desea.

¿Qué pensáis de este polémico tema?



Guión: Juan Antonio Negrete. Actores: Eva Romero, Laura Casado. Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Wittgenstein

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La última y célebre frase del libro Tractatus lógico-philosophicus, escrito por quien, para muchos, fue el mayor filósofo del siglo XX, Ludwig Wittgenstein dice así: “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”… ¿Cuáles son, según Wittgenstein, esas cosas de las que no se puede hablar? ¿Cómo es que no se puede de eso?

Según Wittgenstein, las cosas de las que no se puede hablar son precisamente todas las cosas que tienen valor, o mejor dicho, de lo que no se puede hablar es del valor de las cosas. No se puede hablar, por ejemplo, de si la vida es maravillosa o carece de sentido, de si el amor es lo más importante, de si parece un milagro que exista el mundo… De lo único que se puede hablar sin caer en el absurdo, según Wittgenstein, es de aquellas cosas de las que habla la Ciencia. La Ciencia no habla del valor o el sentido de las cosas, la Ciencia sólo habla de hechos, y los hechos no son buenos ni malos, bellos ni feos: simplemente, son. Wittgenstein pensaba que había que dejar esto totalmente claro: una cosa son los hechos, y otra absolutamente distinta, los valores que damos a esos hechos. Por eso, escribió: “El sentido del mundo debe quedar fuera del mundo. En el mundo todo es como es y sucede como sucede: en él no hay ningún valor, y aunque lo hubiese no
tendría ningún valor.”

Pero ¿por qué no se puede hablar del valor y el sentido de las cosas? Según Wittgenstein, el Lenguaje no da para tanto: las proposiciones del Lenguaje reflejan o figuran los hechos que forman el mundo, tal como una partitura refleja una música, o un dibujo figura a unos cuerpos. Y no pueden hacer nada más. Ni siquiera puede hablarse del Lenguaje, es decir, no puede el Lenguaje hablar de sí mismo, tal como la vista no puede verse a sí misma.

Por supuesto, Wittgenstein no nos está prohibiendo que hablemos de lo maravillosa o de lo angustiosa que es nuestra existencia, de lo injustas que son las guerras y las desigualdades, etc. Lo que quiere decir Wittgenstein es que, cada vez que hablamos de algo así, no estamos diciendo nada que sea ni verdadero ni falso, sino solo expresando nuestra actitud ante la vida. Estamos haciendo poesía o expresando nuestra fe, pero no haciendo nada que tenga que ver con el conocimiento.

Entonces ¿Wittgenstein cree que no hay realmente nada como el valor o el sentido de las cosas? Así es como quisieron entenderle los filósofos positivistas, es decir, los que creen que todo lo que existe es lo que puede describir la ciencia. Pero Wittgenstein no era positivista. El pensaba que había, ciertamente lo inexpresable, lo que se muestra a si mismo; esto es lo místico.

Lo místico es todo lo que trata del valor de la realidad: le ética, la estética, la religiosidad… Frente a esto, los hechos que describe la ciencia carecen de valor. Decía Wittgenstein: “Nosotros sentimos que incluso si todas las posibles cuestiones científicas pudieran responderse, el problema de nuestra vida no habría sido más penetrado”.
  
En resumen: todo lo que se puede decir, carece de valor. Y lo que tiene valor, sólo puede quedar en el silencio. Wittgenstein era, podemos decir, un místico.

Ahora bien, si sólo se puede hablar de hechos, y no del valor de las cosas, ¿cómo es que Wittgenstein habla de todo eso? ¿Por qué se dedica a la Filosofía y a la ética?...

Sorprendentemente, Wittgenstein admite que sus propias frase no tienen sentido, y que precisamente eso nos ayuda a escapar de ellas y de cualquier otro intento de hablar de lo que no se puede hablar. Escribe: “Mis proposiciones son esclarecedoras de este modo; que quien me comprende acaba por reconocer que carecen de sentido, siempre que el que comprenda
haya salido a través de ellas fuera de ellas. ”

Un filósofo amigo suyo, llamado Ramsey, le objetó a Wittgenstein que, si se dice que algo no tiene sentido, no se puede decir a continuación que es “un sinsentido interesante”. De lo que no se puede hablar, no se puede hablar, y tampoco se puede silbar.
  
¿Qué pensáis? ¿No puede decirse nada de lo que tiene Valor Absoluto?
¿Dirías que un positivista es una persona que no tiene nada dentro de la cabeza, o que un místico es alguien que tiene la cabeza llena de pájaros y fantasmas? ¿Se puede y se debe vivir sin lo Místico? ¿Crees que nuestra época es positivista, o deja lugar a lo místico?


Guión: Juan Antonio Negrete. Voces: Chus García, Jonathan González, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Descartes y la ilusión de lo que vemos.

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¿Por cuál de estas cosas apostarías una importante suma:

-          A) Tengo una mano
-          B) No existe en Alaska una finca cuadrada y redonda a la vez
-          C) Soy una mente que está pensando y, por tanto, existe ahora mismo

El famoso filósofo francés del siglo XVII René Descartes pensaba que la primera frase es la menos segura de todas: no puedo, según él, estar tan seguro de que tengo manos, o incluso cuerpo, aunque lo esté mirando ahora mismo, como de que las matemáticas son ciertas o de que soy una mente consciente, al menos mientras pienso.

¿Por qué creía Descartes que es menos seguro creer que tengo manos o cuerpo, que creer que tengo mente o que las matemáticas no fallan? Descartes se planteó seriamente una vieja pregunta filosófica, que aparece ya por lo menos en Platón y en las filosofías de otras culturas, como la hindú, ¿cómo puedo estar seguro de que lo que creo ver no es más que una ilusión, un sueño, o una realidad virtual? Descartes llegó a la conclusión de que no hay nada en nuestras experiencias sensibles (en lo que vemos, oímos, tocamos…) que distinga a una sensación verdadera de una sensación aparente. Todo lo que percibimos podría habitar solo en nuestra cabeza.

¿Qué hay de las matemáticas? ¿También podría ser una ilusión que dos más dos sumen cuatro o que no puede existir un triángulo cuadrado? Aunque ha habido filósofos que han afirmado que sí, Descartes tenía dudas en llegar tan lejos. Ni en sueños podríamos soñar que dos más dos es cinco: en ese caso, solo estaríamos soñando que las palabras significan otras cosas. Desde luego, cree él, deberías apostar antes a que no hay en Alaska una finca que sea cuadrada y redonda a la vez, que a que tienes manos.

Pero todavía tendrías más seguridad de ganar, cree el filósofo francés, si apostases firmemente a que eres una mente consciente. ¿Por qué? Porque es imposible estar pensando en este momento y, sin embargo, intentar suponer que no eres un ser pensante o que no existes. Eso es una completa contradicción. Ni soñando, ni manipulado por los más malvados científicos o extraterrestres o el más maligno de los diablos, podrías creer que piensas y existes si no estás pensando, ni creer que no piensas y no existes, si estás pensando. Si resultase que ahora estás encerrado en un mundo virtual, como los personajes de la famosa película Matrix, o en un videojuego, sería una ilusión que tienes el cuerpo que tienes, pero nunca puede ser una ilusión que eres un ser consciente.

Descartes cree, en fin, que la existencia de mi mente es algo muchos más evidente para mí que la existencia de mi cuerpo, y eso quiere decir que mi mente es independiente de mi cuerpo. Si es que se puede hablar de “mi mente”: ¿acaso mi mente no soy yo mismo, o al menos lo más esencial de mí?





Como os podéis imaginar, Descartes ha estado lejos de convencer a todos. Por diversas razones, muchos filósofos no aceptan todo o parte del razonamiento que acabamos de ver.  ¿Realmente podemos dudar de lo que estamos viendo? ¿Realmente las sensaciones que tenemos cuando estamos despiertos se pueden confundir con las figuraciones de un sueño? Los filósofos más empiristas piensan que es absurdo e injustificado poner en duda la veracidad de la sensibilidad. Es más, replican, si no partimos de la sensibilidad, ni siquiera somos capaces de pensar en nada, por abstracto que sea: ¿podría un ser humano, que tuviera la desgracia de nacer sin ninguna sensibilidad (ciego, sordo, privado del tacto, del olfato, del gusto), llegar a pensar siquiera en que dos y dos suman cuatro, o en que él es una mente consciente? Descartes y los filósofos más racionalistas piensan que sí, que el pensamiento racional no necesita para nada de la sensibilidad. Pero no es evidente, ni mucho menos, que estén en lo cierto.


¿Qué crees tú? ¿A qué (A, B, C) apostarías una importante suma… de neuronas?

Guión: Juan Antonio Negrete. Voces: Chus García, Jonathan González, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.


El problema de la inducción.



Madriguero.- Bueno, Espe, te dejo. ¡Ah!, y esta tarde no puedo ir con vosotras: tengo que estudiar para el examen de probabilidad.
Espe.- Pero ¿Felisa no tiene que hacer ese mismo examen?
Madriguero.- Claro que sí.
Espe.- Pues ella me ha dicho que sí viene.
Madriguero.- ¡Ya!, pero es que Felisa…, ya lo conoces, vive al día…
Espe.- ¡Déjala, es feliz! ¡Total!, ¿quién sabe qué va a ocurrir mañana?
Madriguero.- Sí, eso nos dijo el profe de lengua con su carpe diem… aunque luego no hace más que hincharnos a tareas para el día de mañana…
Espe.- ¡Ay, somos seres tan contradictorios!… ¿Ves?, no se puede saber por dónde vamos a salir.
Madriguero.- Lo que sí te puedo asegurar es que mañana tengo un examen.
Espe.- ¿Me lo puedes A-SE-GU-RAR?
Madriguero.- Por los ojos que me pones veo que estás con otra de tus divagaciones filosóficas.
Espe.- Pues sí, lo has adivinado…
Madriguero.- La verdad es que no es difícil adivinarte. ¿Cuándo descansas de pensar?
Espe.- ¡Escucha! Pregúntate seriamente: ¿cómo sabemos lo que va a pasar mañana? Es más, ¿cómo sabemos lo que va a pasar dentro de un minuto? ¿Y si desaparece todo dentro de un minuto, o todo se transforma inesperadamente?
Madriguero.- Bueno, los científicos saben bastante bien lo que va a pasar, ¡hasta los meteorólogos! ¿Cómo lo hacen? Pues han observado mucho las cosas y han encontrado sus patrones de conducta. Esta noche, por ejemplo, habrá lluvia de estrellas…
Espe.- Sí, ya lo sé. Pero la cuestión es: ¿cómo sabemos que las cosas van a seguir con los mismos patrones de conducta, que no se van a salir de la norma? ¿Es que no pueden cambiar?
Madriguero.- Como poder… supongo que pueden. Pero no es nada probable.
Espe.- ¿Por qué?
Madriguero.- Porque siempre se han venido comportando así.
Espe.- ¿Y qué? ¿Que siempre se hayan comportado así significa que tengan que seguir haciéndolo?
Madriguero.- ¡Es la probabilidad! Precisamente de eso va mi examen: si tiras un dado al aire, y no está marcado, tienes un sexto de probabilidades de que caiga en seis. Y si pruebas a hacerlo, verás que, cuantas más veces lo intentes, más se acerca a ese resultado.
Espe.- ¡Ya, ya!, pero… ¿cómo puedes saber que, si lo intento, no va a salir siempre el seis? ¿Es que las cosas tienen necesariamente que cumplir la probabilidad matemática? ¿Cuánta probabilidad hay de que las cosas respeten las leyes de la probabilidad?
Madriguero.- Vale, vale. La verdad es que tendría que pensar lo que dices: tus locuras siempre tienen algo de fundamento. Lamentablemente, sigo creyendo que es bastante probable que mañana tenga examen de probabilidad. Así que tendré que aplazar el debate ¡si no es que se esfuma el mundo antes de que nos veamos!

¿Por qué creemos que saldrá el sol mañana, y que las cosas se comportarán de la manera habitual? Sin pararnos a pensarlo a fondo, nos puede parecer algo completamente lógico: si el sol ha salido todos los días, lo más probable es que salga también mañana. A esto se le conoce como razonamiento por inducción: la observación de que, siempre que lo hemos observado, al suceso X le sigue el suceso Y, llevaría a la conclusión de que siempre que sucede X sucederá Y. ¿Siempre? Bueno: nada que dependa del futuro puede asegurarse con total necesidad, pero al menos será muy probable…

Sin embargo, algunos filósofos han señalado que el razonamiento por inducción es inválido. El más famoso de estos filósofos fue David Hume. Hume hizo ver que no hay ninguna necesidad de que, porque haya ocurrido una cierta correlación de hechos un número indeterminado de veces, vuelva a ocurrir en el futuro. Ni siquiera puede hablarse de que sea más probable, objetivamente hablando: ¿cómo podríamos calcular la probabilidad de que el sol salga mañana, si no podemos siquiera conocer el número de casos y alternativas posibles? Para Hume, nuestra creencia en que el futuro seguirá comportándose como ha venido siendo el pasado, no es más que eso, una creencia, un hábito. En realidad, nadie puede afirmar con ninguna certeza lo que ocurrirá en el momento siguiente.

Los filósofos posteriores a Hume no han llegado a una solución aceptable al problema que él planteó. Kant propuso que la ley de que todo lo que ocurre tiene necesariamente una (misma) causa, es una verdad necesaria porque está en nuestra mente, en nuestra manera de comprender las cosas. Pero esto parece hacer puramente subjetiva esa ley.

Un filósofo francés actual, Quentin Meillassoux cree que Hume dio con un gran descubrimiento, que nos negamos a aceptar: la única cosa realmente necesaria, dice este filósofo, es que nada ocurre necesariamente, que todo es contingente, que todo podría ser de otra manera en cualquier instante, que el futuro es literalmente impredecible.

Pero, entonces, ¿por qué las cosas parecen funcionar tan regularmente? ¿Es que hay una inteligencia divina que las conduce? ¿O es que nos parecen regulares a nosotros porque tenemos poca perspectiva para ver en la inmensidad del infinito?


¿Qué crees? ¿Está el futuro completamente abierto, o hay leyes necesarias o, al menos, probabilísticas, que determinan lo que ocurrirá?  

Guión: Juan Antonio Negrete . Actores: Eva Romero, Jonathan González, Laura Casado, María Ruíz Funes. Voces: Chus García, Víctor Bermúdez. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.